Luchando

Yo debería haber nacido en octubre. Pero como la historia discurre entre lo que debería suceder y lo que realmente sucede, como un capricho, fue en agosto cuando broté a este mundo. Aparecí tras los terribles dolores de mi madre, con 6 meses y tres semanas de gestación. Pesé un kilo cien. Había tantas posibilidades de que no sobreviviese, que hoy sé por qué me encanta la vida. Recibí el calor de mi familia a través de los cristales de una incubadora durante dos meses, viviendo cada día un poquito más fuerte, disputándole la existencia a la muerte con el coraje de una niña. No tengo ninguna duda de que hoy estoy aquí gracias a la sanidad pública y a sus profesionales, que me atendieron desde el primer segundo de mi prematura vida. Por eso me duele cada recorte, cada privatización y cada paciente no atendido en mi propia piel como una quemadura sentida hasta el alma.

Me levanto cada mañana y lo único que tengo claro es que la vida es maravillosa, que tengo ganas de sentirlo todo muy fuerte, quizás demasiado, y que quiero hacer mías las palabras de Silvio, “yo me muero como viví”, es decir, luchando, nadando entre victorias y derrotas, aprendiendo siempre y queriendo mucho.

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