Tártaro

Ando buscando las palabras exactas. Ando con los pies, con las manos, con la mirada. Incesantemente intento asir el destino que se me escapa de entre los dedos, fugaz como una sombra salida del Tártaro. Y no llego a nada al cabo, o acaso a la angustia de saber que la derrota se encaró conmigo. Todo ello me desgarra por dentro, en un desasosiego que me asola el alma tantas veces.
Entonces, te veo y vislumbro el final del tortuoso camino que recorro sin alternativa. Me descompongo, simplifico la emoción en un burdo intento por ocultar una verdad hiriente, rara. Estás y no estás. Yo no sé nada. Yo olvido todo; las palabras no sirven, la letra escrita es inútil, el grande teórico me es incomprensible ahora.
Me pregunto si es sincera la cascada clara y limpia de sensaciones, o si es una invención temible de la imaginación celosa. No lo sé. Plasmo palabras y se diluye al instante el significado, viento aquí, brisa allá. Rienda suelta a todo, a la vida, a la muerte, a la batalla entre ambas. ¿Quién gana? Ninguna, pues las dos son miserables o liberadoras según la pupila que tenga el valor de contemplarlas profundamente.

Y si nada nos libra de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida.

Javier Velaza

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