Sacre nom…

A pesar de la prohibición de acercarse a las líneas, los oficiales no podían liberarse de esos curiosos. Los soldados de las avanzadas, como quien observa algo original, ya no atendían a los franceses, sino que miraban a los grupos de curiosos y esperaban aburridos a que llegara la hora del relevo. El príncipe Andrei se detuvo para observar al enemigo.
—Mira, mira —dijo un soldado a otro, señalándole a un mosquetero ruso que con un oficial se acercaba a la línea y hablaba animadamente con un granadero francés—. ¡Qué manera de hablar! Ni el francés puede seguirlo. ¡A ver tú, Sídorov!
—Espera, espera, déjame escuchar. ¡Cómo habla! —declaró Sídorov, que tenía fama de hablar muy bien el francés.
El soldado a quien señalaban los otros eran Dólojov. Reconocióle el príncipe Andrei y prestó atención a lo que decía. Dólojov venía a las avanzadas con su capitán desde el flanco izquierdo, donde estaba su regimiento.
—¡Siga, siga! —le animaba su jefe, inclinándose y tratando de no dejar escapar una sola palabra, aun cuando todo fuera incomprensible para él—. ¡Más deprisa, por favor! ¿Qué dice?
Dólojov no contestó al capitán; hablaba apasionadamente con el granadero francés. Trataban, naturalmente, de la campaña. El francés confundía a los rusos con los austríacos y afirmaba que los rusos se habían rendido y huían desde Ulm. Dólojov aseguraba que los rusos nunca se habían rendido y que, por el contrario, batían a los franceses.
—Si nos ordenan que nos arrojemos ahí, lo haremos —decía Dólojov.
—Tened cuidado de que no os cojamos con todos vuestros cosacos—replicó el granadero francés.
Los espectadores franceses rieron.
On vous fera danser como bailasteis con Suvórov —dijo Dólojov.
Qu’est-ce-qu’il chante? —preguntó un francés.
De l’histoire ancienne —dijo otro, creyendo que se trataba de alguna guerra antigua—. L’Empereur vai lui faire voir à votre Souvara, comme aux autres…
—Bonaparte… —comentó Dólojov; pero el francés le interrumpió.
—¡No hay tal Bonaparte! ¡Es el emperador! Sacre nom… —gritó furioso.
—¡El diablo se lleve a vuestro emperador!
Y Dólojov añadió en ruso groseras injurias. Después, cogiendo su fusil, se alejó de allí.
—Vámonos, Iván Lúkich —dijo al capitán.
—Se explica bien en francés —dijeron algunos soldados—. A ver tú, Sídorov.
Sídorov hizo un guiño y volviéndose a los franceses empezó a lanzar rápidamente una sarta de incomprensibles palabras.
—Capí, malá, tafá, safí, muter, cascá… —dijo tratando de dar a su voz una entonación expresiva.
—¡Ja, ja, ja! —rieron los soldados con tan franca hilaridad, que la carcajada cruzó espontáneamente la línea hasta los mismos franceses, de tal manera que parecía que en aquel momento todos debieran descargar sus fusiles, volar las cargas y volverse cuanto antes a sus casas.
Pero los fusiles permanecieron cargados, las aspilleras de las casas y de las trincheras siguieron mirando amenazadoramente como antes y los cañones, dispuestos a disparar, continuaron apuntándose unos a otros.

León Tólstoi, Guerra y paz.

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