1968 no podían ser revoluciones

Así, las revueltas estudiantiles resultaron eficaces fuera de proporción, en especial donde, como en Francia en 1968 y en el «otoño caliente» de Italia en 1969, desencadenaron enormes oleadas de huelgas de los trabajadores que paralizaron temporalmente la economía de países enteros. Y, sin embargo, no eran auténticas revoluciones, ni era probable que acabaran siéndolo. Para los trabajadores, allí donde tomaron parte en ellas, fueron sólo una oportunidad para descubrir el poder de negociación industrial que habían acumulado, sin darse cuenta de ello, en los veinte años anteriores. No eran revolucionarios. Los estudiantes del primer mundo rara vez se interesaban en cosas tales como derrocar gobiernos y tomar el poder, aunque, de hecho, los franceses estuvieron a punto de derrocar al general De Gaulle en mayo de 1968 y acortaron su mandato (se retiró al año siguiente), y aunque la protesta antibélica de los estudiantes estadounidenses hizo retirarse al presidente L. B. Johnson en el mismo año. (Los estudiantes del tercer mundo estaban más cerca de la realidad del poder. Los del segundo mundo sabían que estaban muy lejos de él. ) La rebelión de los estudiantes occidentales fue más una revolución cultural, un rechazo de todo aquello que en la sociedad representaban los valores de la «clase media» de sus padres.

El motivo por el que 1968 (y su prolongación en 1969 y 1970) no fue la revolución, y nunca pareció que pudiera serlo, fue que los estudiantes, por numerosos y movilizables que fueran, no podían hacerla solos. Su eficacia política descansaba sobre su capacidad de actuación como señales y detonadores de grupos mucho mayores pero más difíciles de inflamar. Desde los años sesenta los estudiantes han conseguido a veces actuar así: precipitaron una enorme ola de huelgas de obreros en Francia y en Italia en 1968, pero, después de veinte años de mejoras sin paralelo para los asalariados en economías de pleno empleo, la revolución era lo último en que pensaban las masas proletarias.

Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX

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