Notas breves sobre las leyes en Durkheim

La tesis principal que expone Durkheim en La división del trabajo es, en primer lugar, que las sociedades se cohesionan gracias a la solidaridad social -un sistema de vínculos que enlazan al individuo con la sociedad en general-, que esta solidaridad puede diferenciarse en dos tipos -mecánica y orgánica- según la etapa de desarrollo de esa sociedad concreta y que, en última instancia, ese desarrollo se constata prestando atención al grado de división social del trabajo que impere. Este enfoque aporta conceptos y herramientas útiles, como la noción de conciencia común (el mecanismo que mantiene unido a un grupo), la perspectiva que adquieren las preguntas sociológicas desde las que se plantea este posicionamiento (¿Por qué los individuos, a pesar de que se vuelven autónomos, dependen más de la sociedad moderna? ¿Cómo pueden ser más individuales y, a la vez, estar más cohesionados?) o la identificación del derecho como expresión formal de la organización social. Hay que aclarar que este punto deviene de un debate anterior sobre las características de las sociedades antigua e industrial respectivamente, para el cual no hay espacio aquí. Sin embargo, creo que erra al simplificar demasiado el análisis de ambas solidaridades vinculándolas sobre todo con la religión y, por supuesto, que también simplifica el abordaje de la división social del trabajo al relacionar su evolución con la expansión territorial de los grupos sociales en lugar de con la aparición de la propiedad privada y los cambios en el modo de producción.

Para explicar por qué unas sociedades poseen solidaridad mecánica y otras solidaridad orgánica, Durkheim acude al estudio de las leyes al considerar que existe una relación directa entre ambas cuestiones. Expone que a las sociedades menos desarrolladas les corresponde la solidaridad mecánica, basada sobre todo en la identidad colectiva y en los ritos religiosos, y que, a su vez, este tipo de solidaridad se traduce en el establecimiento de una ley penal cuya máxima es imponer el daño (o sea, castigos punitivos, incluida la pena de muerte). Estas sanciones represivas tienen como objetivo dar ejemplo al resto para preservar el orden social existente. Las sociedad industrial, en contraposición, abandona el modelo anterior y posee una solidaridad orgánica y una división del trabajo muy avanzada que se traduce en una ley contractual, con la que se pretende restablecer el daño causado a través de sanciones restitutivas.

Estando de acuerdo con la función que se le atribuye a cada tipo de ley, no obstante es necesario apuntar que, actualmente, en una sociedad que Durkheim entendería como moderna, están vigentes ambos tipos de sanciones. Por una parte, la ley penal continúa proporcionando ejemplos de castigo a quienes amenazan el orden social. Un ejemplo evidente lo tendríamos en el trato que recibe el terrorismo, los presos políticos o la represión que sufren los movimientos sociales combativos. Por otra parte, tenemos una ley contractual que, como se le impone a Shylock en El mercader de Venecia, simplemente se encarga de restablecer o devolver lo perdido porque se entiende que estos culpables no amenazan realmente dicho orden social. Aquí podrían citarse las multas en general y, en particular, por corrupción, que son casi siempre pagadas sin mayor escándalo. Pero no sólo la sociedad moderna presenta estas características, sino que ya en la Edad Media se habían establecido simultáneamente estos dos tipos de sanciones (encontramos a la Inquisición quemando a las brujas y a los caballeros retándose en duelo o pagando compensaciones). Para Durkheim, sin embargo, aún ésa era una etapa de solidaridad mecánica. Quedaría demostrado, entonces, que el criterio de diferenciar las leyes no es del todo correcto para distinguir las distintas etapas de la división del trabajo.

En otro orden de cosas, habría que mencionar que la ley no la pone en marcha la sociedad al completo, como da a entender Durkheim, como si fuera ésta un ente homogéneo y con vida propia, sino que la instaura la clase dominante que quiere preservarse en el poder. La sociedad, en todo caso, podrá someterse e incluso aprobar a través de una conciencia colectiva, para usar sus términos, favorable a esta clase, la ley imperante, pero en ningún caso la crea, porque en la sociedad hay grupos y no todos tienen el mismo acceso a los recursos materiales y simbólicos. Esta carencia de análisis viene arrastrada desde antes por la concepción antimaterialista que pretende obviar la influencia decisiva que tiene el factor económico (el modo de producción y las fuerzas productivas) y de posesión de propiedad (las clases) en la modelación de las sociedades.

Habrá que tomar esta clasificación como un tipo ideal al estilo weberiano, útil para ayudar a ordenar lo que sucede y para clarificar la estrecha relación que mantienen el Derecho y la organización social, pero en absoluto como una imagen fiel.

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