La felicidad, cuando eres lector, es frecuente

Al principio, ciertamente, yo sólo era un lector. Pero pienso que la felicidad del lector es mayor que la del escritor, pues el lector no tiene por qué sentir preocupaciones ni angustia: sólo aspira a la felicidad. y la felicidad, cuando eres lector, es frecuente.

(…)

Hay un personaje en los Wilhelm Meisters Lehrjahre de Goethe que dice: «Sí, puedes decir de mí lo que te parezca, pero nadie negará que soy un contemporáneo». No veo diferencia entre ese personaje absurdo de la novela de Goethe y el deseo de ser moderno. Porque somos modernos; no tenemos que afanarnos en ser modernos. No es un caso de contenidos ni de estilo. Si consideramos Ivanhoe de Sir Walter Scott, o (por poner otro ejemplo muy distinto) Salammbô de Flaubert, podríamos decir la fecha en que esos libros fueron escritos. Aunque Flaubert llamó a Salammbô un «roman cartaginois» («novela cartaginesa»), cualquier lector que se precie sabrá después de leer la primera página que el libro no fue escrito en Cartago, sino que lo escribió un francés muy inteligente del siglo XIX. En cuanto a Ivanhoe, no nos engañan los castillos ni los caballeros ni los porqueros sajones, ni nada por el estilo. En todo momento, sabemos que estamos leyendo a un escritor de los siglos XVIII o XIX. Además, somos modernos por el simple hecho de que vivimos en el presente. Nadie ha descubierto todavía el arte de vivir en el pasado, y ni siquiera los futuristas han descubierto el secreto de vivir en el futuro. Somos modernos, lo queramos o no. Quizá el hecho mismo de mi modernidad galopante sea una forma de ser moderno. Cuando empecé a escribir relatos, hice lo posible por adornarlos. Trabajé el estilo, y alguna vez aquellos relatos quedaron ocultos bajo múltiples capas. Por ejemplo, imaginé un argumento bastante bueno, y escribí el cuento El inmortal. La idea que subyace al relato es que, si un hombre fuera inmortal, con el correr de los años (y, evidentemente, el correr duraría muchos años), lo habría dicho todo, hecho todo, escrito todo. Tomé como ejemplo a Homero; me lo imaginaba (si realmente existió) en el trabajo de escribir su Ilíada. Luego Homero seguiría viviendo y cambiaría conforme cambiaran las generaciones. Con el tiempo, evidentemente, olvidaría el griego, y un día olvidaría que había sido Homero. Llegaría un momento en que no sólo consideraríamos la traducción de Homero que hizo Pope como una obra de arte admirable (cosa que, evidentemente, es), sino como fiel al original. La idea de Homero que olvida que fue Homero se esconde bajo las múltiples estructuras que yo entretejo alrededor del libro. De hecho, cuando volví a leer ese cuento hace un par de años, me pareció pesado, y tuve que remontarme a mi antiguo proyecto para ver que hubiera sido un buen relato si yo me hubiera limitado a escribirlo con sencillez y no hubiera consentido tantos pasajes decorativos ni tantas metáforas ni adjetivos tan extraños. Creo que he alcanzado, si no cierta sabiduría, quizá cierto sentido común. Me considero un escritor. ¿Qué significa para mí ser escritor? Significa simplemente ser fiel a mi imaginación. Cuando escribo algo no me lo planteo como objetivamente verdadero (lo puramente objetivo es una trama de circunstancias y accidentes), sino como verdadero porque es fiel a algo más profundo. Cuando escribo un relato, lo escribo porque creo en él: no como uno cree en algo meramente histórico, sino, más bien, como uno cree en un sueño o en una idea. Creo que quizá nos despiste uno de los estudios que más valoro: el estudio de la historia de la literatura. Me pregunto (espero que no sea una blasfemia) si no le prestamos demasiada atención a la historia. Atender a la historia de la literatura es en realidad una forma de incredulidad, de escepticismo. Si me digo, por ejemplo, que Wordsworth y Verlaine fueron excelentes poetas del siglo XIX, corro el peligro de pensar que el tiempo los ha destruido en cierta medida, que ya no son tan buenos como fueron. Creo que la idea antigua de que podemos reconocer la perfección del arte sin tener en cuenta las fechas era mejor. He leído algunas historias de la filosofía india. Los autores (ingleses, alemanes, franceses, americanos) siempre se asombran de que en la India la gente no tenga sentido de la historia, de que traten a todos los pensadores como si fueran contemporáneos. Traducen las palabras de la filosofía antigua a la moderna jerga de la filosofía de hoy. Pero esto significa algo magnífico: confirma la idea de que uno cree en la filosofía o de que uno cree en la poesía; de que las cosas que fueron bellas pueden ser bellas aún. Aunque supongo que soy completamente antihistórico cuando digo esto (puesto que, evidentemente, los significados y connotaciones de las palabras cambian), sigo pensando que hay versos en los que, en cierta medida, estamos más allá del tiempo. Pienso que hay eternidad en la belleza; y esto, por supuesto, es lo que Keats tenía en mente cuando escribió «A thing of beauty is a joy forever» («Lo bello es gozo para siempre»). Aceptamos este verso, y lo aceptamos como una especie de verdad, como una especie de fórmula. Alguna vez tengo el coraje y la esperanza suficientes para pensar que puede ser verdad: que, aunque todos los hombres escriben en el tiempo, envueltos en circunstancias y accidentes y frustraciones temporales, es posible alcanzar, de algún modo, un poco de belleza eterna.

(…)

Cuando escribo, no pienso en el lector (porque el lector es un personaje imaginario) ni pienso en mí (quizá porque yo también soy un personaje imaginario), sino que pienso en lo que quiero transmitir y hago cuanto puedo para no malograrlo. Cuando yo era joven creía en la expresión. Había leído a Croce, y la lectura de Croce no me hizo ningún bien. Yo quería expresarlo todo. Pensaba, por ejemplo, que, si necesitaba un atardecer, podía encontrar la palabra exacta para un atardecer; o, mejor, la metáfora más sorprendente. Ahora he llegado a la conclusión (y esta conclusión puede parecer triste) de que ya no creo en la expresión. Sólo creo en la alusión. Después de todo, ¿qué son las palabras? Las palabras son símbolos para recuerdos compartidos. Si yo uso una palabra, ustedes deben tener alguna experiencia de lo que representa esa palabra. Si no, la palabra no significará nada para ustedes. Pienso que sólo podemos aludir, sólo podemos intentar que el lector imagine. Al lector, si es lo bastante despierto, puede bastarle nuestra simple alusión.

Jorge Luis Borges, Credo de poeta, 1968

¿Qué sucedería si todo el mundo leyera lo que escribo?

