Un regalo demasiado funesto

Pero, ¡oh, hijos míos!, desde estos bancos, único sitio desde el que puedo haceros llegar mi voz ya que, contraviniendo la ley, se me ha privado hasta de la posibilidad de veros, tengo sólo un amargo lamento que comunicaros: que, pese a que he anhelado tanto contribuir a dejaros en herencia la libertad, fuente de todo bien, sólo preveo un  futuro de esclavitud, y que os dejo presas de todos los males. No tengo absolutamente nada que legaros. Ni siquiera querría legaros mis virtudes cívicas, mi profundo odio a la tiranía, mi ardiente entrega a la causa de la igualdad y de la libertad, mi apasionado amor por el pueblo. Os haría un regalo demasiado funesto. ¿Qué haríais con esas virtudes bajo la opresión monárquica que finalmente va a establecerse? Os dejo esclavos, y éste es el único pensamiento que desgarrará mi alma en sus últimos momentos. Debería, en esta situación, aconsejaros sobre la manera de sobrellevar más pacientemente vuestras cadenas, pero no me creo capaz de ello.

Babeuf, frente al tribunal que lo condena.

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