Nun llores, nenu

Sin saber exactamente cómo empezar. Así estoy ahora mismo, mientras en mi cabeza no dejan de dar vueltas todas las sensaciones y emociones que he vivido en estos escasos dos días. Esta experiencia en Madrid me ha hecho más rica aún si cabe, me ha dado ánimos para seguir luchando y me ha permitido ver que somos muchos más de los que pensamos y que tenemos mucha fuerza. Sólo nos falta una cosa: organización. Me permito la desfachatez de narrar esta humilde experiencia.

Bien, pues el martes 10 partí para Madrid con la intención de participar en la I Conferencia de Educación en Positivo de la UJCE y en el Comité Sectorial que se realizaría también. Estaba contentísima, ya que cualquier situación como esta me permite conocer a mis camaradas, aprender muchísimo y pasármelo muy bien. Además, la alegría era doble: veríamos a los mineros en su llegada triunfal a la capital. Podríamos gritar con ellos y mostrarle nuestro apoyo.

Resumiendo, el martes tuvimos unas 8 horas de reunión aproximadamente. Entre enmienda y enmienda, algunas risas y un interesante debate sobre cuestión nacional con unos camaradas galegos, que si bien me ayudó a entender las distintas perspectivas, no me ayudó a llegar a una conclusión concreta. Tras la reunión sin pensarlo fuimos corriendo a la manifestación de recibimiento de los mineros.

En el metro, todos estábamos ya nerviosos a más no poder. Empezamos a cantar la Joven Guardia gritando y levantando los puños. No lo olvidaré jamás. Todo el vagón nos miraba. Algunos señores mayores dejaban ver una sonrisa y en general tuvo buena acogida. Otros intentaban ocultar su molestia. Pero eso era lo que me gustaba, que nos mirasen y que se enterasen de qué somos, porque ya bastante nos hemos ocultado.

Al llegar a Moncloa ya había oscurecido. Mientras avanzábamos, podíamos observar cómo la gente abarrotaba las calles, pero creo que aún así no éramos conscientes de la cantidad de gente que había. Nos dimos cuenta de ello cuando tuvimos que empujar, que saltar vallas y que abrirnos paso para llegar al cortejo de UJCE/PCE. Allí ya, no podíamos movernos sin molestar a alguien y las pisadas eran continuas. Moverse era realmente complicado.

No sé exactamente cuánto tardamos en empezar a movernos, pero lo sentí muy largo. Mientras, charla con los camaradas (algunos andaluces habían venido), saludo y abrazos a mi querido Aitor Cuervo y conocer por fin al admirado @ciudadfutura. Luego, llegaron los héroes. El grito se hizo protagonista, el “Madrid, obrero, saluda a los mineros” acaparó nuestras bocas. “La lucha es el único camino”.

Entonces, sobrevino para mí el momento más emotivo. La gente se apelotonó e hizo un pasillo para que pasaran. No veía nada, pero no estaba muy lejos del camino. Es en estos casos cuando no es nada bueno ser bajita. Oía a gente llorar y gritar. Pude ver los cascos mineros, eso sí. De repente, un Santa Bárbara sonó potente.

Traigo la camisa roxa,
Trailarai larai, trailarai
De sangre d’un compañeru
Mirái, mirái Maruxina, mirai
mirái cómo vengo yo.

Y luego, lo propio de la situación demandaba una Internacional urgentemente. Cantamos, cantamos, cantamos como en el último día de nuestras vidas. Y sé que nos dolían los brazos de tener el puño levantado, pero todos seguíamos allí de pie, emocionados.

Me contaron una anécdota preciosa que me habría encantado poder presenciar. Un compañero mío tuvo la suerte de estar en primera fila y lloraba sin remedio viendo pasar a los mineros. Yo en su situación no hubiera podido remediarlo. Entonces, uno de ellos se le acercó y le abrazó mientras le decía: “Nun llores, nenu, nun llores”. No consiguió quitarle el llanto, pero desde luego le proporcionó una de las sensaciones más bonitas de su vida.

Comenzamos a andar. Desde Moncloa hasta Sol. No sé las distancias y tampoco me interesan mucho, pero se me hicieron como 3 horas. Tenía las lentillas sequísimas y estaba cansada, pero también radiante y feliz. El cortejo me encantó, aunque no estábamos todos y el del día siguiente fue más grande. Grité bastante.

A la 1 -no recuerdo bien-, algunos de los integrantes del Comité Sectorial cogimos el metro y fuimos a la casa de un camarada a debatir enmiendas del día siguiente. En teoría. Tardamos como mil horas en llegar y ya allí tuvimos que esperar otro buen rato a que llegara el dueño del piso. Me quité las lentillas en plena calle y me tumbé en el suelo. Así.

Ya dentro, no debatí enmiendas. En cuanto me tumbé en unos colchones raros, caí rendida.

A las 8 de la mañana ya estábamos despiertos y dispuestos a ir a Carabanchel para celebrar la Conferencia de Educación en positivo. Sentí pena por no poder ir a la manifestación de por la mañana, que fue brutal.

En la Conferencia, no podía dejar quieto el móvil y la envidia me recorría las venas. En Twitter era la sensación. Y a la vez, compañeros narraban lo que estaba pasando dentro del Congreso. Rajoy anunciaba las medidas más brutales en mucho tiempo. Adiós a la paga extra de navidad. Hola al IVA al 21%. Eso era lo de menos, para mí lo impactante era ver que esto no tiene fin, que día a día nos asfixian más y la gente parece no reaccionar a la altura de las circunstancias. También Cayo Lara sorprendió por la respuesta de oposición pidiendo un referéndum. Para mí, réplica muy muy escasa y poco contundente.

Descanso para almorzar y Comisión Política del Sectorial. Luego, hice una breve intervención contra la PAU. Tenía ya que irme para coger el bus de vuelta a Sevilla, así que no pude quedarme a defender las enmiendas contra ésta ni a finalizar el debate.

En las 6 horas largas del autobús, me iba enterando de las noticias sobre las brutales cargas de la policía contra los manifestantes de la tarde. Veía las fotos de los heridos y de las barricadas. Twitteé algunas cosas llenas de rabia. Era lo que sentía. Eso, y mucha impotencia por estar allí sentada y no en la calle con mis compañeros. Creo, de hecho, que no he sentido más impotencia en mi vida. Llegó un momento en el que opté por apagar el móvil y ponerme de nuevo a leer o a escuchar música. El conductor ponía la SER, donde había un presunto debate plural con varios empresarios de patronales sobre la subida del IVA.

Todo muy frenético y triste. Las cargas estaban siendo horribles -bolas y balas-. Entraban en los bares y comercios incluso para amedrentar a los que habían huido. Y yo allí, soltando improperios en bajito. Imagino lo que pensaría mi compañera de asiento, que tenía toda la pinta de ser facha. Además, le dejé hacer una llamada y vio mi fondo de pantalla con la hoz y el martillo.

Por fin, llegué a Sevilla destrozada física y moralmente, aunque pensando en todo lo bueno que había vivido. No me salían muy bien las palabras y mi voz era ronca. Sólo quería dormir, pero no podía dejar de pensar en la violencia de este Estado terrorista y policial y también en mis camaradas, que se habían mantenido firmes haciendo frente a lo que pudiera pasar. Resultado: 4 de ellos bastante heridos.

En conclusión, días intensos que para mí se quedan. Me han hecho enorgullecerme de ser comunista. Vamos a seguir luchando hasta conquistar el poder, hasta terminar con este sistema homicida, más tarde o más temprano. Y si muero, que sea de pie.

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1 comentario en “Nun llores, nenu”

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