(…) Y, como el poeta no utiliza la palabra, no elige entre diversas acepciones y cada una de ellas, en lugar de parecerle una función autónoma, se la entrega como una cualidad material que se funde ante su vista con las otras acepciones. Así, en cada palabra, por el solo efecto de la actitud poética, realiza las metáforas con las que soñaba Picasso cuando deseaba hacer una caja de fósforos que fuera toda ella un murciélago sin dejar de ser una caja de fósforos. Florence —Florencia— es ciudad, flor y mujer, y es también ciudad-flor, ciudad-mujer y muchacha-flor.

(…) El hombre es el ser frente al que ningún ser puede mantener la neutralidad; ni el mismo Dios. Porque Dios, si existiera, estaría, como lo han visto claramente algunos místicos, situado en relación con el hombre. Y es también el ser que no puede ver ni siquiera una situación sin cambiarla, pues su mirada coagula, destruye, esculpe, o, como hace la eternidad, cambia el objeto en sí mismo. (…) No debe decirse jamás: “¡Bah! Apenas tendré mil lectores”, sino: “¿Qué sucedería si todo el mundo leyera lo que escribo?”.

(…) Se sabe que el arte puro y el arte vacío son una misma cosa y que el purismo estético no fue más que una brillante maniobra defensiva de los burgueses del siglo pasado, quienes preferían verse denunciados como filisteos que como explotadores.

Jean-Paul Sartre, ¿Qué es la literatura?

Los tejedores de Silesia

Sin una lágrima en los ojos sombríos,
ocupan el telar y aprietan los dientes:
Alemania, tejemos tu mortaja,
tejemos en ella la triple maldición…
¡Tejemos, tejemos!

Maldito .sea el dios al que impetramos
en los fríos de invierno y en las carestías;
fue vana la esperanza y la anhelante espera,
nos ha engañado, burlado, escarnecido…
¡Tejemos, tejemos!

Maldito sea el rey, el rey de los ricos,
que no pudo aplacar nuestra miseria;
nos arranca hasta la última moneda
y manda que nos maten como perros…
¡Tejemos, tejemos!

Maldita sea la patria falsa,
donde sólo medran el oprobio y la vergüenza,
donde todas las flores son tronchadas
y la podredumbre engorda al gusano…
¡Tejemos, tejemos!

La lanzadera vuela, retumba el telar;
tejemos día y noche sin descanso…
Vieja Alemania, tejemos tu mortaja,
tejemos en ella la triple maldición…
¡Tejemos, tejemos!

Heinrich Heine, 1844

Tabacaria

Não sou nada.
Nunca serei nada.
Não posso querer ser nada.
À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo.

Janelas do meu quarto,
Do meu quarto de um dos milhões do mundo que ninguém sabe quem é
(E se soubessem quem é, o que saberiam?),
Dais para o mistério de uma rua cruzada constantemente por gente,
Para uma rua inacessível a todos os pensamentos,
Real, impossivelmente real, certa, desconhecidamente certa,
Com o mistério das coisas por baixo das pedras e dos seres,
Com a morte a por umidade nas paredes e cabelos brancos nos homens,
Com o Destino a conduzir a carroça de tudo pela estrada de nada.

Estou hoje vencido, como se soubesse a verdade.
Estou hoje lúcido, como se estivesse para morrer,
E não tivesse mais irmandade com as coisas
Senão uma despedida, tornando-se esta casa e este lado da rua
A fileira de carruagens de um comboio, e uma partida apitada
De dentro da minha cabeça,
E uma sacudidela dos meus nervos e um ranger de ossos na ida.

Estou hoje perplexo, como quem pensou e achou e esqueceu.
Estou hoje dividido entre a lealdade que devo
À Tabacaria do outro lado da rua, como coisa real por fora,
E à sensação de que tudo é sonho, como coisa real por dentro.

Falhei em tudo.
Como não fiz propósito nenhum, talvez tudo fosse nada.
A aprendizagem que me deram,
Desci dela pela janela das traseiras da casa.
Fui até ao campo com grandes propósitos.
Mas lá encontrei só ervas e árvores,
E quando havia gente era igual à outra.
Saio da janela, sento-me numa cadeira. Em que hei de pensar?

Que sei eu do que serei, eu que não sei o que sou?
Ser o que penso? Mas penso tanta coisa!
E há tantos que pensam ser a mesma coisa que não pode haver tantos!
Gênio? Neste momento
Cem mil cérebros se concebem em sonho gênios como eu,
E a história não marcará, quem sabe?, nem um,
Nem haverá senão estrume de tantas conquistas futuras.
Não, não creio em mim.
Em todos os manicômios há doidos malucos com tantas certezas!
Eu, que não tenho nenhuma certeza, sou mais certo ou menos certo?
Não, nem em mim…
Em quantas mansardas e não-mansardas do mundo
Não estão nesta hora gênios-para-si-mesmos sonhando?
Quantas aspirações altas e nobres e lúcidas –
Sim, verdadeiramente altas e nobres e lúcidas -,
E quem sabe se realizáveis,
Nunca verão a luz do sol real nem acharão ouvidos de gente?
O mundo é para quem nasce para o conquistar
E não para quem sonha que pode conquistá-lo, ainda que tenha razão.
Tenho sonhado mais que o que Napoleão fez.
Tenho apertado ao peito hipotético mais humanidades do que Cristo,
Tenho feito filosofias em segredo que nenhum Kant escreveu.
Mas sou, e talvez serei sempre, o da mansarda,
Ainda que não more nela;
Serei sempre o que não nasceu para isso;
Serei sempre só o que tinha qualidades;
Serei sempre o que esperou que lhe abrissem a porta ao pé de uma parede sem porta,
E cantou a cantiga do Infinito numa capoeira,
E ouviu a voz de Deus num poço tapado.
Crer em mim? Não, nem em nada.
Derrame-me a Natureza sobre a cabeça ardente
O seu sol, a sua chava, o vento que me acha o cabelo,
E o resto que venha se vier, ou tiver que vir, ou não venha.
Escravos cardíacos das estrelas,
Conquistamos todo o mundo antes de nos levantar da cama;
Mas acordamos e ele é opaco,
Levantamo-nos e ele é alheio,
Saímos de casa e ele é a terra inteira,
Mais o sistema solar e a Via Láctea e o Indefinido.

(Come chocolates, pequena;
Come chocolates!
Olha que não há mais metafísica no mundo senão chocolates.
Olha que as religiões todas não ensinam mais que a confeitaria.
Come, pequena suja, come!
Pudesse eu comer chocolates com a mesma verdade com que comes!
Mas eu penso e, ao tirar o papel de prata, que é de folha de estanho,
Deito tudo para o chão, como tenho deitado a vida.)

