El uso de la Literatura en el Estudio de la Filosofía: La Náusea

  1. Introducción

Estudiar La Náusea como obra es un proceso complejo que requiere partir de un análisis que incorpore las dos perspectivas desde las que puede abordarse su contenido: la literaria, por una parte, y la filosófica, por otra. Esta bifrontalidad a la que nos referimos, en lugar de presentar como irreconciliables dos realidades epistemológicamente diferentes, consigue, por el contrario, articular una unidad entre dos disciplinas históricamente en disputa intelectual. Filosofía y literatura intentan responder a través de sus técnicas las preguntas elementales que se hace el ser humano, pero, como explicaremos más adelante, es su relación con el lenguaje y por tanto también su forma de entender el mundo lo que las hace diferir sustancialmente. En cualquier caso, es común a todas las ciencias culturales ‒como gustaba de llamarlas Weber para significar  que es necesario hacer uso de todas, ya sean denominadas humanas o sociales, para llegar a un saber integral– interesarse por las problemáticas tanto cotidianas como trascendentales de lo que en términos heideggerianos y posteriormente sartreanos se conoce como realidad humana y de su conjunción colectiva con el resto de individuos, esto es, del plano social.

De manera que cabría preguntarse, entonces, qué interés podría suscitar hoy la realización de un análisis pormenorizado y humanístico de una obra filosófico-literaria como el que aquí se propone, más allá del mero placer individual por el conocimiento. La respuesta a este cuestionamiento no es de ningún modo unívoca, pero, a nuestro parecer, estaría orientada hacia el establecimiento de unos criterios de interrelación entre la cultura ‒en tanto que producción humana– y su influencia en el mundo social y, por consiguiente, también de la manera en que las estructuras sociales vigentes en cada etapa histórica conforman unos aparatos ideológicos y culturales funcionales a sus aspiraciones como sociedad. Aunque lo abordaremos más profundamente en las próximas páginas, es preciso señalar ahora que justamente La Náusea constituye un ejemplo paradigmático de obra que, a pesar de su aparente abstracción, está absolutamente inmersa en el tiempo histórico y social en que fue escrita; y que, en consecuencia, como se acaba de mencionar, refleja un estado anímico y mental colectivo fruto de unas condiciones políticas y económicas concretas que pueden ayudarnos a entender mejor la situación en la que actualmente nos encontramos.

Sin embargo, cualquier investigación que aspire a tratar la cultura desde una perspectiva crítica y completa debe ser especialmente cuidadosa con el tratamiento dado a la obra elegida, evitando presentarla aisladamente de sus contextos. En este sentido, pensar La Náusea es pensar, automáticamente, en la década de los años treinta. La particularidad de haber pasado por varias fases antes de ser publicada definitivamente en 1938  ‒una primera redacción en 1931 y dos reestructuraciones en 1934 y 1936 respectivamente‒ permiten inferir que esa sucesión de años ha podido dejar, de alguna manera, su huella particular en la obra. No es menos reseñable, además, que parte de esas reestructuraciones tuvieran lugar durante la estancia de Sartre en la Maison Académique Française de Berlin (1933-1934), es decir, coincidiendo justamente con el ascenso del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán y con la consolidación de Adolf Hitler como líder indiscutible.

No es casualidad que sea de consenso dentro del campo de estudio de la historiografía presentar la década de los años treinta como un torbellino de inestabilidad política, económica y social. En el ámbito político y social, gran parte de lo sucedido se remite al recuerdo de la guerra más brutal hasta entonces en términos de pérdidas humanas, la Gran Guerra (1914-1918). En concreto es el pueblo alemán el que resulta más conmocionado, al ser culpado su Estado Mayor de ser el responsable directo del estallido de la guerra. Las cuantiosas indemnizaciones económicas que se le imponen a Alemania (Tratado de Versalles, 1919), junto al obligado desarme y a las concesiones territoriales propiciaron las condiciones para el nacimiento de una crisis económica y para el fortalecimiento del nacionalismo conservador, lo cual tendrá consecuencias devastadoras en la década siguiente en relación a la aparición del fascismo y el nazismo. En el caso de Francia, la década de los años 30 supuso la introducción de reformas sociales por parte del Frente Popular (SFIO, Partido Radical, PCF…) liderado por León Blum, entre ellas un aumento de sueldo, la reducción de la jornada laboral a 40 horas semanales y vacaciones pagadas.  En el plano cultural, en concreto el París de los años 30 destaca por ser punta de lanza de la cultura europea, donde se han dado cita todas las vanguardias artísticas, exiliados políticos y también el arte comprometido y solidario, como por ejemplo con la Segunda República Española.

