Fatum Fatis ego perea

No tengo ni idea de cómo hay que vivir. De hecho, creo que eso nunca se aprende. A ese respecto, vivo por inercia, respiro, amo, odio, todo involuntario, porque en realidad no sé qué es vivir y, cada vez que intento averiguarlo, cuando creo que tengo todas las respuestas, cambian las preguntas. Es frustrante. Y hay que reconocer que es esa misma frustración de no saber qué es la vida lo que nos lleva a refugiarnos entre múltiples máscaras y a sublimarnos cada uno en lo suyo, como si se nos fuera a quitar el vacío existencial de la eterna pregunta.
Lo que sí sé es que la vida, sea lo que sea en el fondo, es una cuestión de prioridades. Vivimos conforme a lo que queremos vivir, soñando lo que anhelamos -¿o anhelando lo que soñamos?- y descartando posibles modelos de vida que no nos interesan. El tiempo se nos pasa entregándonos a eso que nos llama y que, sin saber por qué, requiere de nuestra atención por encima de las demás cosas. La vida, revestida de variedad y atrezzo, no es más que la búsqueda constante de un motivo por el que vivir. Y cuando lo encontramos, la vida, literalmente, nos va en ello. No es nada nuevo.

Pero, ¿qué pasa cuándo el motivo pierde su sentido? Todo lo que habíamos construido consciente e inconscientemente se nos cae, las razones por las que vivíamos ya no sirven, empezamos a sentir oxidada el alma; la vida, en su sentido más amplio, cambia su cariz hasta que nos da asco.
También sucede que, pese a la exploración incesante, la entrega o el haber escudriñado el destino con lupa aristotélica, no encontramos la aguja del pajar. Nuestras razones vitales no están, y sin ellas no es posible la existencia, aunque sí un tímido palpitar en el claroscuro de la realidad, pero eso no es vida.
Leí alguna vez que, cuanto más profunda es la herida, más privado es el dolor. Difícil sacarlo de las profundidades incluso recurriendo a las metáforas más mediocres. No vengo a entretener a nadie con historias de princesas que no quieren serlo pero que lo son, y que, en el abismo peor y a pesar de todo, esperan con ansia la luz y el rescate del príncipe. Tampoco pretendo que nadie las entienda. No es fácil. Ya no.
Será frivolidad, quizás, pensar que los dramas personales resultan intransferibles y catastróficos, porque son, en resumen, problemas del primer mundo. Es cierto y no. Mirados desde los ojos del que sufre duelen como espadas, son pequeñas muertes en vida, y es que el protagonismo de la aflicción propia se vuelve indispensable, necesario, porque es al fin y al cabo el único abrazo en el mar de la pena. Y es legítimo.

No sé si son fuerzas o impulsos los que me ayudan a querer vaciarme la suciedad que me inunda, pero al menos no se me ha olvidado que tengo que dar las gracias por cada segundo de vida, que me permiten seguir buscando su significado intrínseco, aunque ahora paradójicamente alumbre más el halo de la amargura.
Hoy, mientras yo me afano en caerle un poco mejor a la suerte con una autocompasión pasmosa, palmaditas a la espalda, pañuelos y desgraciada de mí incluidos, hay alguien que no puede elegir entre la risa o el llanto. Perdona la banalidad de todo esto.
Descansa en paz.

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