Ni un paso atrás

Fin del paro académico en la Universidad de Sevilla. Fin de los encierros activos en el Rectorado. Fin de las manifestaciones que desbordaban las calles. Termina una etapa frenética de actividad y movilización que marcará la historia tanto de la ciudad como del movimiento estudiantil.
Cuando, en medio del desierto desolador de las cabezas vacías, brota un pequeño tallo de esperanza, todo cambia. Aparentemente, de la noche a la mañana, los estudiantes rechazaron rotundamente los constantes ataques del gobierno a manos del capitalismo más brutal, esta vez en lo que a educación respecta. Aparentemente, un basta desgarrador acertó a salir de todas las bocas sedientas de justicia y hartas de engaños y sacrificios inútiles. Y, aparentemente, el movimiento se organizó, se unificó y alzó el puño contra el objetivo común -a corto plazo-.
Pero, tras esa entresijo de incipiente lucha -algunos debutaban por primera vez en eso-, no había sino organización, trabajo, tiempo y asignaturas echadas a perder. Los estudiantes habíamos comprendido que el triunfo sólo sería posible mediante la tarea continua, prácticamente sin descanso, para dotar al movimiento de un soporte ideológico y un buen sustento político. Desde este perdido rincón, es obligatorio para mí felicitar y agradecer a todas y a todos los que han aparcado el resto de su vida este mes para encabezar una lucha que espero sirva de ejemplo en el futuro.
Muchos de nosotros estábamos de sobra relacionados con movimientos sociales diversos. Otros, en cambio, corrían despavoridos a por la pancarta de la primera fila al ver que su capacidad económica se vería herida de gravedad con la subida de tasas. No importa, todos llegamos juntos hasta el fondo, fuera cual fuera nuestra procedencia y fueran cuales fueran nuestros objetivos a largo plazo -imagino que no todos estaban ya concienciados para emprender la revolución social, como en mi caso-.
Podría enumerar con el alma engrandecida todas las actividades que se han llevado a cabo. Sinceramente, pocos esperaban que el paro fuese apoyado por una mayoría aplastante, que las manifestaciones dieran cabida a tantos cientos de miles de personas, entre los cuales nos encontrábamos los alumnos acompañados de profesores, de trabajadores en general. Pero, sí, así ha sido.
Aunque, por otra parte, lo ocurrido no debe producirnos sorpresa alguna. Es lo esperado cuando a una población se le está atacando continuamente, exigiéndosele que de más de sí, que se exprima hasta la última gota, mientras un reducido grupo de personas se enriquecen para seguir perpetuando el sistema.
Sin embargo, y atendiendo a la lógica de la situación, una sociedad que llevaba tanto tiempo dormida y desmovilizada tiene poca capacidad de aguante, porque la lucha cuesta y agota. En esta carrera de fondo, hay que reposar periódicamente hasta coger el ritmo adecuado que nos llevará a la meta.
Y es eso lo que hemos hecho, entrar en descanso para que aquellos tengan que recargar pilas. Que no se crean nuestros enemigos -empeñarse en negar que existen es científicamente inútil- que esto ha terminado. La despedida de ayer fue, para algunos, un alivio. Para otros, una pena. Para mí, otra oportunidad.
Esto no es un adiós, sino un hasta pronto: volvemos en septiembre. Y, esta vez, lo queremos todo.
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