Un desierto que monologa

Qué manía la nuestra de confundir la realidad y el deseo. De hecho, ambas las inventamos nosotros, pero son tan irreconciliables que a veces duele pensarlas en una misma frase. Pero lo hacemos. Nos olvidamos de que una es la carne y otra sólo un anhelo. Y entonces aparecen los problemas. De esto Luis Cernuda sabía muy bien.
La realidad es una construcción obligada, cuya alternativa es la nada que no existe. La realidad simplemente es. Sin preocuparse por su extensión, recorre sin límite el horizonte y lo abarca todo: vida, muerte e incluso ese estado intermedio en el que muchos suelen deambular sin percatarse. No hay más.
Sin embargo la realidad no es omnipotente como pudiera parecer, más bien al contrario. Es tan frágil que no puede continuar la travesía tan compleja de ser sí misma, necesita un sostén como reafirmación. Y ahí aparece el deseo, una construcción consciente por momentos e inconsciente las más de las veces, pero imprescindible en cualquier caso, sin la cual me atrevo a decir que moriríamos de impresión al mirar a la realidad a la cara. La existencia es así, como una balanza que por una parte nos ofrece la crudeza más pura y, por otra, nos halaga con un salvavidas en la mar tempestuosa.

Sin el deseo, caeríamos a un abismo del que no sabemos nada, pero al que tememos más que a todas las cosas porque, en un rincón recóndito de nuestro ser, tenemos la certeza de que existe. La realidad es de por sí amarga si no interviene el deseo. No creo que nadie imagine o anhele la tristeza, pero somos capaces de sentir la alegría porque antes la hemos imaginado, la hemos deseado; cuando llega es lo que estábamos esperando y sólo la disfrutamos.
Entonces el deseo es el hilo sobre el que pende nuestra condición de seres humanos. Somos gregarios y sociales, y el deseo es el engranaje clave que pone en marcha la máquina de la socialización, porque nos humaniza en tanto que nos hace capaces de imaginarnos con otros. Es irremisiblemente algo colectivo, aunque uno se piense destruyendo al resto de la humanidad, porque con sólo hacerlo, ya estamos implicando al resto. No hay escapatoria.

Dicho así, parece, y por momentos lo creo, que es la primera religión, y por supuesto obligatoria. El deseo es fe, esperanza o como quiera llamársele; una chispa que desata el fuego del cambio cuando algo nos parece injusto o, por el contrario, una pastilla dulcificada que nos ayuda a soportar más y más cargas sobre nuestras espaldas en esperas de algo mejor, de otra vida.

Visto lo visto, y como no podemos deshacernos de ese martilleante deseo que nos acecha a todas horas, es preciso que aprendamos, si no a domesticarlo, puesto que es imposible, al menos a gestionar nuestra relación con él para evitar confundirlo lo menos posible con la realidad. Esto es lo más difícil.
A veces solemos andar o basar nuestra vida únicamente en los proyectos del deseo, y todo es frustrante porque nada es tangible, nuestras construcciones son el último humo de la realidad que se evapora. Entonces, y sólo entonces, podremos decir: soy un desierto que monologa.

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