El desierto de lo posible

Dejo el artículo publicado en Mundo Obrero en relación a la huelga educativa del 24 de octubre. Lo podéis ver aquí.

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No hace mucho, en una entrevista en televisión, el ministro de Educación, José Ignacio Wert, lanzó la provocativa declaración que sigue: “Comparado con otros países de nuestro entorno embarcados en reformas educativas, como México o Chile, el nivel de discrepancia o conflicto en España se puede considerar una fiesta de cumpleaños”. En primer lugar, es una falta de respeto grave para los trabajadores del sistema educativo, pero eso no debería sorprendernos a estas alturas, cuando hemos oído ya sus intenciones de “españolizar” a los catalanes o tildar de fascistas a los estudiantes sevillanos que le impidieron impartir una conferencia, entre otras cosas. Desde luego, pronunció una afirmación desafiante, sobre todo teniendo en cuenta que el nivel de desacuerdo que tiene la comunidad educativa con respecto a la LOMCE es altísimo, como se ha constatado desde el principio en el Consejo Escolar del Estado, por ejemplo. Quizás se refiera a que los que están de acuerdo se reducen al sector que ha sido preguntado sobre el tema, es decir, asociaciones de colegios concertados y católicos. Ni un sólo docente, y muchos menos un estudiante, ha tenido voz en la estructuración de la reforma.

Simplemente siguiendo esa línea de acontecimientos y atendiendo a los sucesos de actualidad tales como la huelga indefinida de docentes en Baleares, se infiere con facilidad que el ambiente generalizado es de rechazo. Pero es que, además, la reforma implicará un deterioro de las condiciones tanto de alumnado como de profesorado, ya que responde a unos intereses completamente opuestos a los de aquéllos, como se ha analizado en múltiples ocasiones. Es objetivamente imposible alabar este anteproyecto, a no ser que uno tenga entre manos intereses eclesiásticos o empresariales.

Sin embargo, hay que darle al ministro la razón en una cosa: como defensores de nuestro derecho a la educación, no hemos estado aún a la altura. Cuando se anuncian en los Presupuestos Generales del Estado para 2014 que el 98,9% de los fondos van a pagar la deuda -ilegítima, por cierto- mientras 300.000 universitarios están en riesgo de expulsión por no poder pagar las astronómicas tasas, el sindicalismo de clase ya debería haber reaccionado con contundencia, tejiendo lazos con el resto de sectores que también se ven afectados por la política de liquidación de los servicios públicos. Vamos con retraso, y ellos son tan cínicos que se pavonean públicamente de ello. Es la ejemplificación de lo que una vez dijera uno de los empresarios más influyentes del globo, Warren Buffett: “Por supuesto que hay una lucha de clases, y la mía la va ganando”.

Pero no hay que quedarse en el detalle. Wert no es más que la cara pública de la mano invisible que está jugando con el derecho a la educación, el títere puntual de una burguesía que, después de haberse aventurado con especulaciones y burbujas de todo tipo hasta límites insospechados, tiene que recuperar la tasa de ganancia perdida sometiendo a los de siempre, auxiliada por supuesto por las instituciones de la Unión Europea y el BCE. No es éste un problema del Partido Popular o de la nefasta y casposa Marca España, sino del mismo sistema que, pocas semanas atrás, ha clausurado indefinidamente la Universidad Nacional de Atenas.

Desde siempre ha quedado muy claro que el neoliberalismo está contra el derecho a la educación de la clase trabajadora, pero, por si se nos había olvidado, nuestras compañeras chilenas o colombianas nos lo han estado recordando desde hace varios cursos. Heroicamente han resistido litros de dolorosa agua a presión, cargas brutales e incluso han vivido varios asesinatos por disparos ejecutados por las fuerzas policiales. Y, tristemente, aunque se les tratase como peligrosos terroristas, sólo estaban pidiendo una educación de calidad y universal. De hecho, si se miran las reclamaciones del estudiantado de ambos países, nos sorprenderán enormemente la cantidad de paralelismos que podemos establecer con la situación aquí.