Mas ao menos fica da amargura do que nunca serei
A caligrafia rápida destes versos,
Pórtico partido para o Impossível.
Mas ao menos consagro a mim mesmo um desprezo sem lágrimas,
Nobre ao menos no gesto largo com que atiro
A roupa suja que sou, em rol, pra o decurso das coisas,
E fico em casa sem camisa.

(Tu que consolas, que não existes e por isso consolas,
Ou deusa grega, concebida como estátua que fosse viva,
Ou patrícia romana, impossivelmente nobre e nefasta,
Ou princesa de trovadores, gentilíssima e colorida,
Ou marquesa do século dezoito, decotada e longínqua,
Ou cocote célebre do tempo dos nossos pais,
Ou não sei quê moderno – não concebo bem o quê –
Tudo isso, seja o que for, que sejas, se pode inspirar que inspire!
Meu coração é um balde despejado.
Como os que invocam espíritos invocam espíritos invoco
A mim mesmo e não encontro nada.
Chego à janela e vejo a rua com uma nitidez absoluta.
Vejo as lojas, vejo os passeios, vejo os carros que passam,
Vejo os entes vivos vestidos que se cruzam,
Vejo os cães que também existem,
E tudo isto me pesa como uma condenação ao degredo,
E tudo isto é estrangeiro, como tudo.)

Vivi, estudei, amei e até cri,
E hoje não há mendigo que eu não inveje só por não ser eu.
Olho a cada um os andrajos e as chagas e a mentira,
E penso: talvez nunca vivesses nem estudasses nem amasses nem cresses
(Porque é possível fazer a realidade de tudo isso sem fazer nada disso);
Talvez tenhas existido apenas, como um lagarto a quem cortam o rabo
E que é rabo para aquém do lagarto remexidamente

Fiz de mim o que não soube
E o que podia fazer de mim não o fiz.
O dominó que vesti era errado.
Conheceram-me logo por quem não era e não desmenti, e perdi-me.
Quando quis tirar a máscara,
Estava pegada à cara.
Quando a tirei e me vi ao espelho,
Já tinha envelhecido.
Estava bêbado, já não sabia vestir o dominó que não tinha tirado.
Deitei fora a máscara e dormi no vestiário
Como um cão tolerado pela gerência
Por ser inofensivo
E vou escrever esta história para provar que sou sublime.

Essência musical dos meus versos inúteis,
Quem me dera encontrar-me como coisa que eu fizesse,
E não ficasse sempre defronte da Tabacaria de defronte,
Calcando aos pés a consciência de estar existindo,
Como um tapete em que um bêbado tropeça
Ou um capacho que os ciganos roubaram e não valia nada.

Mas o Dono da Tabacaria chegou à porta e ficou à porta.
Olho-o com o deconforto da cabeça mal voltada
E com o desconforto da alma mal-entendendo.
Ele morrerá e eu morrerei.
Ele deixará a tabuleta, eu deixarei os versos.
A certa altura morrerá a tabuleta também, os versos também.
Depois de certa altura morrerá a rua onde esteve a tabuleta,
E a língua em que foram escritos os versos.
Morrerá depois o planeta girante em que tudo isto se deu.
Em outros satélites de outros sistemas qualquer coisa como gente
Continuará fazendo coisas como versos e vivendo por baixo de coisas como tabuletas,

Sempre uma coisa defronte da outra,
Sempre uma coisa tão inútil como a outra,
Sempre o impossível tão estúpido como o real,
Sempre o mistério do fundo tão certo como o sono de mistério da superfície,
Sempre isto ou sempre outra coisa ou nem uma coisa nem outra.

Mas um homem entrou na Tabacaria (para comprar tabaco?)
E a realidade plausível cai de repente em cima de mim.
Semiergo-me enérgico, convencido, humano,
E vou tencionar escrever estes versos em que digo o contrário.

Acendo um cigarro ao pensar em escrevê-los
E saboreio no cigarro a libertação de todos os pensamentos.
Sigo o fumo como uma rota própria,
E gozo, num momento sensitivo e competente,
A libertação de todas as especulações
E a consciência de que a metafísica é uma consequência de estar mal disposto.

Depois deito-me para trás na cadeira
E continuo fumando.
Enquanto o Destino mo conceder, continuarei fumando.

(Se eu casasse com a filha da minha lavadeira
Talvez fosse feliz.)
Visto isto, levanto-me da cadeira. Vou à janela.
O homem saiu da Tabacaria (metendo troco na algibeira das calças?).
Ah, conheço-o; é o Esteves sem metafísica.
(O Dono da Tabacaria chegou à porta.)
Como por um instinto divino o Esteves voltou-se e viu-me.
Acenou-me adeus, gritei-lhe Adeus ó Esteves!, e o universo
Reconstruiu-se-me sem ideal nem esperança, e o Dono da Tabacaria sorriu.

Fernando Pessoa, Álvaro de Campos, 15-1-1928

Su propia prueba ontológica

Tal y como ya Deleuze vio claro, no se puede suministrar por adelantado un criterio inequívoco que nos permita demarcar el estallido de violencia «falso» del «milagro» de la auténtica ruptura revolucionaria. La ambigüedad es en este caso irreductible, puesto que el «milagro» sólo puede darse a través de la repetición de fracasos anteriores. Y éste es también el motivo de que la violencia sea un ingrediente necesario de cualquier acción política revolucionaria. Es decir, ¿cuál es el criterio para una acción política en sentido estricto? No hay duda de que el éxito como tal no cuenta, aunque lo definamos en el sentido dialéctico de Merleau‐Ponty, como apuesta de que el futuro redimirá retroactivamente nuestras horribles acciones del presente (así es como Merleau-Ponty proporciona en su «Humanismo y terror» una de las justificaciones más inteligentes del terror estalinista: retroactivamente, quedará justificado si su resultado final es la verdadera libertad) tampoco sirve la referencia a unas normas éticas abstractas‐universales. El único criterio es aquel absolutamente INHERENTE: el de la UTOPÍA EN ACTO. En una verdadera ruptura revolucionaria, el futuro utópico ni está sin más plenamente realizado, presente, ni se evoca meramente como una promesa distante que justifica la violencia actual; es más bien como si, en una suspensión única de la temporalidad, en el cortocircuito entre presente y futuro, se nos permitiera —como por gracia divina—, por un breve lapso de tiempo, actuar COMO SI el futuro utópico estuviera (todavía no del todo presente, pero) ya al alcance de la mano, ahí, sin más, listo para ser aferrado. La revolución no se vive como una miseria presente que tenemos que soportar para la felicidad y la libertad de las generaciones futuras, sino como una miseria presente sobre la que esas felicidad y libertad futuras ya proyectan su sombra: en ella, YA SOMOS LIBRES MIENTRAS LUCHAMOS POR LA LIBERTAD, YA SOMOS FELICES MIENTRAS LUCHAMOS POR LA FELICIDAD, no importa cuán difíciles sean las circunstancias. La revolución no es una apuesta merleau‐pontiana, una acción suspendida en el futur antérieur [«futuro anterior»], que se verá legitimada o deslegitimada por el resultado a largo plazo de las acciones presentes; es, por así decirlo, SU PROPIA PRUEBA ONTOLÓGICA, un índice inmediato de su propia verdad.
 
