Tierra y libertad

Andalucía tiene, para mí, algo distinto al resto de las naciones históricas del Estado Español. Eso la hace única, y se complica en gran medida a la hora de abordar el asunto del nacionalismo. Expondré entonces mi opinión sin mucho rigor argumentativo y guiada más bien por el corazón.

Para poder sostener las próximas palabras sobre mi tierra, hemos de conocer algo de su pasado. Desde el momento en el que Andalucía es reconquistada por los cristianos en -refiriéndonos a la fecha más tardía- 1492, se produce evidentemente una rotura con la cultura que había predominado anteriormente, pero creo además que se produce otra fisura clave: comienza a percibirse a Andalucía como una tierra de bestias de carga, el vertedero de España. Con la monarquía de la época, y con las que vinieran después, incuestionablemente todos y cada uno de los pueblos eran ninguneados, explotados y oprimidos, pero con Andalucía -con la Andalucía pobre-  se produce, en mi opinión, un fenómeno que dura hasta nuestros días y el cual creo que no tiene símil en otras naciones ni territorios.

Y es que, desde entonces, se ha alentado a la construcción de la Andalucía jornalera y deslomada, pero vaga; ignorante e inculta y sin más aspiraciones que la de no morir por una insolación trabajando la tierra. Comenzamos a ser vistos como los bufones del país, con la mera ambición de causar la risa jocosa y burlona. Desde el resto de lugares, en particular desde Madrid, parecía que se alzaban el resto de españoles, dejándonos a nosotros como insignificantes hormigas que podían ser pisoteadas porque apenas tenían importancia.

Esto supuso una reducción total de la cultura a un sólo fin: divertir a los Reyes, a los nobles, y, posteriormente, a los fascistas. Nuestro fabuloso bagaje cultural, desconocido todavía hoy, permaneció oculto y simplemente se sacaron a la luz tres tonterías graciosas que no retrataban, ni de lejos, la realidad de Andalucía.

Fueron pasando los años y, por desgracia, esa imagen no pasaba desapercibida. Incluso muchos trabajadores y trabajadoras de otros territorios, que sufrían tanto o más que sus homónimos andaluces, empezaban a compartir esa visión y a considerarnos inferiores, ahogando también sus penas de oprimidos en el salero supuesto de los andaluces que se proyectaba desde Madrid.

Sin embargo, lo terrible llegó cuando hasta nosotros mismos nos creímos esas mentiras. Entonces fue muy fácil encontrarse a andaluces repitiendo de manera sincera las gracietas tópicas y con los mismos intereses que se reducían a la fiesta. Parecía que la potencia de nuestros artistas célebres permanecería minusvalorada por siempre.

Hoy en día, eso no ha cambiado en absoluto, e incluso sospecho que se ha potenciado. Lo único que ha cambiado son las formas de poder, pero esa imagen de reducir a la andaluza a fregar escaleras y de reducir al andaluz a ser un bruto sigue vertiéndose sobre las cabezas de las generaciones que vienen. De hecho, creo que es más peligroso, porque tenemos unos medios de comunicación muy potentes que construyen las realidades que les interesan en muy poco tiempo.

Me es imposible, por tanto, reivindicar esa Andalucía edificada sobre unos tópicos más opresivos aún si cabe, construida sobre la mentira, de una cultura que ha sido calcinada por los poderosos y asumida por gran parte de la población, quedando reducida a la charanga y a la pandereta. Ésa no es mi Andalucía.

Todos los andaluces comprometidos con la clase trabajadora y sus intereses debemos luchar por erradicar esa desgraciada imagen, y trabajar por sacar a la luz la Andalucía auténtica.

Yo soy de la Andalucía que ha regado estas tierras con sudor y que ha defendido su palabra hasta la última gota de sangre. Yo soy de la Andalucía de los jornaleros luchadores, ejemplos de abnegación, de camaradería y de solidaridad. Yo soy de la Andalucía rural, de la Alhambra, de la Giralda y de la Mezquita; soy de las gente que cuida sus hermosas playas. Yo soy el genio Picasso, soy Lorca clamando al cielo en el Romancero Gitano. Soy Blas Infante muriendo por Andalucía y soy también Aleixandre recibiendo el Nobel de la dignidad. Soy Alberti, soy Machado, soy Murillo y soy Velázquez. Soy Juan Ramón, y puedo ser además Bécquer, y Carlos Cano cantando a la libertad. A veces, soy María Zambrano, y Mariana Pineda bordando una bandera. Y no me olvido de que soy asimismo Marinaleda, soy los estudiantes que defienden su educación, soy el SAT recorriendo Andalucía.

Soy tantas y tantas cosas, como tesoros que tiene esta tierra. Todo eso soy yo.

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