La hermosísima ciudad

Ciudad árabe, W. Kandinsky, 1905.

Decía Bertolt Brecht que, en tiempos de desorden, de confusión organizada, de humanidad deshumanizada, nada debe parecer imposible de cambiar. Precisamente ahora estamos viviendo en ese binarismo casi kafkiano: es obvio que lo decrépito está derrumbándose y que hay algo nuevo peleando por nacer. La cuestión es: ¿estamos ejerciendo verdaderamente como partera –con el permiso de Sócrates– de esa novedad histórica? ¿Cómo hacemos para que lo que tiene que parecer posible de cambiar devenga, de facto, en un cambio real del estado de las cosas? En ese limbo de incomprensión del tiempo histórico, donde Gramsci nos alertaría de los monstruos que pueden surgir inesperadamente y donde Robespierre nos instaría, sin dilación alguna, a impedir que lo ya caduco vuelva a levantarse, estamos situados.

Más allá de ciertas minimalistas hojas de ruta, no sabemos cómo proceder políticamente para gestionar esta crisis orgánica de una manera estratégica, es decir, con amplia visión de futuro. Pudiera ser que este rompecabezas político sea más arduo aún si cabe debido a la ausencia de referentes culturales que funcionen como faros en noches de tormenta. Somos Ulises enfrentándose a un oscuro laberinto sin la ayuda de Ariadna. Nos falta el hilo conductor, también en el plano cultural e intelectual, que nos aproxime al final de este túnel. Sostener, no obstante, que el panorama cultural está denostado en general y prácticamente desaparecido en su compromiso con la realidad de nuestro tiempo no implica infravalorar esa parcela de cultura que efectivamente se produce, aunque sea, lamentablemente, a una escala modesta. Pero sí reconocer que los poderosos han ansiado siempre dominar la esfera cultural y de producción simbólica de valores porque puede regular o polarizar los conflictos y que, entonces, si no la reconquistamos nosotras de forma integral, estaremos perpetuando nuestra posición subalterna.

 En unas décadas realmente turbulentas del pasado siglo, la literatura latinoamericana contemporánea ejerció una función de contraste. Frente a las guerras, frías o calientes, y a las tensiones de clase y de división internacional del trabajo que se daban a lo largo y ancho de todo el planeta, la literatura latinoamericana nos presenta una cara absolutamente desconocida hasta entonces de América Latina, donde la calma y el sosiego adquieren un papel protagónico –junto a la crítica social, pero de otra manera–. Presentan al continente vejado y silenciado como la ficción colectiva que efectivamente es, con la desazón, la humedad, la locura, el amor, el placer…, de todas las identidades que lo conforman. En las páginas de Borges o de García Márquez no hay grandes tragedias vitales, sino vidas en lucha contra lo cotidiano de la existencia; hay miserables, pero no al estilo grandilocuente de Víctor Hugo. Es una literatura humilde y sincera, fantásitica sin abandonar la fidelidad a lo real. Sin embargo, y ante todo, la conciencia de ser potenciales sujetos que contribuyen al cambio estaba más presente que nunca.

Quien se abre absolutamente, en ese ejercicio de sinceridad inherente, hacia los lectores es Julio Cortázar en las clases de literatura que impartió en Berkeley en 1980, con las que posteriormente se editó un libro en el que el autor hace un repaso de su obra, de sus vivencias y motivaciones como escritor y del compromiso de su literatura con el mundo de entonces, al que le dedica estas palabras:

 Nada podemos hacer directamente contra lo que nos separa de millones de lectores potenciales; no somos alfabetizadores ni asistentes sociales, no tenemos tierras para distribuir a los desposeídos ni medicinas para curar a los enfermos; pero en cambio nos está dado atacar de otra manera esa coalición de intereses foráneos y sus homólogos internos que genera y perpetúa el status quo (…). Lo digo una vez más para terminar: no estoy hablando tan sólo del combate que todo intelectual puede librar en el terreno político, hablo de la conciencia del que escribe y del que lee, hablo de ese enlace a veces indefinible pero siempre inequívoco que se da entre una literatura que no escamotea la realidad de su contorno y aquellos que se reconocen en ella más allá de sí mismos en el plano de la conciencia, de la visión histórica, de la política, de la estética. Sólo cuando un escritor es capaz de operar ese enlace, que es su verdadero compromiso y yo diría su razón de ser en nuestros días, sólo entonces su trabajo puramente intelectual tendrá también sentido (…). Y por eso creo que aquellos que optan por los puros juegos intelectuales en plena catástrofe y evaden así ese enlace y esa participación en lo que diariamente está llamando a sus puertas, ésos son escritores latinoamericanos pero podrían serlo belgas o dinamarqueses; están entre nosotros por un azar genético pero no por una elección profunda. Entre nosotros y en estos años lo que cuenta no es ser un escritor latinoamericano sino ser, por sobre todo, un latinoamericano escritor. 1