Slavoj Žižek, Repetir Lenin

Fregall d’espart

Drap de la pols, escombra, espolsadors,
plomall, raspall, fregall d’espart, camussa,
sabó de tall, baieta, lleixiu, sorra,
i sabó en pols, blauet, netol, galleda.

Cossi, cubell, i picamatalassos,
esponja, pala de plegar escombraries,
gibrell i cendra, salfumant, capçanes.

Surt el guerrer vers el camp de batalla.

Maria-Mercè Marçal, Cau de llunes

Mañana te quemaré

»Pero he aquí que Él ha querido mostrarse, aunque sólo por un momento, al pueblo doliente y miserable, al pueblo corrompido por el pecado, pero al que Él ama ingenuamente. La acción se desarrolla en España, en Sevilla, en la época más terrible de la Inquisición, cuando a diario se encendían las piras y

»En magníficos autos de fe
se quemaban horrendos herejes

»No es así como Él prometió venir, al final del tiempo, en toda su gloria celestial, súbitamente, «como el relámpago que brilla desde Oriente hasta Occidente». No, no ha venido así; ha venido a ver a sus niños, precisamente en los lugares donde crepitan las hogueras encendidas para los herejes. En su misericordia infinita, desciende a mezclarse con los hombres bajo la forma que tuvo durante los tres años de su vida pública. Vedlo en las calles radiantes de la ciudad meridional, donde precisamente el día anterior el gran inquisidor ha hecho quemar un centenar de herejes ad majorem Dei gloriam, en presencia del rey, de los cortesanos y los caballeros, de los cardenales y las más encantadoras damas de la corte. Ha aparecido discretamente, procurando que nadie lo vea, y, cosa extraña, todos lo reconocen. Explicar esto habría sido uno de los más bellos pasajes de mi poema. Atraído por una fuerza irresistible, el pueblo se apiña en torno de Él y sigue sus pasos. El Señor se desliza en silencio entre la muchedumbre, con una sonrisa de infinita piedad. Su corazón se abrasa de amor, en sus ojos resplandecen la luz, la sabiduría, la fuerza. Su mirada, radiante de amor, despierta el amor en los corazones. El Señor tiende los brazos hacia la multitud y la bendice. El contacto con su cuerpo, incluso con sus ropas, cura todos los males. Un anciano que está ciego desde su infancia grita entre la muchedumbre: «¡Señor: cúrame, y así podré verte!» Entonces cae de sus ojos una especie de escama, y el ciego ve. El pueblo derrama lágrimas de alegría y besa el suelo que Él va pisando. Los niños arrojan flores en su camino. Se oyen cantos y gritos de «¡Hosanna!». La multitud exclama: «¡Es Él, no puede ser nadie más que Él!» Se detiene en el atrio de la catedral de Sevilla, y en este momento llega un grupo de gente que transporta un pequeño ataúd blanco donde descansa una niña de siete años, hija única de un personaje. La muerta está cubierta de flores.
»De la multitud sale una voz que dice a la afligida madre:
»—¡Él resucitará a tu hija!
»El sacerdote precede al ataúd y mira hacia la muchedumbre, perplejo y con las cejas fruncidas. De pronto, la madre lanza un grito y se arroja a los pies del Señor.
»—¡Si eres Tú, resucita a mi hija!
»Y le tiende los brazos.
»El cortejo se detiene y depositan el ataúd en las losas. El Señor le dirige una mirada llena de piedad y otra vez dice dulcemente: “Talitha koum.” Y la muchacha se levanta. La muerta, después de incorporarse, queda sentada y mira alrededor, sonriendo con un gesto de asombro. En su mano se ve el ramo de rosas blancas que han depositado en su ataúd. Entre la multitud se ven rostros pasmados y se oyen llantos y gritos.
»En este momento pasa por la plaza el cardenal que ostenta el cargo de gran inquisidor. Es un anciano de casi noventa años, rostro enjuto y ojos hundidos, pero en los que se percibe todavía una chispa de luz. Ya no lleva la suntuosa vestidura con que se pavoneaba ante el pueblo cuando se quemaba a los enemigos de la Iglesia romana: vuelve a vestir su viejo y burdo hábito. A cierta distancia le siguen sus sombríos ayudantes y la guardia del Santo Oficio. Se detiene y se queda mirando desde lejos el lugar de la escena. Lo ha visto todo: el ataúd depositado ante Él, la resurrección de la muchacha… Su semblante cobra una expresión sombría, se fruncen sus pobladas cejas y sus ojos despiden uña luz siniestra. Señala con el dedo al que está ante el ataúd y ordena a su escolta que lo detenga. Tanto es su poder y tan acostumbrado está el pueblo a someterse a su autoridad, a obedecerle temblando, que la muchedumbre se aparta para dejar paso a los esbirros. En medio de un silencio de muerte, los guardias del Santo Oficio prenden al Señor y se lo llevan.
»Como un solo hombre, el pueblo se inclina hasta tocar el suelo ante el anciano inquisidor, que lo bendice sin pronunciar palabra y continúa su camino. Se conduce al prisionero a la vieja y sombría casa del Santo Oficio y se le encierra en una estrecha celda abovedada. Se acaba el día, llega la noche, una noche de Sevilla, cálida, bochornosa. El aire está saturado de aromas de laureles y limoneros. En las tinieblas se abre de súbito la puerta de hierro del calabozo y aparece el gran inquisidor con una antorcha en la mano. Llega solo. La puerta se cierra tras él. Se detiene junto al umbral, contempla largamente la Santa Faz. Al fin se acerca a Él, deja la antorcha sobre la mesa y dice:
»—¿Eres Tú, eres verdaderamente Tú?
»No recibe respuesta. Añade inmediatamente:
»—No digas nada; cállate. Por otra parte, ¿qué podrías decir? Demasiado lo sé. No tienes derecho a añadir ni una sola palabra a lo que ya dijiste en otro tiempo. ¿Por qué has venido a trastornarnos? Porque tu llegada es para nosotros un trastorno, bien lo sabes. ¿Qué ocurrirá mañana? Ignoro quién eres. ¿Eres Tú o solamente su imagen? No quiero saberlo. Mañana te condenaré y morirás en la hoguera como el peor de los herejes. Y los mismos que hoy te han besado los pies, mañana, a la menor indicación mía, se aprestarán a alimentar la pira encendida para ti. ¿Lo sabes?… Tal vez lo sepas.
»Y el anciano queda pensativo, con la mirada fija en el preso.
—No acabo de comprender lo que eso significa, Iván —dijo Aliosha, que le había escuchado en silencio—. ¿Es una fantasía, un error del anciano, un quid pro quo extravagante?
Iván se echó a reír.
—Quédate con esta última suposición si el idealismo moderno te ha hecho tan refractario a lo sobrenatural. Puedes elegir la solución que quieras. Verdad es que mi inquisidor tiene noventa años y que sus ideas han podido trastornarle hace ya tiempo. Tal vez es un simple desvarío, una quimera de viejo próximo a su fin y cuya imaginación está exacerbada por su último auto de fe. Pero que sea quid pro quo o fantasía poco importa. Lo importante es que el inquisidor revele al fin su pensamiento, que manifieste lo que ha callado durante toda su carrera.
