Notas sobre la democracia en Dahl

A propósito del estudio de La democracia, de Robert A. Dahl, surgen una serie de consideraciones. En pocas palabras, Dahl intenta legitimar, desde su altar de politólogo reputado, la aplicación moderada de ciertas políticas keynesianas en el marco del capitalismo de mercado -hace especial énfasis en este complemento del nombre, como si acaso el capitalismo pudiese separarse en algún momento de la lógica del libre intercambio-, con objeto, dice, de salvaguardar ante todo la democracia. Es ya frecuente en el campo de las ciencias sociales asistir al espectáculo de una supuesta ciencia social objetiva, basada tan sólo en datos, enunciada por científicos sociales pretendidamente neutrales, que, armados con sus estadísticas y sus sistemas teóricos que no se esfuerzan por cuestionar nada del status quo, creen ser independientes, librepensadores. No hay nada más engañoso que esto.

El libro al completo rezuma social-liberalismo, reivindicando indirectamente la herencia del liberalismo político¹ como si no hubiese quedado suficientemente demostrado ya que la teoría política liberal es utilitarista en todo su espectro en un sentido amplio -y no sólo en la corriente de James Mill- y que, por tanto, considera la democracia no como un alto y digno ideal, que es lo que pudiera parecer cuando se lee a los clásicos y sus ampulosas constituciones, sino simplemente como un medio para que una clase propietaria consiga acceso al poder político y pueda mantenerse en él de forma estable. Crossman lo retrata así:

[…] Ninguno de estos filósofos era demócrata a la manera de Robespierre, de Paine o de Rousseau. Ninguno creía en la voz del pueblo ni en la voluntad general, ni en los derechos del hombre. Por el contrario, combatían esas ideas tan fieramente y con los mismos argumentos que el célebre David Hume, prototipo del conservatismo escéptico, y hubieran preferido indudablemente el gobierno del despotismo ilustrado, guiado por el consejo de la clase media, pero de esto no había posibilidad alguna en la Inglaterra de los años 1800. De alguna manera tuvieron que encontrar una palanca con la que desplazar a la oligarquía terrateniente. Ni el Rey ni la Cámara de los Comunes estaban capacitados para esa función y únicamente la extensión del voto electoral se les aparecía como el solo método concebible.²

Corriendo un tupido velo sobre esta cuestión, en el libro se repite una y otra vez el mantra de que la democracia evita que autócratas crueles y depravados lleguen al gobierno. Cabría analizar aquí la actuación de Vittorio Emanuelle III, Hindenburg o Alfonso XIII, ninguno de los cuales dudó en poner el sistema democrático entonces vigente al servicio de figuras dictatoriales. Dahl, famoso por generalizar el término poliarquía al considerar que la democracia ideal es algo utópico, no se da cuenta que, de facto, lo más utópico es el cuerpo teórico del liberalismo en sí mismo. E incluso, para más inri, mientras que el pensamiento liberal original se dirigía contra las sociedades precapitalistas, el pensamiento liberal que encarna Dahl y toda la corriente moderna dirige sus invectivas hacia la sociedad socialista (Hinkelammert).

Pero especialmente los capítulos XIV y XV son polémicos en tanto que mencionan de forma directa la cuestión del sistema económico. Aquí Dahl se pregunta por qué el capitalismo favorece o perjudica a la democracia, aunque en realidad, la segunda pregunta es más bien sólo testimonial. En primer lugar, sostiene que la democracia poliárquica sólo ha existido en países con economías capitalistas. Ya desde el principio nos topamos con una falacia fácilmente desmontable con tan sólo mirar hacia el mar Caribe. En Cuba no existe economía de libre mercado, sino que ésta es planificada, y sí es existe un sistema democrático, a pesar de que los medios de comunicación se empeñen difundir lo contrario³. Es más, y utilizando el término de Dahl, Cuba es precisamente una poliarquía porque no encarna el ideal perfecto de democracia, pero cumple todos los requisitos expuestos en el libro (participación efectiva, igualdad de voto, alcanzar una comprensión ilustrada, ejerctitar el control final sobre la agenda e inclusión de los adultos), cosa que muchas democracias consideradas formales no, como veremos más adelante. Podría argüirse algo similar de la experiencia de transición venezolana, por citar más ejemplos.

