Compañeros amigos

Hacía mucho que no me atrevía a escribir en primera persona de manera tan directa. Hoy necesito hacerlo, aunque apenas sé cómo. Atravieso por una serie de circunstancias que me fuerzan a reflexionar sobre lo que tengo y la forma en que gestiono(amos) los afectos. De este segundo aspecto he extraído la conclusión incuestionable de que no sabemos estimarnos cotidianamente: por lo general no expresamos lo suficiente cuánto nos queremos y por qué. Estamos presos en unas convenciones que nos limitan a la hora de abrirnos a los demás, los núcleos familiares son cerrados, los amigos se dividen en distintas clases y nos avergüenza decir o hacer ciertas cosas por miedo al qué dirán. Tenemos miedo a querer, nos han dicho que querer duele mucho y hemos preferido amoldarnos a la comodidad de ser un poco más fríos en vez de adentrarnos plenamente en la aventura de los afectos. Luego, cuando llega un momento de despedida como éste, sufrimos. Y creo que sufrimos más porque, inconscientemente, nos inunda la sensación de que nos quedaron cosas por decir. Por eso la regla de oro debería ser: vamos a expresar lo que sentimos de la manera más pura en que nos llega, sin hacerlo pasar por los incontables filtros que hemos establecido como sociedad, y vamos a hacerlo ya, ahora, cuando es el momento, sin demorarnos.

Sobre lo que tengo hay poco que decir, o mucho, según se mire. Lo que tengo son personas que me han hecho ser como soy hoy, por lo que me han aportado en estos años intensos en los que hemos vivido experiencias de todo tipo, la mayoría agradables, la mayoría reconfortantes, la mayoría cautivadoras, aunque el mundo que tenemos delante siga estando igual de feo. Con ellas he aprendido, con todas las acepciones del término que ello implica. He aprendido a nivel teórico porque me han aportado herramientas útiles para analizar la realidad, y a muchas de esas personas las tengo como referentes para seguir haciéndolo. Pero he aprendido, además y ante todo, a nivel humano, de cómo no ir a buscar la nuestra sino la de los demás. He aprendido la amistad, la camaradería, la risa, la alegría de poseer una común idea de mundo. No puedo narrar, y menos resumir, por mucho que me pusiese horas y horas a intentarlo, qué es lo que me llevo de todo esto, porque creo que ni lo sé. Porque aterricé sin saber nada sobre lo que me rodea y, cinco años después, me voy sabiendo muy poco, habiéndome equivocado casi siempre, pero con la mente elástica de haber debatido, pensado y confrontado todo aquello que antes era ignorancia. Es decir, me voy siendo más.
Sobre todo pienso que esta disposición a aprender, a observar y a absorber ha sido y es posible por la comodidad de que una podía estar siendo una sin que nadie la juzgase, porque allí todos eran unos, únicos, que no aparentaban que en realidad eran otros, ni fingían oscuramente, porque no era necesario. La aceptación y la comprensión son la norma. Porque ese otro mundo que demandamos debe ser para mujeres y hombre nuevos, diversos, verdaderamente humanos.
Agradezco precisamente eso, que no sólo me hayan enseñado a hablar de ese otro mundo, sino también a practicarlo a diario; que nuestra atención no sólo podía recaer sobre las cuestiones económicas o políticas, sino que la cuestión espiritual, de cómo somos, también había que tratarla. Y creo que en general ha sido (es) una terapia entre todos, de desprendernos de los lastres de esta sociedad caduca que nos quiere descontentos con nosotros mismos y mirarnos de otro modo, querernos más. Somos gordos, escuálidos, tullidos, peludos, bajitos, y lo somos juntos. Esa solidaridad, interseccionalidad y sororidad sólo la he visto entre nosotros, entre esos que no buscan nada personal en lo que hacen y se desviven porque la gente pueda ser feliz. Es entrega, el más alto grado de humanismo. Y es que, al final, comunismo es alegría. No podía imaginar cuando comencé todo lo que iba a suponer(me) esto. La Revolución ya no es sólo la realización de unos determinados ideales, es ir de la mano con todos mis amigos, y conociéndolos, va a llegar.

Lo que viene ahora es incierto, pero tengo por seguro que salgo de mi hogar, de esta escuela vital, siendo mejor persona. Me considero una privilegiada por haber vivido mi militancia y lo que hay más allá, que es muchísimo, más de lo que cualquiera pueda imaginar, con gente de tanta calidad. Y este es mi humilde regalo a las personas que me enseñaron a amar y a ser yo. De Sevilla a Barcelona, pero en el corazón un universo. Gracias. Me habéis cambiado la vida.

Más luz para estas crónicas artúricas.

Cuando se camina junto con compañeros amigos, no es el pavor, la noche o el frío lo que nos rodea trágicamente, sino el coraje resuelto, la luz que ilumina, la agradable temperatura de una esperanza colectiva. Álvaro Cunhal

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