—¿Y el prisionero no dice nada? ¿Se contenta con mirarlo?
—Sí, lo único que puede hacer es callar. El anciano es el primero en advertirle que no tiene derecho a añadir una sola palabra a las que pronunció en tiempos ya remotos. Éste es tal vez, a mi humilde juicio, el rasgo fundamental del catolicismo romano: «Todo lo transmitiste al papa: todo, pues, depende ahora del papa. No vengas a molestarnos, por lo menos antes de que llegue el momento oportuno.» Tal es su doctrina, especialmente la de los jesuitas. Yo la he leído en sus teólogos.
»—¿Tienes derecho a revelarnos uno solo de los secretos del mundo de que vienes? —pregunta el anciano, y responde por Él—: No, no tienes este derecho, pues tu revelación de ahora se añadiría a la de otros tiempos, y esto equivaldría a retirar a los hombres la libertad que Tú defendías con tanto ahínco sobre la tierra. Todas tus nuevas revelaciones supondrían un ataque a la libertad de la fe, ya que parecerían milagrosas. Y Tú, hace quince siglos, ponías por encima de todo esta libertad, la de la fe. ¿No has dicho muchas veces: “Quiero que seáis libres”? Pues bien —añadió el viejo, sarcástico—, ya ves lo que son los hombres libres. Sí, esa libertad nos ha costado cara —continúa el anciano, mirando a su interlocutor severamente—, pero al fin hemos conseguido completar la obra en tu nombre. Nuestro trabajo ha sido rudo y ha durado quince siglos, pero al fin hemos logrado instaurar la libertad como convenía hacerlo. ¿No lo crees? Me miras con dulzura y ni siquiera me haces el honor de indignarte. Pues has de saber que jamás se han creído los hombres tan libres como ahora, aun habiendo depositado humildemente su libertad a nuestros pies. En realidad, esto ha sido obra nuestra. ¿Es ésta la libertad que Tú soñabas?
—Tampoco esto lo comprendo —dijo Aliosha—. ¿Habla irónicamente, se burla?
—Nada de eso. El anciano se jacta de haber conseguido, en unión de los suyos, suprimir la libertad para hacer a los hombres felices. «Pues hasta ahora no se ha podido pensar en la libertad de los hombres, dice el cardenal, pensando evidentemente en la Inquisición. Y añade: «Los hombres, como es natural, se han rebelado. ¿Y acaso los rebeldes pueden ser felices? Se te advirtió, los consejos no te faltaron; pero Tú no hiciste caso: rechazaste el único medio de hacer felices a los hombres. Afortunadamente, al marcharte dejaste en nuestra mano tu obra. Nos concediste solemnemente el derecho de hacer y deshacer. Supongo que no pretenderás retirárnoslo ahora. ¿Por qué has venido a molestarnos?»
—¿Qué significa eso de que «se te advirtió, los consejos no te faltaron»? — preguntó Aliosha.
—Es el punto capital del discurso del anciano, que sigue diciendo:
»—El terrible Espíritu de las profundidades, el Espíritu de la destrucción y de la nada, te habló en el desierto, y la Sagrada Escritura dice que te tentó. No se podía decir nada más agudo que lo que se te dijo en las tres cuestiones o, para usar el lenguaje de las Escrituras, tres tentaciones que Tú rechazaste. No ha habido en la tierra milagro tan auténtico y magnífico como el de estas tres tentaciones. El simple hecho de plantearlas constituye un milagro. Supongamos que hubieran desaparecido de las Escrituras y que fuera necesario reconstituirlas, idearlas de nuevo para llenar este vacío. Supongamos que con este fin se reúnen todos los sabios de la tierra (hombres de Estado, prelados, filósofos, poetas) y se les dice: “Idead y redactad tres cuestiones que no solamente correspondan a la importancia del acontecimiento, sino que expresen en tres frases toda la historia de la humanidad futura.” ¿Crees que este areópago de la sabiduría humana lograría discurrir nada tan fuerte y profundo como las tres cuestiones que te planteó en tus tiempos el poderoso Espíritu? Estas tres proposiciones bastan para demostrar que te hallabas ante el Espíritu eterno y absoluto y no ante un espíritu humano y transitorio. Pues en ellas se resume y se predice toda la historia futura de la humanidad. En estas tres tentaciones están condensadas todas las contradicciones indisolubles de la naturaleza humana. Entonces no era posible advertirlo, ya que el porvenir era un misterio; pero ahora, quince siglos después, vemos que todo se ha realizado hasta el extremo de que es imposible añadirles ni quitarles una sola palabra. Ya me dirás quién tiene razón, si Tú o el que te interrogaba. Acuérdate de la primera tentación, no de las palabras, sino del sentido. Quieres ir por el mundo con las manos vacías, predicando una libertad que los hombres, en su estupidez y su ignominia naturales, no pueden comprender; una libertad que los atemoriza, pues no hay ni ha habido jamás nada más intolerable para el hombre y la sociedad que ser libres. ¿Ves esas piedras en ese árido desierto? Conviértelas en panes y la humanidad seguirá tus pasos como un rebaño dócil y agradecido, pero, al mismo tiempo, temeroso de que retires la mano y se acaben los panes. No quisiste privar al hombre de libertad y rechazaste la proposición, considerando que era incompatible con la obediencia comprada con los panes. Respondiste que no sólo de pan vive el hombre; pero has de saber que por este pan de la tierra el espíritu terrestre se revolverá contra ti, luchará y te vencerá; que todos le seguirán, gritando: “¡Nos prometió la luz del cielo y no nos la ha dado!” Pasarán los siglos, y la humanidad proclamará por boca de sus sabios que no se cometen crímenes y, en consecuencia, que no hay pecados, que lo único que hay es hambrientos. “¡Aliméntalos y entonces podrás exigirles que sean virtuosos!”: he aquí la inscripción que figurará en el estandarte de la revuelta que derribará tu templo. En su lugar se levantará un nuevo edificio, una segunda torre de Babel, que sin duda no se terminará, como no se terminó la primera. Habrías podido evitar a los hombres esta nueva tentativa y miles de años de sufrimiento. Después de haber luchado durante mil años para edificar su torre, vendrán a vernos. Nos buscarán bajo tierra, en las catacumbas, como antaño, donde estaremos ocultos (porque otra vez se nos perseguirá) y nos dirán: “Dadnos de comer, pues los que nos prometieron la luz del cielo no nos la han dado.” Entonces terminarán su torre, pues para ello sólo hace