Aquí Cortázar hace una síntesis magistral de lo que supone comprometerse intelectualmente y culturalmente con los acontecimientos de su tiempo. Se trata de un compromiso alejado de lo propagandístico y de la mera agitación panfletaria; es un compromiso franco y leal, pero con personalidad propia.

 En un cuento de Historias de cronopios y de famas, los famas, los cronopios y las esperanzas, esos personajes tan peculiares que, si no fuese porque el escritor argentino advirtió que eran producto de su imaginación, podría parecer que retratan las diferentes actitudes que podemos tomar ante la vida, van de viaje. Cada uno lo afronta de una forma diferente, pero los más especiales son los cronopios que, al caer la noche, se cogen de las manos y repiten cantando “La hermosa ciudad, la hermosísima ciudad”. Incluso en un relato corto y prendado de fantasía, podemos inferir que los cronopios son seres agradecidos que se comprometen con el lugar en donde están.

Hoy, cuando el modelo urbano sobre el que se asentaba todo ha saltado por los aires y cuando el debate municipalista está más sobre la mesa que nunca, pensar en los espacios donde queremos vivir no es ninguna utopía. La privatización de la ciudad y la desposesión de los espacios colectivos a la que hemos sido sometidos son fenómenos alarmantes que hacen a las ciudades egoístas, grises e individualizadas. Esta despersonalización, fruto de las políticas especulativas y de tercialización del sistema productivo, fabrica ciudades centradas en agradar al turista rico europeo o norteamericano y en sacar el máximo beneficio gentrificando los barrios, mientras la clase trabajadora y los inmigrantes son expulsados. Y es que, como ya apuntase Henri Lefebvre en su obra La reproducción del espacio, la valoración y la construcción misma de los espacios es siempre algo político, o sea, una lucha de poderes, incluso en lo cotidiano. Los espacios nos definen y reflejan de nosotras una realidad social con base en la familia, la clase o el género y, en tanto que producciones sociales, son campos de batalla de consensos, conflictos y disputas de valores. Concebir las sociedades abstraídas del espacio es imposible: una sociedad nueva tiene derecho y debe producir su espacio.

El reto que se presenta es combatir esa deshumanización antes mencionada imaginando conjuntamente la hermosísima ciudad de los cronopios, donde tengan cabida las personas que la habitan en tanto que personas y no sólo como sujetos útiles o productivos. La hermosísima ciudad es amiga de la infancia, y presta sus calles, sus parques y sus plazas para que esa infancia juegue y vaya a la escuela sin peligro. La hermosísima ciudad es amiga de las y los ancianos, atiende sus necesidades y los comprende, hace que sea fácil pasear y contemplar. La hermosísima ciudad es amiga de la diversidad funcional, es accesible, cómoda y adaptada todas las necesidades. La hermosísima ciudad es amiga de la naturaleza, es transporte público de calidad, es nadie sin vivienda y ninguna vivienda vacía pudriéndose al sol.

 Uno de los aspectos que hay que poner en valor del 15M es sin duda la labor de recuperación del espacio público a través de su ocupación popular, un reclamo de volver a habitar lo que, en definitiva, es nuestro aunque nos quieran hacer ver que, como todo lo demás, se trata de un producto. La ciudad, como la sanidad o la educación, no es una mercancía. Ocupemos, reivindiquemos, reconstruyamos. No seamos como las esperanzas que “se dejan viajar por las cosas y los hombres, y son como las estatuas que hay que ir a verlas porque ellas ni se molestan”. 2

 1 Cortázar, Julio. Clases de literatura. Berkeley, 1980. Madrid: Alfaguara, 2013. Págs. 304-305.

2 Cortázar, Julio. Historias de cronopios y de famas. Madrid: Alfaguara, 2014.

*Publicado el 1 de abril de 2015 en Dispara (http://disparamag.com/inicio/inicio-22/195-la-hermosisima-ciudad).

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