Las aguas de García Márquez

Ayer se me atragantaba la cena con la noticia de la muerte de García Márquez, y desde entonces he estado pensando en su literatura y en mi vida. Parece que, cuando muere alguien, muchos se afanan en reunir toda la información posible sobre el difunto, con sus penas y sus glorias, para exponerlas públicamente y demostrar así una supuesta elevación cultural que, sorprendentemente, abarca todos los campos.
Yo no pretendo seguir alimentando dicha farsa. Ni lo llamaré Gabo, ni fingiré haber leído todos sus libros, ni voy a aparentar que recuerdo cada una de las líneas de sus obras maestras, ni siquiera voy a opinar sobre su vida, que desconozco en gran medida. Sólo hay una cosa de la que puedo hablar sin correr el riesgo de equivocarme: el papel que ha jugado su magia en mi relación de amor profundo por la literatura.

Leí por primera vez Cien años de soledad hace mucho, con 10 u 11 años. Yo no entendí nada de lo que era imprescindible entender y apenas comprendí la profundidad desgarradora de esas vidas que se narraban. La profusión de personajes me desconcertaba, e incluso hubo cosas que me escandalizaron. Sin embargo, percibí todas esas emociones que García Márquez imprime en cada una de sus obras: la desazón, el calor, la locura, la humedad, el placer… Me fue imposible parar de leer.
Años después, sólo puedo darle las gracias a ese libro secuestrado furtivamente de la estantería materna, con las tapas desgastadas, las esquinas roídas, las páginas amarillentas y ese indescriptible olor a polvo que suele preceder a las mejores historias. Y es el agradecimiento sincero de quien descubrió entonces las entrañas de la literatura, como si fuera ésta un monstruo o un reloj que hay que desmontar y descifrar pieza por pieza. La literatura se me presentó en aquel momento no como evasión o recreo, sino como necesidad misma de conocimiento personal y asimilación del mundo.

En Macondo me di cuenta de que la vida es, ante todo, una contradicción que nunca termina de resolverse. Y me di cuenta por que, en el fondo, Macondo es toda una reflexión filosófica sobre metafísica cotidiana. Por eso al recorrer Macondo siente una un hormigueo especial, como de ir andando por medio de una herida.
De la mano de los Buendía aprendí a arrastrarme por el suelo y a llenarme de polvo cuando se caen los personajes, aprendí a sudar en las tardes bochornosas donde todo transcurría entre las hamacas de rejilla; aprendí, en definitiva, a sentir al compás de una realidad que era en verdad un retrato de la ficción colectiva que significa América Latina.

Después llegó a mis manos El amor en los tiempos del cólera. Lo devoré como sin fuera un rico manjar tras un periodo de hambruna. Quizás porque, en cierto modo, lo era. Esas páginas alimentaban mi espíritu de sensaciones que no sabía ni que existían y, de entre todos los fotogramas que quedaron al descubierto en esa novela, fue fundamentalmente su humanidad lo que me impactó más. Una humanidad lozana, despojada de aspavientos inútiles, enemiga de la divinización en que solemos caer los seres humanos. O sea, una humanidad esculpida con la palabra.
García Márquez tuvo la gentileza de permitirme acompañar a Florentino Ariza en su periplo paciente, de toda una vida, que yo correspondí con fidelidad hasta el final, cosa que no pude hacer, aunque lo intentara, con la suficiencia Juvenal Urbino.
Estoy de acuerdo con el genio: es mi novela preferida, porque en ella leí el Amor antes de sentirlo.

Con el tiempo, fascinada por ese mundo donde el límite entre verdad y mentira es algo más que impreciso, continué explorando: la fastuosidad de la Mamá Grande, primero; el sudor frío de las últimas horas de Santiago Nassar, después. Etcétera, etcétera.
Hoy, para las noches de desasosiego, o simplemente para los momentos en que me es necesario como si no fuera a vivir más nunca, tengo un libro de cabecera: la edición que reúne todos los cuentos de Gabriel García Márquez.

Que fuera un defensor a ultranza de los pobres, que fuera un cronista excepcional de la distorsión del continente que habitaba, que tuviera presente siempre las aspiraciones liberadoras de su pueblo, que tejiese amistad con el Comandante Fidel o con Hugo, son motivos que, para qué mentir, también contribuyen a aumentar mi estima. Pero primero como lectora y segundo como camarada.
Su muerte me causa dolor, pero no por él, que ha muerto viejo habiendo dicho todo lo que cabía esperar que dijera e incluso mucho más -aunque nunca es demasiado-, sino porque parece que, frente a los genios que se esfuman últimamente, no toman la palabra otros nuevos.

De todas formas, mientras se dilucida qué pasa con el Arte, yo voy a seguir bebiéndome las aguas de García Márquez acudiendo a su obra, que es una fuente transformada ya en manantial, por aquello de que se hace eterna.

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