falta alimentarlos, y nosotros los alimentaremos, haciéndoles creer que hablamos en tu nombre. Sin nuestra ayuda, siempre estarían hambrientos. No existe ninguna ciencia que les dé pan mientras permanezcan libres; por eso acabarán por poner su libertad a nuestros pies diciendo: “Hacednos vuestros esclavos, pero dadnos de comer.” Habrán comprendido al fin que la libertad no se puede conciliar con el pan de la tierra, porque jamás sabrán repartírselo. Y, al mismo tiempo, se convencerán de su impotencia para vivir libremente, por su debilidad, su nulidad, su depravación y su propensión a la rebeldía. Tú les prometías el pan del cielo. Y vuelvo a preguntar si este pan se puede comparar con el de la tierra a los ojos de la débil raza humana, eternamente ingrata y depravada. Millares, decenas de millares de almas te seguirán para obtener ese pan, ¿pero qué será de los millones de seres que no tengan el valor necesario para preferir el pan del cielo al de la tierra? Porque supongo que Tú no querrás sólo a los grandes y a los fuertes, a quienes los otros, la muchedumbre innumerable, que es tan débil pero que te venera, sólo serviría de materia explotable. También los débiles merecen nuestro cariño. Aunque sean depravados y rebeldes, se nos someterán dócilmente al fin. Se asombrarán, nos creerán dioses, por habernos puesto al frente de ellos para consolidar la libertad que les inquietaba, por haberlos sometido a nosotros: a este extremo habrá llegado el terror de ser libres. Nosotros les diremos que somos tus discípulos, que reinamos en tu nombre. Esto supondrá un nuevo engaño, ya que no te permitiremos que te acerques a nosotros. Esta impostura será nuestro tormento, puesto que nos habrá obligado a mentir. Tal es el sentido de la primera tentación que escuchaste en el desierto. Y Tú la rechazaste por salvar la libertad que ponías por encima de todo. Sin embargo, en ella se ocultaba el secreto del mundo. Si te hubieras prestado a realizar el milagro de los panes, habrías calmado la inquietud eterna de la humanidad —individual y colectivamente—, esa inquietud nacida del deseo de saber ante quién tiene uno que inclinarse. Pues no hay para el hombre libre cuidado más continuo y acuciante que el de hallar a un ser al que prestar acatamiento. Pero el hombre sólo quiere doblegarse ante un poder indiscutible, al que respeten todos los seres humanos con absoluta unanimidad. Esas pobres criaturas se atormentan buscando un culto que no se limite a reunir a unos cuantos fieles, sino en el que comulguen todas las almas, unidas por una misma fe. Este deseo de comunidad en la adoración es el mayor tormento, tanto individual como colectivo, de la humanidad entera desde el comienzo de los siglos. Para realizar este sueño, los hombres se han exterminado unos a otros. Los pueblos crearon sus propios dioses y se dijeron en son de desafío: “¡Suprimid vuestros dioses y adorad a los nuestros! Si no lo hacéis, malditos seáis vosotros y vuestros dioses.” Y así ocurrirá hasta el fin del mundo, pues cuando los dioses hayan desaparecido, los hombres se arrodillarán ante los ídolos. Tú no ignorabas, no podías ignorar, este rasgo fundamental de la naturaleza humana. Sin embargo, rechazaste la única bandera infalible que se te ofrecía, la que habría movido a todos los hombres a inclinarse ante ti sin rechistar: la bandera del pan de la tierra. La rechazaste por el pan del cielo y por la libertad del hombre. Ya ves el resultado de haber defendido esta libertad. Te lo repito: no hay para el hombre deseo más acuciante que el de encontrar a un ser en quien delegar el don de la libertad que, por desgracia, se adquiere con el nacimiento. Mas para disponer de la libertad de los hombres hay que darles la tranquilidad de conciencia. El pan te aseguraba el éxito: el hombre se inclina ante quien se lo da (de esto no cabe duda); pero si otro se adueña de su conciencia, el hombre desdeñará incluso tu pan para seguir al que ha cautivado su razón. En esto acertaste, pues el secreto de la existencia humana no consiste sólo en poseer la vida, sino también en tener un motivo para vivir. El hombre que no tenga una idea clara de la finalidad de la vida, preferirá renunciar a ella aunque esté rodeado de montones de pan y se destruirá a si mismo antes que permanecer en este mundo. ¿Pero qué hiciste? En vez de apoderarte de la libertad humana, la extendiste. ¿Olvidaste que el hombre prefiere la paz a incluso la muerte a la libertad para discernir el bien y el mal? No hay nada más seductor para el hombre que el libre albedrío, pero también nada más doloroso. En vez de principios sólidos que tranquilizaran para siempre la conciencia humana, ofreciste nociones vagas, extrañas, enigmáticas, algo que superaba las posibilidades de los hombres. Procediste, pues, como si no quisieras a los seres humanos, Tú que viniste a dar la vida por ellos. Aumentaste la libertad humana en vez de confiscarla, y así impusiste para siempre a los espíritus el terror de esta libertad. Deseabas que se te amara libremente, que los hombres te siguieran por su propia voluntad, fascinados. En vez de someterse a las duras leyes de la antigüedad, el hombre tendría desde entonces que discernir libremente el bien y el mal, no teniendo más guía que la de tu imagen, y no previste que al fin rechazaría, a incluso pondría en duda, tu imagen y tu verdad, abrumado por la tremenda carga de la libertad de escoger. Al fin exclamaron que la verdad no estaba en ti, ya que sólo así se explicaba que hubieras podido dejarlos en una incertidumbre tan angustiosa, con tantos cuidados y problemas insolubles. Así llevaste a la ruina tu reinado; por lo tanto, no acuses a nadie de ella. ¿Acaso fue esto lo que se te propuso? Sólo hay tres fuerzas capaces de subyugar para siempre la conciencia de esos débiles revoltosos: el milagro, el misterio y la autoridad. Tú rechazaste las tres para dar un ejemplo. El Espíritu terrible y profundo lo transportó a la cúspide del templo y dijo: “¿Quieres saber si eres el hijo de Dios? Arrójate desde aquí, pues está escrito que los ángeles deben sostenerlo y llevárselo, de modo que no sufrirá el menor daño. Entonces sabrás que eres el hijo de Dios y, además, demostrarás que tienes fe en tu Padre.” Pero Tú rechazaste esta proposición: no te quisiste arrojar. Demostraste entonces una arrogancia sublime, divina; pero los hombres son seres débiles y rebeldes, no dioses. Tú sábías que al dar un paso, al hacer el menor movimiento para lanzarte, habrías