¿A dónde fuimos, Antonio?

¿Pasó? Sobre sus campos aún el fantasma yerra
de un pueblo que ponía a Dios sobre la guerra.

Nunca he creído en Dios porque en mi familia nadie se ha encargado de transmitirme esa creencia, pero, sobre todo, porque nunca lo comprendí. No entendía cómo era posible que todo cuanto veía fuera obra de un hombre invisible, enorme, que estaba en todas partes y que nos vigilaba sin descanso. La primera duda que me asaltó es tan conocida que no vale la pena dedicarle mucho tiempo: “es imposible que una persona tan buena, según dicen, permita que hagamos cosas tan malas, como reírnos de otros niños y pegarles, o robarles los lápices de colores, o no elegirlos para jugar, o intentar bajarle los pantalones en el recreo, o tirarle el bocadillo al suelo”. Luego, cuando descubrí lo que era la muerte, proyectada en forma de guerra en las pantallas de los televisores, esta incomprensión se multiplicó. Hasta el día de hoy, cuando, además de no creer en ese Dios, me asquea profundamente el negocio levantado en torno a unos valores que, inicialmente, son honorables, pero que quedan reducidos a una vulgar hipocresía.
Sin embargo, he de admitir que envidio una cosa del cristianismo: el cielo. Pensar que los muertos están allá arriba, administrando su tranquilidad, observándonos y transmitiéndonos alguna vibración es bastante reconfortante y una manera de sentirlos aún vivos. Ésta es la patraña más dulce del cristianismo. Así que, si se me permite, me adhiero sólo a esta cuestión puntual para poder disfrutar del sosiego de saber que mi abuelo y abuela me miran, me dan su estrella; o que tú mismo, Antonio, vas a poder recibir mi homenaje.

Según los últimos indicios, hoy es el septuagésimo quinto aniversario de tu muerte, y lamento decirte que no ha variado el vuelo de una sola mosca. Ya sé bien que tú no querrías aspavientos de ningún tipo, que no perseguías la gloria, que amabas los mundos sutiles, ya sé; pero qué menos que una mención en los telediarios para que, aquellos que no habían reparado en ti, pudieran tener la oportunidad de plantearse quién eras y, quién sabe, quizás indagaran y llegaran hasta tu cautivadora poesía. Lo digo por experiencia, porque de una forma un tanto casual descubrí yo la poesía de Miguel Hernández, y de ahí al amor sincero por las letras hubo un paso.
Pues, como te decía, hoy está siendo un día tan mediocre como los demás. Ni siquiera el recuerdo de tu adiós lúgubre perturba el ambiente. Aunque, por otra parte, no es de extrañar en un país cimentado sobre una incuestionable Transición, fórmula para abrir paso a la herencia que los abuelos legan a los nietos firmada ante un notario disfrazado de monarca. Aquí, como se sabe, vienen imponiendo la amnesia a golpe de culata desde 1939.
Y estoy convencida de que coincides conmigo cuando sostengo que nada ha cambiado, que nos han contado un cuento con final de comer perdices pero que los hambrientos siguen siendo los mismos. Ellos, a fin de cuentas, han muerto en cama caliente tras una vida longeva que les ha permitido aprovecharse demasiado del trabajo de otros, y tú moriste en soledad pasando frío allá en Collioure. Menos mal que sabías francés.
Por eso, ni tú ni yo podemos ser patriotas al uso, porque nos repugna esa bandera enarbolada sobre tanta sangre inocente que, a día de hoy, sigue insondable bajo tierra, no se sabe exactamente dónde. Somos patriotas de otro tipo, no me atrevería a decir más elevado, pero sí más humano; y te sorprendería saber que hoy a esos patriotas nos llaman terroristas.

Pero lo que más me duele de todo es una imagen que tengo en la cabeza y de la que no sé cómo deshacerme. Imagino que fuiste todo el camino a pie, con un solo traje encharcado en sudor, maletas apenas. Tu madre, totalmente desubicada, iba asida de tu brazo, arrastrando los pies, sin poder despegar los labios, ida como hacía tiempo. Qué dura esa senda llena de piedrecitas y con ese cansancio plomizo que caía sobre tu cabeza, qué difícil dar el siguiente paso hacia un abismo. Un miedo fulgurante te recorría todo, la incertidumbre de no saber si esa huida era sobrevivir o acercarse más a la muerte. Las pupilas fijas en el horizonte, que no acababa nunca, prolongando una travesía diamantina y terrible. El dolor apretándote los músculos de unas piernas ya abandonadas, la fuerza saliendo irreconocible para seguir tirando de esa vieja que no era capaz de reparar en nada, pero que merecía un final digno. La espalda, aguijoneada por miles de espadas candentes, abandonaba, como en un ocaso, su rectitud. Tu mente, otrora tan brillante, estaba paralizada por el veneno del adiós que no habías tenido oportunidad de pronunciar.  Ahogado en el océano de tus lágrimas por la tristeza de tener que escapar de tu país. Por… en definitiva, por ser poeta.

¿A dónde fuimos, Antonio? Es evidente, a ninguna parte. Tú y los tuyos, unos muertos y otros callados para siempre, hicisteis una prédica en el desierto. ¿Qué podíamos esperar de un país que desahucia a sus poetas, a sus intelectuales, a sus pintores, a lo que constituye su alma? No podíamos esperar nada, y lo único que hicimos fue hundirnos en muchas miserias. Son miserias muy dolorosas incluso para mí que no viví nada de aquello, pero te aseguro que duelen como puñales clavados una y cien veces, lo que pasa es que muchos no se dan cuenta.
España es nuestra pena. Y, sí, tenías razón, predijiste muy bien que nos esperaba un mañana efímero, pero también que otra España está naciendo –de la rabia y de la idea-. Yo, al menos, tengo verdadera fe en eso. Tú, que estás mirando desde arriba, probablemente sepas si ando en lo cierto.

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Un comentario en “¿A dónde fuimos, Antonio?”

  1. Me has puesto a pensar -tal vez aquí debería acabar mi comentario- que el amor acerca. Y es difícil de decir sin poesía porque palabras como amor ya se usan para cualquier cosa y en cualquier contexto, ni debería usar la palabra: nomás la digo y me inventan mil pavadas. En fin, abolir tiempo y distancia, eso es amor. Luchar por los ausentes como si no fueran es una tarea de amor, entablar la amistad con los desaparecidos es amar. Construir el futuro y la memoria así, son dos tareas que van de la mano.
    El cielo que sugieres es un reflejo mejor de la experiencia del amor que el que se resumiría a alargar la vida. Dije que el amor destrona al tiempo: algún razonador pudo pensar que entonces la trascendencia se traduce en inmortalidad personal, y que el cielo se gana para eternizar la vida -pues sin tiempo eternidad ¿no?-. Ese cielo extraño y ajeno es para los muertos o para entretener a los filósofos. Acaso guardar la proximidad con los defuntos, con sus sensibilidades y sus lecciones, era el sentido verdadero esa brecha temporal. Algo viviente y eterno, que como objeto vivo se pasa de uno a otro, y no una cara arbitrariamente ilimitada en un reloj.
    Buen homenaje.

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