Por otra parte, intentar comprender el sentido interno de una obra sin atender a la realidad personal de su autor resulta una empresa estéril e incluso defectuosa. Pero especialmente en el caso de Sartre se nos hace completamente ininteligible La Náusea –en tanto que portavoz en forma literaria de unos determinados postulados filosóficos– si no repasamos el recorrido vital y académico que termina por desembocar en la adopción del existencialismo como corriente filosófica preferente. Sería artificioso, y tampoco corresponde aquí, situar el debate en si el pensador posee o no una particular genialidad innata. Son los orígenes burgueses de Jean Paul Sartre (París, 1905) los que, al fin y al cabo, le abren un abanico muy amplio de posibilidades de realización social, intelectual y académica, habiéndole permitido estudiar en el prestigioso Lycée Henri IV y en la elitista École Normale Supérieure, junto a toda la intelectualidad parisina de la época (Simone Weil, Claude Levi-Strauss, Raymond Aron, Jean Hypolite, Simone de Beauvoir…). No obstante, sí es cierto que siempre mostró unas enormes cualidades de lectura y estudio, siendo un alumno brillante. «Yo era mil Sócrates», decía Sartre de sí mismo. Era en los prolíficos cafés del Barrio Latino donde tenían lugar las grandes discusiones políticas y filosóficas, y donde Sartre conoció a Simone de Beauvoir, quien se convertiría su compañera sentimental e intelectual hasta el final de su vida.

Es durante su estancia en Berlín cuando Sartre descubre la fenomenología de Husserl y se pone a estudiar afanosamente a Heiddeger, fascinado por los presupuestos existencialistas. Sin embargo, la postura expuesta en El existencialismo es un humanismo delimita las diferencias con el existencialismo de origen cristiano de Karl Jaspers, situándose en un existencialismo radicalmente ateo.

  1. La obra

La Náusea fue la primera obra literaria de Sartre, resultado de todo su proceso de formación y descubrimiento de Husserl y Heidegger durante su periodo de juventud, entre los veintiséis y los treinta y tres años. Sartre quería llamarla Melancolía, en referencia a un grabado del pintor Alberto Durero, pero finalmente la editorial Gallimard se impuso con el título definitivo.

Varias voces biográficas coinciden en situar a Simone de Beauvoir como la persona que instó a Sartre a condensar sus planteamientos filosóficos en una obra literaria independiente, por lo que muchos analistas han inferido que el protagonista sería un alter ego del propio Sartre, y que la acción situada en Bouville se corresponde con el periodo que pasó dando clases en el pequeño pueblo costero de La Havre.

 

2.1. Análisis formal

Precisamente una de las cuestiones más polémicas que entraña la relación entre la filosofía y la literatura se refiere al tratamiento del lenguaje. Si bien es cierto que ambas disciplinas se sirven de herramientas distintas, sería posible preguntarse qué es lo característico de la expresión literaria –esto es, de sus características formales– y si ello tiene alguna influencia en el modo de expresión de las ideas filosóficas que constituyen el núcleo del escrito.

Se trata de una novela, esto es, de una obra literaria de cierta extensión que narra sucesos de ficción ocurridos a unos personajes en un tiempo y espacio determinados. Se suele incluir a La Náusea dentro del subgénero de la novela filosófica porque gran parte de su acción se centra en la discusión de problemáticas históricamente vinculadas con la filosofía, como la identidad del ser humano, su función en el mundo o el progreso. Pero más allá de esa estimación, y acudiendo a un análisis del plano formal, habría que considerarla como una novela epistolar en su variante de entradas de un diario personal. Para hacer totalmente verosímil la obra que presenta, Sartre se sirve de la técnica de la nota inicial donde los supuestos editores de ese escrito –también personajes de ficción– advierten de alguna posible controversia sobre lo que viene a continuación. No se trata de una innovación, pues muchos escritores que lo antecedieron ya usaron ese método (sirva como ejemplo el caso de Las desventuras del joven Werther, de Goethe, cuya estructura es bastante similar excepto porque en lugar de un diario se presenta una compilación de cartas).

El protagonista escribe en su diario desde enero de 1932 de manera regular narrando sus vivencias cotidianas minuciosamente, en muchas ocasiones hasta varias veces en un mismo día. Los hechos acontecen sobre todo en Bouville y ocasionalmente durante dos días en París con motivo de su visita a Anny. En cuanto al discurso narrativo, Roquentin es el narrador protagonista, es decir, trata la historia en primera persona. Por lo general, Sartre emplea el fluir de conciencia para presentar los pensamientos del personaje de forma casi instantánea, tal como surge de su conciencia. Otras veces, sin embargo, Antoine Roquentin simplemente escribe para dar testimonio de algún suceso acaecido, y emplea tanto el estilo directo como el indirecto para reproducir las palabras de otros personajes. Por lo general, las frases se suceden breves y cortadas. La velocidad narrativa es desigual y se adecúa al estado anímico del protagonista, para dotar de un ritmo cambiante al texto: en los momentos de máxima angustia, la acción se ralentiza y cualquier detalle puede ser descrito cuidadosamente. En los momentos de motivación o felicidad es, por el contrario, breve y directo. Por último, el lenguaje empleado, en ningún caso coloquial, está plagado de metáforas, personificaciones, comparaciones y preguntas retóricas fundamentalmente [(…) sentíamos que elaboraba en su cabeza pensamientos de cangrejo o langosta (pág. 25); (…) Veo el Porvenir. Está allí, posado en la calle, apenas más pálido que el presente. ¿Qué necesidad tiene de realizarse? (pág. 58); (…) en el centro, taladrando la bruma con sus luces, reconocí el café Malby (pág. 119)].

