Salvarnos de nosotras mismas

Es imposible considerar al Manifiesto SCUM como un texto serio. Recientemente lo leí y, quizás porque esperaba otra cosa, no me gustó, aunque hay que aplaudir hasta la extenuación el estilo mordaz, directo e irónico de Valerie Solanas, que inevitablemente nos saca una sonrisa. Bajo la retórica brutal del libro se esconde la premisa fundamental de que la masculinidad es una enfermedad que resulta ser la responsable de la subyugación histórica de la mujer en todas sus formas. En eso estamos de acuerdo. Lo que no me gustó, sin embargo, es precisamente eso, una exposición incompleta de la cuestión: creo que es posible ir desarrollando modelos de masculinidad alternativos que, poco a poco, junto con la visibilización de que efectivamente existen otros géneros –muchos–, difuminen la frontera de ese binarismo; y por el hecho de no considerar que la feminidad también es una enfermedad. ¿De qué serviría eliminar a todos los hombres –con su masculinidad hegemónica enferma y emocionalmente mutilada–, como propone Solanas, si, por ejemplo, al día siguiente, en una fiesta, muchas mujeres, ahora sin opresión patriarcal palpable, continuarían criticando o riéndose de las que no se han puesto tacones?

Lo dramático de nuestra existencia como otreidad absoluta de lo humano, en palabras de Simone de Beauvoir, es que tenemos que luchar y protegernos doblemente: salvarnos de ellos y de nosotras mismas. Ya se sabe que la primera y más audaz victoria del enemigo se da en la medida en que éste consigue internarse en la cabeza del oprimido. Precisamente por eso, porque el patriarcado se ha afanado muy bien en normalizar su dominio y en enfrentarnos entre nosotras –bendita sororidad–, una eliminación física del sujeto identificado como enemigo sería, a todas luces, insuficiente. Y porque precisamente como el feminismo no es la versión en negativo del machismo, sino una visión integradora, humana y evidentemente superior, dejar sin resolver esa calamidad emocional que supone la masculinidad hegemónica sería en parte una irresponsabilidad.

Pero este asunto del abandono del modelo hegemónico de masculinidad entraña un problema –miles, en realidad–, y es que para que los hombres dejen de sentir como hombres y empiecen a sentir como personas, deben antes desprenderse de los privilegios que les otorga el patriarcado. Y, claro, qué quieres que te diga, prefiero seguir cobrando el doble a una mujer antes que poder gestionar mis emociones de manera inteligente, sin miedo y sin máscaras. Por eso el combate del feminismo es tan complicado y, a la vez, tan apasionante, porque, al ser una doctrina radical, tiene que llegar obligadamente a la base material sobre la que se erige la superestructura simbólica e ideológica de la dominación masculina. Por eso, a su vez, el feminismo burgués o institucional tiene las patas tan cortas, porque obvia la raíz material de la opresión, como si este sistema acaso pudiera sostenerse sin el trabajo reproductivo, de cuidados e invisibilizado de las mujeres. Y por eso, en última instancia, la Vaga de Totes ha acuñado el lema de les dones movem el món, ara l’aturarem.

*Publicado en el nº1 de Womartist ()

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