En el zaguán

Hay sólo dos cosas que hacen que la vida sea digna de ser vivida: el amor y el arte. Y cuando llega el momento de partir, echar la vista atrás y ver que no faltó nada de eso debe ser muy reconfortante. No queremos nunca morir -y quien diga lo contrario es un pusilánime mentiroso a todas luces-, pero nos duele menos si en nuestra vida hemos sentido profundamente cuantas cosas hayamos tenido que sentir. De eso el destino sabe demasiado.

Aunque estoy segura de que, si pudiéramos, cambiaríamos la forma en que nos vamos, que es sorpresiva, injusta, cruel, demasiado dolorosa casi siempre. Haríamos que la muerte fuera, si no una fiesta, al menos la ocasión perfecta para reconciliarnos con nuestra conciencia. Frente al ácido derramado de las amargas lágrimas, la sonrisa calmada de los que nos quieren a pesar de lo que somos. La muerte no como una separación irremediablemente distante y definitiva, sino como el lazo que culmina la obra de toda una vida. Dejaríamos de concebirlo egoístamente como si se nos estuviera arrebatando algo preciadísimo, como si la vida se estuviera vengando de nosotros, como si no lo mereciéramos; y tranquilamente le abriríamos la puerta a los nuevos que vienen dispuestos a experimentarlo todo -y si fuera posible, en el zaguán, murmurando, en un segundo, les daríamos consejo-. Pintaríamos la muerte con su verdadero color: el de la vida que se va pero que ha sido, en definitiva, vida, biografía, hazaña, una historia.

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