La Mesa Nacional Amplia Estudiantil colombiana, con semanas de paros indefinidos, gigantescas marchas, una consolidación sorprendente e incluso una Ley Alternativa de Educación, pedía la retirada de del Proyecto de Reforma de la Educación Superior presentado por el gobierno aliado de los paramilitares con Juan Manuel Santos a la cabeza. Este proyecto incluía la creación de centros educativos con ánimo de lucro, becas préstamo a la estadounidense a través de créditos a la educación superior, autonomía económica para las universidades públicas, introducción de agentes externos en los Consejos Superiores Universitarios, aplicación de la misma legislación a centros privados y mixtos que públicos, desvío de fondos públicos a las instituciones privadas y limitación estos mismos recursos públicos a las instituciones públicas. Faltan muchos de los aspectos de la citada reforma, pero echando un rápido vistazo ya identificamos objetivos comunes con la LOMCE: fomento de la educación privada (más financiación, prolongación de conciertos…), financiación por resultados (creación de centros de “primera y segunda clase”), endeudamiento estudiantil, etc. Y también hay que remarcar la profunda similitud con el informe de expertos del ámbito universitario, donde, por ejemplo, los órganos de decisión y mando -en España Consejos Sociales y en Colombia Consejos Superiores- estarían integrados directamente por empresarios, revistiendo la universidad como un consejo de accionistas.

El caso de Chile se asemeja en extremo, tanto en el caso de las movilizaciones de 2006 -la llamada “revolución pingüina”- como en 2011. En el primer periodo de movilización, fueron los estudiantes de secundaria los que estuvieron a la vanguardia exigiendo la retirada de la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza y la gratuidad de la prueba de acceso a la universidad. De estas lógicas reivindicaciones nacieron las mayores manifestaciones estudiantiles en la historia del país, que fueron sólo superadas por las que le sucedieron cinco años después. En este punto podemos incluso establecer más paralelismos entre la LOCE chilena y la LOMCE española, ambas hijas en cierto modo de procesos políticos tan grises como la Concertación y la Transición respectivamente. Volvemos a ver cómo se repiten los mismos patrones mercantilizadores y privatizadores: en este caso, la LOCE chilena establecía que el Estado era sólo un ente regulador que cedía competencias a las instituciones privadas, y reducía la capacidad decisoria del alumnado al mínimo. Las movilizaciones de 2011, en la misma línea y con el gran potencial estratégico de la Confederación de Estudiantes de Chile, profundizaban en sus demandas, pidiendo igualdad de oportunidades en el acceso a la universidad, más gasto público, extensión de becas, y un largo etcétera que nos sigue a otorgando la razón.

La lista de países batallando por la educación pública es larga -podríamos mencionar también Canadá o México-, lo que hace más que evidente que el capitalismo ya no puede ni quiere seguir sosteniendo ese derecho extendido durante la Guerra Fría. Porque cuando el enemigo principal y baluarte de los derechos sociales más avanzados, la URSS, cayó, lo hizo con ella la ilusión colectiva del “capitalismo de rostro humano” y del “Estado del Bienestar”, que por cierto, son proyectos sustentables en la medida en que otra parte del mundo está sumida en la pobreza y en la esclavitud, lo que ellos denominan “globalización”.

Se trata de un plan premeditado para elitizar la educación y así hacerla inaccesible para los hijos e hijas de la clase trabajadora, agudizado en tiempos de crisis. Y, aunque la neolengua lo quiera maquillar con “competitividad”, “emprendimiento” y “autonomía”, es un empobrecimiento brutal del sistema por el que lucharon y murieron nuestros antepasados.

Por eso, ejemplos como el de los docentes de las Islas Baleares son clave, un grito de guerra ante la barbarie, la dignidad hecha colectivo. Nos han demostrado que se puede resistir con la cabeza alta y que cuando se pelea por una causa justa, nadie está solo. Pero ahora es momento de reflexionar, de extraer conclusiones, de valorar los ‘por qué’ y los ‘cómo’. La lección más evidente es que una lucha aislada, aun con el respaldo de alumnos y familias en este caso, no puede continuar por siempre. Divide et vinces, que decía Julio César. Yo no sé la fórmula exacta del éxito, pero estoy convencida de que comienza con la solidaridad.

Las razones sobran, pero el estigma de la huelga y la pérdida de salario muchas veces pesan demasiado en la balanza. Algunos olvidaron que luchar por la educación es luchar por todos y que si se pinta de verde esperanza no es por casualidad. La huelga del 24 de octubre supondrá una frontera que nos colocará en la dicotomía de atravesar el desierto de lo posible para adentrarnos en la certeza de lo probable, o infravalorarnos dejándolo pasar como otra jornada más de gritos a media voz. Travesías por el desierto de lo posible ya hemos hecho muchas, pero ahora que nos están arrebatando granito a granito, puede ser un buen momento para quitarle el color negro al futuro y pensar en otra educación para otra sociedad y otra sociedad para otra educación, como apuntó alguna vez Karl Marx.

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