Tormenta

El cielo aullaba de dolor, se retorcía y lloraba agua limpia, nueva y pura. Su agitación también dejaba ver ocasionalmente un centelleo fugaz acompañado siempre de un temblor brutal, un grito de rabia contra todo lo establecido y lo que quedaba por establecer. Estas penas del cielo se esparcían por doquier con la ayuda del viento, huraño y terrible cuando no encontraba la forma de expresar su mensaje; y esta incomprensión era fría, cortante, afilada, tan cruel como el cuchillo de un asesino.
Las gotas descendían por cientos en caídas dolorosas y veloces. Todas ellas iban a morir y, sin embargo, estarían creando vida. No obstante, ellas no reparaban en esa paradoja, y se negaban a abandonar su algodonada vida entre las nubes. Las más osadas de la manada se pegaban fuertemente a los cristales, en un último intento por salvar la existencia. Pronto resbalaban lentamente hasta terminar yaciendo en el suelo, como dando el paso final de una danza.
La llamaban tormenta.

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