Continúa su argumentación sosteniendo que el capitalismo conduce al crecimiento económico, y que el crecimiento económico es favorable a la democracia. En este punto sólo es posible estar de acuerdo en la segunda parte, pues la democracia sólo se hace efectiva con la reducción de las desigualdades. Sin embargo, Dahl olvida hacer mención a la tendencia anárquica del capitalismo, causante de crisis cíclicas de sobreproducción que son incapaces de hacer frente al excedente creado, haciendo que ese crecimiento económico sea en vano. Destila además un eurocentrismo rancio al olvidar que ese supuesto crecimiento económico es recibido en occidente a costa del subdesarrollo y la extracción de riquezas de determinados países de África, Asia y Latinoamérica fundamentalmente. Ese crecimiento económico del que habla se produce, en todo caso, en unas condiciones temporales y territoriales delimitadas que, por supuesto, no favorecen a la democracia para el conjunto.

Otra cosa que, según Dahl, hay que agradecerle al capitalismo de mercado es la creación de un estrato intermedio de propietarios, las clases medias, que, dice, son los aliados naturales de las ideas e instituciones democráticas. Al margen del debate sobre la concepción de clase media y lo que implica, que necesita de un análisis más profundo, podría rebatirse acudiendo a los ejemplos históricos del fascismo. Precisamente donde más caló el discurso fascista fue entre la clase media o pequeña burguesía, por lo que ésta tienen de reaccionario en su relación con la propiedad. El temor a perder la posesión de sus medios ante la amenaza comunista le hizo caer en brazos del peor enemigo de la democracia. A pesar de que a veces pueda ser un aliado táctico puntual por su oposición a la tendencia monopolista del capital, por lo general es una clase reaccionaria.

Cierra el capítulo arremetiendo contra la planificación de la economía sin aportar ningún argumento de peso realmente, simplemente repitiendo línea tras línea que las economías de dirección central sólo han existido en países donde sus líderes eran fundamentalmente antidemocráticos, y mencionado a Lenin y a Stalin como si eso ya bastara para demostrar tal afirmación. Lamentablemente entre el público general, a fuerza de repetirlo tanto, eso ha quedado como una verdad incuestionable, pero sería positivo que Dahl, que tiene medios a su alcance, hiciera una investigación histórica rigurosa o leyese textos originales antes de ponerse a escribir. La fórmula mágica que explica tal aberración es, para Dahl, la siguiente: la planificación central pone los recursos de toda la economía a disposición de los titulares del poder del Estado, mientras que una economía descentralizada dota a los líderes políticos de poca capacidad de acceso a estos recursos. La pregunta clave aquí sería: ¿quiénes son los verdaderos y encubiertos titulares del poder del Estado en eso que llama economía descentralizada? Los casos de corrupción que asolan nuestros medios de comunicación día tras día dejan en evidencia que los líderes políticos son, en todo caso, gestores de las decisiones que toman otros, los grandes empresarios y banqueros, y lo cierto es que tanto políticos como capitalistas sí tienen acceso libre a los recursos de toda la economía. Esto implica, de hecho, que es una élite la que termina imponiendo sus decisiones, justo lo que Dahl achaca en cambio a las economías planificadas. También abundan datos sobre el elevado nivel de vida relativo de la población de países con economías planificadas, lo que evidencia que, aun con ciertos errores, los recursos se reparten de manera mucho más equitativa.

El siguiente capítulo, en el que supuestamente se exponen los motivos por los cuales el capitalismo daña a la democracia, es a partes iguales ingenuo y perverso. Ya desde el principio Dahl enuncia su apuesta por cierta intervención estatal en la economía para favorecer la democracia… y para ello cita como ejemplo… a los Estados Unidos (pág. 202). Sorprendente ejemplo es sólo comparable a lo que se dice de él, textualmente que los gobiernos (de los EEUU) intervienen en dicha economía de forma demasiado extensa. Dahl, que parecía neokeynesiano, nos revela aquí de forma inconsciente su cara más liberal con ese comentario quejoso. Y, aún así, parece increíble que alguien que vive en los Estados Unidos sea capaz de sostener semejante argumento, a no ser que su posición privilegiada le ciegue ante las tremendas desigualdades, el empleo sin apenas derechos o la no asistencia sanitaria causadas precisamente por la ínfima intervención del Estado.

