Vosotros, los sobrios

«[…] Indudablemente, el robo es un crimen; pero si un hombre está a punto de morir de hambre, y él con su familia, y ese hombre, por salvarla y salvarse, se atreve a robar, ¿merece compasión o merece castigo? ¿Quién puede acusar a la sensible doncella que en un momento de voluptuoso deliquio se abandona a las irresistibles delicias del amor? Hasta nuestras leyes, que son pedantes e insensibles, se dejan conmover y detienen la espada de la justicia.» «Eso es distinto -respondió Alberto-; el que sigue los impulsos de una pasión pierde la facultad de reflexionar, y se le mira como a un ebrio o un demente.» «¡Oh, hombres de juicio! -exclamé sonriéndome- ¡Pasión! ¡Embriaguez! ¡Demencia! ¡Todo esto es letra muerta para vosotros, impasibles moralistas! Condenáis al borracho y detestáis al loco con la frialdad del sacerdote que sacrifica, y dais gracias a Dios, como el fariseo, porque no sois ni locos ni borrachos. Más de una vez he estado ebrio; más de una vez me han puesto mis pasiones al borde de la locura, y no lo siento; porque he aprendido que siempre se ha dado el nombre de beodo o insensato a todos los hombres extraordinarios que han hecho algo grande, algo que parecía imposible. Hasta en la vida privada es insoportable el ver que de quien piensa dar cima a cualquier acción noble, generosa, inesperada, se dice con frecuencia: “¡Está borracho! ¡Está loco!” ¡Vergüenza para vosotros, los sobrios; vergüenza para vosotros, los sabios! «¡Siempre extravagante! -dijo Alberto- […]»

Las desventuras del joven Werther, J. W. Goethe

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