De vidas y vuelos

No hace mucho me dijeron que de Quijotes está llena la Historia, y lo cierto es que siempre he pensado que sería un verdadero drama dormir y no soñar, y más en los tiempos que corren. A riesgo de parecer ridícula, que diría un guerrillero argentino pero universal, me decido a afirmar categóricamente, aquí y ahora, asumiendo consecuencias y contradicciones sorpresivas, que la vida es vida porque soñamos, porque de las caídas nos levantamos una y otra vez secándonos las lágrimas y queriendo comernos el mundo, al menos mi gente y yo. Es por eso que, cuando me dicen aventurera, asiento siempre y orgullosa, pero precisando que aventurera de las que ponen el pellejo para demostrar sus verdades, o mejor dicho, de las que lo intenta aunque quitarse el barro de la cara tras la caída sea lo más parecido a la vergüenza.
No es esto un culto a las magulladuras inevitables, sino más bien una oda convencida y panfletaria de lo que nos hace más fuertes en el devenir de la cuna a la sepultura. De tanto caerme, aprendí a volar, me cosí el corazón con hilo de otro sistema solar, me curé los arañazos con polvo de estrellas, y pude salir de la ciénaga en la que nos quieren enterrar vivos. Hoy puedo gritar fuerte, haciendo de carne y hueso lo que escribió una atormentada Frida, aquello de pies, para qué los quiero si tengo alas para volar.
Pero me siento insaciable, acaso egoísmo, ansia, acaso venenosa ambición; en cualquier caso, siento bajo mis talones el costillar de Rocinante, y me niego a contemplar el hundimiento de un futuro que aún no ha llegado, pero por el que a veces sólo luchar no sale a cuenta. Y me desmorono, sí, haciendo uso de mi condición humana, y sólo quiero huir, aunque sé que cerrar los ojos ante la tragedia es en cierto modo un crimen.
Me conozco bien, aunque no del todo, pero lo suficiente como para saber que puedo construirme en otro lugar, que puede esperarme una incertidumbre dulce en cualquier parte. Se me queda pequeño el cosmos tan mío, empujo fuertemente puertas sin saber si quizás se abren tirando, me agobia la inmundicia en la que nos veo sin remedio ni consuelo. Dicen, de todas formas, que nuevos mundos traen consigo nuevas vidas. Yo espero sinceramente que me ayuden a renacer.
Pero, dejando de lado las inevitables alusiones al inmortal Ernesto, estoy convencida de que no es locura romántica, es, en todo caso, la viva imagen de lo que cuesta acariciar la felicidad. En esta lucha personal aún no conozco a mis oponentes, sin embargo estoy segura de que no se atreven a negar que empiezo el camino con mi adarga al brazo, imparable.

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