tentado al Señor y perdido la fe en Él. Te habrías estrellado, para regocijo de tu tentador, sobre esta misma tierra que venias a salvar. ¿Pero hay muchos como Tú? ¿Puedes tener la más remota sospecha de que los hombres tendrían la entereza necesaria para hacer frente a semejante tentación? ¿Es propio de la naturaleza humana rechazar el milagro y en los momentos críticos de la vida, ante las cuestiones capitales, atenerse al libre impulso del corazón? ¡Ah! Tú sabías que tu entereza de ánimo se describiría en las Sagradas Escrituras, subsistiría a través de las edades y llegaría a las regiones más lejanas, y esperabas que, siguiendo tu ejemplo, el hombre no necesitara el milagro para amar a Dios. Ignorabas que el hombre no puede admitir a Dios sin el milagro, pues es sobre todo el milagro lo que busca. Y como no puede pasar sin él, se forja sus propios milagros y se inclina ante los prodigios de un mago o los sortilegios de una hechicera, aunque sea un rebelde, un hereje, un impío recalcitrante. No descendiste de’ la cruz cuando se burlaban de ti y te gritaban entre risas: “¡Baja de la cruz y creeremos en ti!” No lo hiciste porque de nuevo te negaste a subyugar al hombre por medio de un milagro. Deseabas una fe libre y no inspirada por lo maravilloso; querías un amor libre y no los serviles transportes de unos esclavos aterrorizados. Otra vez te forjaste una idea demasiado elevada del hombre, pues los hombres son esclavos aunque hayan nacido rebeldes. Examina los hechos y juzga. Después de quince siglos largos, ¿a quién has elevado hasta ti? Te aseguro que el hombre es más débil y más vil de lo que creías. En modo alguno puede hacer lo que Tú hiciste. El gran aprecio en que le tenías ha sido un perjuicio para la piedad. Has exigido demasiado de él, a pesar de que le amabas más que a ti mismo. Si le hubieses querido menos, le habrías impuesto una carga más ligera, más en consonancia con tu amor. El hombre es débil y cobarde. No importa que ahora se levante en todas partes contra nuestra autoridad y se sienta orgulloso de su rebeldía. Es el orgullo de los escolares amotinados que han apresado al profesor. La alegría de estos rapaces se extinguirá y la pagarán cara. Derribarán los templos e inundarán la tierra de sangre; pero esos niños estúpidos advertirán que su debilidad les impide mantenerse en rebeldía durante mucho tiempo. Llorarán como necios y comprenderán que el Creador, haciéndolos rebeldes, quiso tal vez burlarse de ellos. Entonces protestarán, sin poder contener su desesperación, y esta blasfemia les hará aún más desgraciados, pues la naturaleza humana no soporta la blasfemia y acaba siempre por vengarse. Así, las consecuencias de tu amarga lucha por la libertad humana fue la inquietud, la agitación y la desgracia para los hombres. Tu eminente profeta, en su versión simbólica, dice que vio a todos los seres de la primera resurrección y que había doce mil de cada tribu . A pesar de ser tan numerosos, eran más que hombres, casi dioses. Habían llevado tu cruz y soportado la vida en el desierto, donde se alimentaban de saltamontes y raíces. Ciertamente, puedes estar orgulloso de esos hijos de la libertad, del amor sin coacciones, de su sublime sacrificio en tu nombre. Pero ten presente que eran sólo unos millares, y casi dioses. ¿Y los demás qué? ¿Es culpa de ellos, de esos débiles seres humanos, no haber podido soportar lo que soportan los fuertes? El alma débil no es culpable de no poseer prendas tan extraordinarias. ¿Viniste al mundo sólo para los elegidos? Esto es un misterio para nosotros, y tenemos derecho a decirlo así a los hombres, a enseñarles que no es la libre decisión ni el amor lo que importa, sino el misterio, al que deben someterse ciegamente, incluso contra lo que les dicte su conciencia. Esto es lo que hemos hecho. Hemos corregido tu obra, fundándola en el milagro, el misterio y la autoridad. Y los hombres se alegran de verse otra vez conducidos como un rebaño y libres del don abrumador que los atormentaba. Dime: ¿no hemos hecho bien? ¿Acaso no es una prueba de amor a los hombres comprender su debilidad, aligerar su carga, incluso tolerar el pecado, teniendo en cuenta su flaqueza, siempre que lo hagan con nuestro permiso? Por lo tanto, no has debido venir a entorpecer nuestra obra. ¿Por qué callas, fijando en mi tu mirada tierna y penetrante? Prefiero que te enojes; no quiero tu amor, porque yo no te amo. No hay razón para que te lo oculte. Sé muy bien con quién estoy hablando, pues leo en tus ojos que sabes lo que voy a decirte. No tengo por qué ocultarte nuestro secreto. Tal vez quieras oirlo de mis labios. Pues lo vas a oír. Hace ya mucho tiempo que no estamos contigo, sino con él. Hace exactamente ocho siglos que hemos recibido de él aquel último don que Tú rechazaste indignado cuando él te mostró todos los reinos de la tierra. Aceptamos Roma y la espada de César, y nos proclamamos reyes únicos de la tierra, aunque hasta ahora no hayamos tenido tiempo de acabar nuestra obra. ¿Pero de quién es la culpa? La empresa está aún en su principio, su fin está todavía muy lejos, y la tierra tiene ante sí aún muchos padecimientos; pero alcanzaremos nuestro fin, seremos Césares, y entonces podremos pensar en la felicidad del mundo. Tú habrías podido empuñar la espada de César. ¿Por qué rechazaste este último don? Si hubieras seguido este tercer consejo del poderoso Espíritu, habrías dado a los hombres todo lo que buscan sobre la tierra: un dueño ante el que inclinarse, un guardián de su conciencia y el medio de unirse al fin cordialmente en un hormiguero común, pues la necesidad de la unión universal es el tercero y último tormento de la raza humana. La humanidad ha tendido siempre a organizarse sobre una base universal. En la historia ha habido grandes pueblos que, a medida que han ido progresando, han sufrido más y han experimentado más profundamente que los otros la necesidad de la unión universal. Los grandes conquistadores, como Tamerlán y Gengis-Kan, que recorrieron la tierra como un huracán, encarnaban también, sin darse cuenta de ello, la aspiración unitaria de los pueblos. Si hubieses aceptado la púrpura de César, habrías fundado el imperio universal y dado la paz al mundo. ¿Pues quién mejor para someter al hombre que aquel que domina su conciencia y dispone de su pan? Nosotros hemos empuñado la espada de César y, al empuñarla, te hemos abandonado para unirnos a él. Aún transcurrirán algunos siglos de licencia intelectual, de vanos esfuerzos