La conclusión es, de todas formas, que los países democráticos cuentan con un capitalismo de mercado regulado, esto es, que sólo el capitalismo hace posible la democracia. Reconociendo que el sistema económico genera algunas desigualdades, Dahl sostiene que, por tanto, la democracia puede alcanzarse sólo hasta el nivel poliárquico. Es decir, nos encierra en un paradigma de conformismo y aceptación del estado de las cosas actual. Si la democracia sólo se ve garantizada con el sistema económico capitalista, y sólo hasta un nivel medio, entonces es innecesario plantearse un cambio en aquello que produce las desigualdades, y mucho menos la abolición de las desigualdades. Lo que en principio podrían parecer propuestas de carácter conciliador, o sea, una mínima regulación de la economía por parte del Estado, no es más que un intento desesperado de salvación, no de la democracia, como asegura Dahl, sino del sistema capitalista en su totalidad. Ahí reside la objetividad de Robert Dahl. Este es uno de los motivos de peso que explican el fracaso de la socialdemocracia o del social-liberalismo como infraestructura teórico-práctica.

Otro motivo que explica este fracaso es el espíritu que Dahl imprime al libro, esto es, la gran contradicción insalvable que encierra. Por una parte, intenta presentar el debate sobre la democracia desde una perspectiva objetiva, única, consensuada, correcta en definitiva, tomando la democracia como idea abstracta, aislada del mundo social y de las relaciones que éste contiene. Sin embargo, las ideas no son algo inmutable que flota en el imaginario colectivo, sino que son reflejo directo del mundo material, esto es, de las relaciones sociales, y las relaciones sociales se corresponden con unas fuerzas productivas determinadas. Donde Dahl ve una defensa de la democracia, sólo hay un ejercicio de protección del sistema económico dominante a través de pequeñas concesiones, que también se han demostrado inservibles y temporalmente limitadas (véase el derrumbamiento del Estado del Bienestar en nuestros días). En palabras de Marx,

La producción de ideas, de concepciones y de la consciencia queda en principio directamente e íntimamente ligada con la actividad material y relación material de los hombres; es el lenguaje de la vida real. Las representaciones, el pensamiento y la relación intelectual de los hombres aparecen como la emanación directa de su comportamiento material.

Y…

Las ideas de la clase dominante son, en cada época, las ideas dominantes; es decir, la clase que es la fuerza material dominante de la sociedad resulta, al mismo tiempo, la potencia espiritual dominante. La clase que controla los medios de producción material controla también los medios de producción intelectual.

Una vez que se ha expuesto cómo los postulados de Dahl son totalmente funcionales a los intereses de la clase dominante, se abre la veda a la tarea titánica de redefinir el concepción de la democracia para despojarla de toda la hipocresía que se ha denunciado, y para establecerla como práctica social y no sólo como fraseología. O sea, estudiar cómo estructurar la democracia en relación directa con la imposibilidad de apropiarse del trabajo ajeno, aunque eso corresponde a otro espacio.

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¹: «La democracia produce efectos deseables: evita la tiranía, derechos esenciales, libertad general, autodeterminación, autonomía moral, desarrollo humano, protección de intereses personales esenciales, igualdad política. Además, la democracia moderna produce: búsqueda de la paz y prosperidad.» La democracia, Robert A. Dahl. Pág. 54. Ariel, 2000.

²: Biografia del Estado Moderno, R. H. S. Crossman. Pág. 164. Fondo de Cultura Económica, 1941.

³: http://www.cubadebate.cu/noticias/2012/10/21/conozca-las-bases-del-sistema-electoral-cubano/#.VGPV1PSG_6J

: El 1% de los ciudadanos posee el 40% de la riqueza y el 21% de los menores vive bajo el umbral de la pobreza                                                     (http://internacional.elpais.com/internacional/2014/01/28/actualidad/1390932443_019703.html).

⁵: La ideología alemana, K. Marx. Págs. 25, 26 y 54. Edicions 62, 1846.

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