Sobre My Mad Fat Diary

Después de haber visto My Mad Fat Diary se me hace imposible no hacer una reflexión, aunque sea poco elaborada, pero no sé por dónde empezar —siento si hago spoiler, realmente lo importante es verla—. No sé cómo expresar todo lo que he llegado a sentir: me ha marcado, me ha hecho llorar, y cuando se llora, es que algo pasa. Lo que en principio puede parecer una simple serie sobre la vida de una adolescente británica acaba convirtiéndose en un alegato de los cuerpos no normativos por su derecho a estar representados en todas las esferas de la vida, también la pública. Porque la protagonista es gorda, sencillamente. Pero es que eso, a día de hoy, es gritar “estos cuerpos también existimos”. Es visibilizar lo opuesto al modelo hegemónico (a saber: delgadas, caucásicas, altas…), pero no de una manera superficial o condescendiente, sino con la dureza propia de quien es sometida a una vejación constante por ello. Es además una plataforma perfecta para analizar los dos modelos de feminidad que aparecen y cómo eso condiciona profundamente el desarrollo de nuestras relaciones íntimas, sobre todo con los hombres.

Rae es la protagonista. Es gorda y eso le conduce a despreciar su cuerpo y, por tanto, a sí misma. Se ve fea, siente que no puede atraer a nadie (a los chicos, huelga decir) y no puede comer delante de la gente porque su relación con la comida es fruto de la ansiedad. Además del plano personal, Rae tiene que hacer frente a los mandatos del heteropatriarcado, es decir, a gustar y a agradar a los hombres por encima de todo. Y si falla en eso, es una fracasada. Pero como lo personal es político, todo se vuelve un círculo vicioso. Su feminidad es puesta en duda porque sus intereses no se ciñen a los que socialmente deben tener las chicas de su edad, y porque su aspecto físico, lejos de ajustarse a los cánones de maquillaje y ropa rosa, es una muestra de personalidad propia que, paradójicamente, le impide encajar en ningún grupo. El colmo de esta negación de la feminidad impuesta es que amigos la consideran “como otro chico”. Para adaptarse, Rae intenta cambiar su aspecto y fingir otros intereses, aunque pronto desiste. Todo esto contribuye a conformar un autoconcepto profundamente negativo y una baja autoestima que se traduce en una inseguridad constante con respecto a su relación con los demás. Rae no entiende cómo, llegado el momento, puede gustarle a un chico y se ve incapaz de mostrar su cuerpo ante él y, por eso mismo y a pesar de estar enamorada, lo deja.
Por otra parte, es frecuentemente presionada para perder la virginidad, porque ya se sabe que, en nuestra sociedad, la sexualidad de las mujeres es un tabú, algo de lo que hay que desprenderse, pero en secreto, que es doloroso, que puede ser traumático, que hay que “quitárselo de encima”.

Chloe es la mejor amiga de Rae. Representa el modelo opuesto: es delgada, alta, guapísima y tiene éxito con los chicos. No tiene ningún conflicto aparente con su feminidad y está perfectamente integrada en el grupo de chicas populares. Sin embargo, también tiene un concepto de sí misma bastante denigrado, cree que es inútil y que sólo sirve para una cosa: gustar a los hombres. Por eso es sistemáticamente víctima del abuso sexual, que ella intenta cubrir con el velo de la libertad sexual pero que finalmente se revela como una autocosificación que es a todas luces negativa.

Después de analizarlo, la conclusión que extraigo es que son terroristas los que nos hacen odiar nuestros cuerpos, los que nos hacen sentir asco de nosotras mismas, los que nos impiden querernos. Pero es que, dentro de este sistema, es imposible quererse, nos quedamos por el camino intentando llegar a los cánones perversos que nos imponen, nos obligan a querer, a actuar y a sentir de una determinada manera y cuando nos salimos de ese cerco, nos caen palos, nos acosan, nos matan. Eso es violencia, una de las más brutales que sufrimos y de la que menos se habla. ¿Para qué lanzar bombas si puedes hacer que la gente se mate a sí misma cuando no se quiere?
Para mí, lo impactante ha sido verme como una Rae, completamente reflejada en actitudes que tenía sobre todo antes. Es como si fuera en algunos casos una película de mi vida, porque yo también he dejado a alguien al no entender que pudiera gustarle, porque también han puesto en duda mi feminidad en multitud de ocasiones, porque también he comido ansiosamente, porque también he llegado a no gustarme. Ha sido un poco terapéutico: al verme ahí también he visto la crueldad que suponía y he dado un paso más en la escalera de quererme. Poco a poco, gracias al feminismo, me he ido alejando de esa mierda, aunque queda mucho camino. Tenemos que alejarnos de esa abyección que nos destruye por dentro, que nos mata. No hay nada peor en este mundo que el odiarse a uno mismo, todo se vuelve sufrimiento, todo pierde sentido. Es un combate: o nuestra autoestima, o sus cánones, no hay más. Me da asco que el heteropatriarcado nos haga sufrir tanto, que lo pasemos tan mal por el hecho de ser mujeres u hombres no cis. Menos mal que nos queda la sororidad, que es un querernos sincero y pequeñito pero que al cabo salva vidas.

Ellos son los enemigos de la vida, miserables que no se merecen ninguna de nuestras lágrimas. Tenemos que coger la belleza y hacerla nuestra, tenemos que coger el mundo y hacerlo nuestro, para nosotras las gordas, para las bajitas, para las discapacitadas, para las altas, para las negras, para las asexuales, para todas. He sentido asco, pena y rabia, pero ahora nos toca combatir para cambiar esto, en la escuela, en la casa, en la cama. No hay resignación. Os enterraremos.

No somos perfectas, no tenemos por qué, pero es que, si hubiera que serlo, por supuesto que lo somos. Nos quiero.

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