Quisiera ser tu predilecta almohada

Quisiera ser tu predilecta almohada
donde de noche apoyas tus orejas
para ser tu secreto y ser las rejas
de tu sueño: dormida o desvelada

ser tu puerta, tu luz cuando te alejas,
alguien que no trató de ser amada.
Huir de la ansiedad que está en mis quejas,
poder a veces ser lo que soy, nada,

no tener nunca miedo de perderte
con variación y honda infidelidad,
jamás llegar por nada a concederte

la tediosa y vulgar fidelidad
de los abandonados que prefieren
morir por no sufrir, y que no mueren.

Silvina Ocampo

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El poeta a su amada

Amada, en esta noche tú te has crucificado
sobre los dos maderos curvados de mi beso;
y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado,
y que hay un viernes santo más dulce que ese beso.

En esta noche clara que tanto me has mirado,
la Muerte ha estado alegre y ha cantado en su hueso.
En esta noche de setiembre se ha oficiado
mi segunda caída y el más humano beso.

Amada, moriremos los dos juntos, muy juntos;
se irá secando a pausas nuestra excelsa amargura;
y habrán tocado a sombra nuestros labios difuntos.

Y ya no habrá reproches en tus ojos benditos;
ni volveré a ofenderte. Y en una sepultura
los dos nos dormiremos, como dos hermanitos.

César Vallejo

My perennial nest

Her breast is fit for pearls,
But I was not a “Diver” –
Her brow is fit for thrones
But I have not a crest.
Her heart is fit for home –
I – a Sparrow – build there
Sweet of twigs and twine
My perennial nest.

Su pecho es propicio para perlas,
Pero yo no era una Buceadora—
Su frente es propicia para tronos
Pero yo no tengo penacho.
Su corazón es propicio para un hogar—
Yo —un Gorrión—construyo ahí—
Con la dulzura de las ramas
Mi perenne nido.

Emily Dickinson

Un hombre pasa con un pan al hombro

Un hombre pasa con un pan al hombro
¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?

Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo
¿Con qué valor hablar del psicoanálisis?

Otro ha entrado en mi pecho con un palo en la mano
¿Hablar luego de Sócrates al médico?

Un cojo pasa dando el brazo a un niño
¿Voy, después, a leer a André Bretón?

Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre
¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo?

Otro busca en el fango huesos, cáscaras
¿Cómo escribir, después del infinito?

Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza
¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?

Un comerciante roba un gramo en el peso a un cliente
¿Hablar, después, de cuarta dimensión?

Un banquero falsea su balance
¿Con qué cara llorar en el teatro?

Un paria duerme con el pie a la espalda
¿Hablar, después, a nadie de Picasso?

Alguien va en un entierro sollozando
¿Cómo luego ingresar a la Academia?

Alguien limpia un fusil en su cocina
¿Con qué valor hablar del más allá?

Alguien pasa contando con sus dedos
¿Cómo hablar del no-yó sin dar un grito?

César Vallejo

Odiseo está esencialmente a salvo

Como recordarán, en la Odisea el aventurero cuenta con apoyos poderosos. En las escenas de disimulo y disfraz casi tememos que un falso movimiento de Odiseo revele su fuerza demasiado pronto, mientras que en el caso de don Quijote es la debilidad intrínseca y entrañable del pobre caballero lo que tememos que se divulge entre sus brutales amigos y enemigos. Odiseo está esencialmente a salvo; es como un hombre sano soñando un sueño sano, que le ocurra lo que le ocurra despertará. La estrella del destino del griego brilla con su luz constante a pesar de todas sus tribulaciones y peligros. Podrán sus compañeros desaparecer uno tras otro, engullidos por monstruos o cayéndose ebrios de los tejados, pero a él se le garantiza una ancianidad serena en la azul lejanía del futuro que le espera. La bondadosa Atenea, no la imbécil Dorotea ni la pérfida duquesa del Quijote, la bondadosa Atenea mantiene el rayo glauco de sus ojos brillantes (ora grises, ora verdes mar, según los eruditos) puesto sobre el viajero; él, desconfiado y astuto, sigue los pasos de la diosa. Pero en nuestro libro el triste caballero está solo. A sus tribulaciones el Dios de los cristianos muestra una singular indiferencia, quizá porque esté ocupado en otros quehaceres, estupefacto, cabe suponer, ante las actividades impías de sus seguidores profesionales en aquella época de máquinas de tortura.

Vladimir Nabokov, Curso sobre el Quijote

Ayer te besé en los labios…

Ayer te besé en los labios.
Te besé en los labios. Densos,
rojos. Fue un beso tan corto
que duró más que un relámpago,
que un milagro, más.
El tiempo
después de dártelo
no lo quise para nada
ya, para nada
lo había querido antes.
Se empezó, se acabó en él.

Hoy estoy besando un beso;
estoy solo con mis labios.
Los pongo
no en tu boca, no, ya no
—¿adónde se me ha escapado?—.
Los pongo
en el beso que te di
ayer, en las bocas juntas
del beso que se besaron.
Y dura este beso más
que el silencio, que la luz.
Porque ya no es una carne
ni una boca lo que beso,
que se escapa, que me huye.
No.
Te estoy besando más lejos.

Pedro Salinas

Este país de cales y campanas

Quizá fuera preciso preguntarse
si este país
de cales y campanas,
de olivos y tristezas
ha erigido su total arquitectura:
si será tan solo un balbuceo
que dura ya milenios
o si se encuentra ya vencido
por la helada aguja
de la muerte.
Son tantas sus crestas
espumosas
que han querido salpicar los cielos
y también tantas las simas
oscuras
por las que se ha hundido
en su andadura
que hasta su tierra está cansada
y gime
aunque a veces —siempre a veces—
su llanto sea tomado
por bandera o reclamo.
Sería preciso formar
como un inmenso crisol
en las cuencas
más hondas de sus valles
y comenzar a arrojar
toneladas de ídolos,
material de desecho,
quincalla
y torpes tipismos
para, con el sol agosteño
de instrumento,
comenzar la inmensa
alquimia de la tierra.
Destilar relucientes metales
de cordura,
vetas destellantes de entusiasmo,
filones purísimos de equilibrio
y formar la imagen auténtica
de este suelo.
La escoria de jipíos
mercenarios,
gitanismos injertados,
la ganga de histriónicos “tablaos”
sería barrida por la mar
iracunda
de una Andalucía
de metal indomable,
de aristas clásicas
y definitivas
que alzaría su silueta
en la orilla
implacable de la historia.

Emilio Durán Vázquez