Lloró

Llorar en público es de valientes. En el momento en el que tuvo que refugiarse en la oscuridad, en el silencio, se dio cuenta por fin de que era verdad, una verdad absoluta, un lenguaje universal. Quería pedirle al ruido y a la luz que se marchasen para dejarla a solas frente a su pena, construida sobre dolor y miedos, muchos miedos. Pensaba que así sería sencillo gritar la angustia afuera, vaciarse las heridas, bajar de la espalda las piedras, reprochar todo, pedir perdón acaso. Sin embargo se equivocaba y sólo recibió la paz de los sepulcros y, de pensarse tan poca cosa, apenas nada, se vio pequeña como nunca. Sí, el ruido y la luz se marcharon, pero no pudo ajustar las cuentas con su propio presente. Sólo sentía el frío en lo más hondo de su ser y, aunque era un frío casi de febrero, se había instalado dentro con ganas de conquistarlo todo. Alzó la mirada para encontrarse con una estrella, triste, taciturna, que asentía diciendo te comprendo, te apoyo, pero yo estoy acá arriba y tú estás allá abajo, no puedo hacer nada.
Entonces, lloró. Lloró cuanto se puede llorar un domingo. Exploró todas las formas de llorar posibles y cada una de ellas le parecía más apropiada para seguir llorando; probó el sabor de todos los llantos, y concluyó que ninguno deja de ser amargo; se entrevistó con todas las lágrimas para decirles que sentía mucho aquella masacre. Pero lo que sintió como un dolor de muerte fue comprobar que no había estado sola ni un instante. De su brazo estaba asida la soledad. Nunca había estado un alma tan rota.

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