La montañita

Si alzo la mirada, veo una montañita de luces tras la ventana. Está lejos, y tan tintineante sobre el fondo oscuro que parece sacada de un sueño, de una pesadilla. No sé dónde está, no me he preocupado en llegar hasta ella, simplemente sé que existe y eso es suficiente. Si levanto la cabeza, la veo, quieta y temblorosa; pero no la levanto, estoy escribiendo. Tengo la imagen en mi cabeza: la he visto tantas noches que ya es parte de mí y me recorre llegando hasta la punta de cada vello. Realmente no sé si es una montañita, desde luego lo parece, pero podría ser cualquier otra cosa. Podría ser la ciudad haciendo una curva que se empina, como los niños cuando quieren tocar el cielo. No me importa. Ella es libre de ser lo que quiera, mientras siga ahí arropando a mis ojos de entre toda la negritud. Yo no le impongo nada, somos fieles la una a la otra, aunque de formas distintas. Ella cumple con su palabra y permanece eternamente en su sitio, con sus lucecitas revoltosas que parpadean aunque se hayan acabado todas las horas del reloj. Yo también soy fiel a mi montañita –me permito la licencia de usar el posesivo, como mero recurso retórico– porque siempre estoy pensándola. Me ausento muchos días, muchas horas, es cierto. Ella podría pensar desconsolada que la he abandonado, que ya no la recuerdo, que la he cambiado por cualquier charquito callejero. Pero a través de los kilómetros la tengo en mí, y continuamente deseo nuestro reencuentro. Es ese momento tan inexistente para el resto del mundo cuando tengo la certeza absoluta de que somos. No tenemos que dar explicaciones a nadie. Mi montañita y yo. Yo y mi montañita, y la vida y la historia pasando por delante.
La montañita me enseña muchas cosas. Con su cuerpo inmóvil he aprendido lo Relativo. Lo Relativo como Idea que a la vez pone en duda las Ideas. Es tan pedagógica. Gracias a ella he visto claramente que, aunque yo la perciba minúscula, es en realidad enorme. Incluso podría darme miedo tenerla cerca y apreciarla en toda su inmensidad de montañita. Prefiero que nos veamos así, falsamente, en la distancia, pero pegadas por dentro. También me acompaña. Después de tantos años siendo montañita, es consciente de lo difícil que es lidiar con la soledad, y se solidariza conmigo. Toma mi mano en su seno de montañita y me dice que al final todo pasa y todo queda –es muy aficionada a la poesía–. Qué modesta es siempre que voy a agradecerle lo que hace. Finge que no ha pasado nada. Yo, en compensación, intento hacerle llegar una sonrisa, aunque me temo que sus tenaces destellos la están dejando ciega.
Es la amiga más rara que tengo.

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