científicos y de antropofagia, pues en esto caerán los hombres cuando hayan terminado su torre de Babel sin contar con nosotros. Entonces la bestia se acercará, arrastrándose, a nuestros pies, los lamerá y los empapará de lágrimas de sangre. Y nosotros cabalgaremos sobre ella y levantaremos una copa en la que habrá grabada la palabra «Misterio». Sólo entonces la paz y la felicidad reinarán sobre los hombres. Estás orgulloso de tus elegidos, pero éstos son sólo unos cuantos. En cambio, nosotros daremos la tranquilidad a todos los hombres. Además, entre los fuertes destinados a figurar en el grupo de los elegidos, ¡cuántos han llevado y cuántos llevarán todavía a otra parte las fuerzas de su espíritu y el ardor de su corazón! ¡Y cuántos acabarán por levantarse contra ti fundándose en la libertad que tú les diste! Nosotros haremos felices a todos los hombres, y las revueltas y matanzas inseparables de tu libertad cesarán. Ya nos cuidaremos de persuadirles de que no serán verdaderamente libres hasta que pongan su libertad en nuestras manos. ¿Será esto verdad o una mentira nuestra? Ellos verán que les decimos la verdad, pues recordarán la servidumbre y el malestar en que tu libertad los tuvo sumidos. La independencia, la libertad de pensamiento, la ciencia, los habrá extraviado en tal laberinto, colocado en presencia de tales prodigios y tales enigmas, que los rebeldes furiosos se destruirán entre sí, y los otros, los rebeldes débiles, turba cobarde y miserable, se arrastrarán a nuestros pies gritando: “¡Tenéis razón! Sólo vosotros poseéis su secreto. Volvemos a vuestro lado. Salvadnos de nosotros mismos.” Sin duda, al recibir de nuestras manos los panes, verán que nosotros tomamos los suyos ganados con su trabajo y que luego los distribuimos, sin realizar milagro alguno. Se darán perfecta cuenta de que no hemos convertido las piedras en panes, pero recibir el pan de nuestras manos les producirá más alegría que el simple hecho de recibir el pan. Pues se acordarán de que antaño el mismo pan, fruto de su trabajo, se les convertía en piedra, y verán que, al volver a nosotros, la piedra se transforma en pan. Entonces comprenderán el valor de la sumisión definitiva. Y mientras no lo comprendan serán desgraciados. ¿Quién ha contribuido más a esta incomprensión? ¿Quién ha dispersado el rebaño y lo ha enviado por caminos desconocidos? Pero el rebaño volverá a reunirse, volverá a la obediencia y para siempre. Entonces nosotros daremos a los hombres una felicidad dulce y humilde, adaptada a débiles criaturas como ellos. Y los convenceremos de que no deben enorgullecerse, cosa que les enseñaste tú al ennoblecerlos. Nosotros les demostraremos que son débiles, que son infelices criaturas y, al mismo tiempo, que la felicidad infantil es la más deliciosa. Entonces se mostrarán tímidos, no nos perderán de vista y se apiñarán en torno de nosotros amedrentados, como una tierna nidada bajo el ala de la madre. Experimentarán una mezcla de asombro y temor y admirarán la energía y la inteligencia que habremos demostrado al subyugar a la multitud innumerable de rebeldes. Nuestra cólera los hará temblar, los invadirá la timidez, sus ojos se llenarán de lágrimas como los de los niños y las mujeres, pero bastará que les hagamos una seña para que su pesar se convierta en un instante en alborozo infantil. Desde luego, los haremos trabajar, pero organizaremos su vida de modo que en las horas de recreo jueguen como niños entre cantos y danzas inocentes. Incluso les permitiremos pecar, ya que son débiles, y por esta concesión nos profesarán un amor infantil. Les diremos que todos los pecados se redimen si se cometen con nuestro permiso, que les permitimos pecar porque los queremos y que cargaremos nosotros con el castigo. Y ellos nos mirarán como bienhechores al ver que nos hacemos responsables de sus pecados ante Dios. Y ya nunca tendrán secretos para nosotros. Según su grado de obediencia, nosotros les permitiremos o les prohibiremos vivir con sus mujeres o con sus amantes, tener o no tener hijos, y ellos nos obedecerán con alegría. Nos expondrán las dudas más secretas y penosas de su conciencia, y nosotros les daremos la solución, sea el caso que fuere. Ellos aceptarán nuestro fallo de buen grado, al pensar que les evita la grave obligación de escoger libremente. Y millones de seres humanos serán felices. Sólo no lo serán unos cien mil, sus directores; es decir, nosotros, los depositarios de su secreto. Los hombres felices serán millones y habrá cien mil mártires abrumados por el maldito conocimiento del bien y del mal. Morirán en paz, se extinguirán dulcemente, pensando en ti. Y en el más allá sólo encontrarán la muerte. Pues si hubiera otra vida, es indudable que no se concedería a los seres como ellos. Pero nosotros los mantendremos en la ignorancia sobre este punto, los arrullaremos, prometiéndoles, para su felicidad, una recompensa eterna en el cielo… Se prófetiza que volverás para vencer de nuevo, rodeado de tus poderosos y arrogantes elegidos. Nosotros diremos a los hombres que los tuyos sólo se han salvado a sí mismos, mientras que nosotros hemos salvado a todo el mundo. Se afirma que la ramera, que cabalga sobre la bestia y tiene en sus manos la copa del misterio, será envilecida, que los débiles se levantarán de nuevo, desgarrarán su púrpura y dejarán al descubieto su cuerpo impuro. Entonces yo me levantaré y te mostraré a los millares de seres felices que no han pecado. Yo, que por bien de ellos he cargado con sus faltas, me erguiré ante ti, diciendo: “No te temo. También yo he vivido en el desierto, alimentándome de saltamontes y raíces, también yo bendije la libertad con que Tú obsequiabas a los hombres, y me preparé para figurar entre tus elegidos, entre los fuertes, ardiendo en deseos de completar su número. Pero volví en mi y no quise servir a una causa insensata. Entonces me reuní con los que han corregido tu obra. Dejé a los orgullosos y vine al lado de los humildes para darles la felicidad. Lo que te he dicho se cumplirá, y entonces habremos construido nuestro imperio. Te lo repito: mañana, a una señal mía, verás a ese dócil rebaño traer los leños ardientes a la pira sobre la que te pondremos por haber venido a entorpecer nuestra obra. Pues nadie ha merecido más que Tú la hoguera. Mañana te quemaré. Dixi.”
Iván se detuvo. Se había ido exaltando en el curso de su narración. Cuando hubo terminado, en sus labios apareció una sonrisa.

Los hermanos Karamázov, Fiódor Dostoievsky