2.2. Pasajes destacados

Roquentin siente una tendencia absoluta por dar testimonio de lo auténtico: lo busca y lo anhela. Desde la primera página, que no está fechada, deja constancia de su obsesión por no dejar escapar los matices, los hechos menudos, aunque parezcan fruslerías, y sobre todo clasificarlos (pág. 13). Su historia, que es la historia de un fracaso, lo constituye como el antihéroe de sí mismo. El trayecto que emprende sin salir de Bouville es el de la frustración de un ideal: el de la existencia. Podría decirse que el desencadenante de todo ello es la extraña sensación que acecha, que no es ni una certeza ordinaria ni una evidencia, sino como una enfermedad (pág. 17), que aparece al principio discretamente y que se consolida en Náusea para no abandonarlo ya jamás (pág. 40). No es posible describir con fidelidad los síntomas de la Náusea, porque se manifiesta de formas tan diversas como las situaciones que la provocan, pero sin duda hay un patrón indiscutiblemente común: en cualquiera de sus casos, la Náusea produce hastío, caricaturización e incomprensión del mundo externo. Antoine Roquentin, que se ha afincado en Bouville para reconstruir la biografía de un personaje histórico llamado Marqués de Rollebon, verá frustradas todas sus expectativas cuando un día, frente al espejo, advierte que no entiende ni su rostro ni nada de lo que lo rodea:

En la pared hay un agujero blanco, el espejo. Es una trampa. Sé que voy a dejarme atrapar. Ya está. La cosa gris acaba de atraparme en el espejo. Me acerco y la miro; ya no puedo irme. Es el reflejo de mi rostro. Los de los otros tienen un sentido. El mío, no. Ni siquiera puedo decidir si es lindo o feo. Pienso que es feo, porque me lo han dicho. Pero no me sorprende. En el fondo, a mí mismo me choca que puedan atribuirle cualidades de ese tipo, como si llamaran lindo o feo a un montón de tierra o a un bloque de piedra (pág. 36).

El espejo es anécdota y, a su vez, desencadenante de una crisis que se irá gestando a lo largo de todo el texto. La vida de Roquentin ha resultado ser una huida constante hacia ninguna parte: todos sus viajes han sido en el fondo infructuosos, la búsqueda no llega a su fin y, ahora, en Bouville, cada vez que pretende avanzar en su libro, aparece la Náusea. La consecuencia, además de la pérdida de sentido del cometido de la vida, es el creciente odio a Rollebon, que termina por aburrirle (págs. 31, 32, 36…). Podría pensarse, de todas formas, que eso estaba condenado a suceder debido que ambas son personalidades terriblemente opuestas. Enfrentarse a un Rollebon mujeriego, aventurero y atractivo implica para Roquentin quedar expuesto frente a ese espejo como alguien feo, introvertido, hastiado de sí mismo (pág. 33) y solitario –Yo vivo solo, completamente solo. Nunca hablo con nadie; no recibo nada, no doy nada (pág. 21)–, siempre vagando por los cafés de la ciudad. Su estudio estaba funcionando, entonces, como pretexto para no confrontar con su propia soledad insalvable –El señor de Rollebon era mi socio: él me necesitaba para ser y yo lo necesitaba para no sentir mi ser (pág. 160)–, pero una vez que ni siquiera su soledad, en tanto que parte de su vivencia inexplicable, tiene razón de ser, la elaboración del libro se convierte también en un estorbo.

La peculiaridad que presenta la Náusea, además, es que también produce una crisis cuando se esfuma. Este binarismo se aprecia perfectamente en la escena del fonógrafo sonando –El último acorde se ha aniquilado. El el breve silencio que sigue siento fuertemente que ya está, que algo ha sucedido. Silencio. (…) Lo que acaba de suceder es que la Náusea ha desaparecido (pág. 45)–. Quien padece la Náusea es plenamente consciente de cuándo comienza y cuándo termina, y de lo que sucede en su interior mientras tanto. Es la sensación de impotencia que ocasiona lo que acrecienta ese extrañamiento de la realidad.

Desde la aparición de la Náusea, Roquentin no hace otra cosa que refugiarse en el pasado. Acude a los tiempos pretéritos, donde la máquina de la existencia funcionaba como se espera de ella, en un ejercicio de defensa frente al confuso presente. Adopta una actitud romántica con la que reconstruye ese pasado de acuerdo no a sus recuerdos, sino a las expectativas que esos recuerdos le despiertan ahora: no es feliz, pero está completamente seguro de que sí lo fue en aquel entonces. Su estado anímico lo conduce, en todas y cada una de sus expresiones, a la desvalorización del momento que está viviendo:

Hace dos años era maravilloso: me bastaba cerrar los ojos y enseguida me zumbaba la cabeza como una colmena. Veía rostros, árboles, casas, una japonesa de Kamaishi desnuda lavándose en un tonel, un ruso muerto junto a un charco de sangre brotada de una ancha herida abierta. Recuperaba el gusto al cuscús, el olor a aceite que llena al mediodía las calles de Burgos, el olor a hinojo que flota en las de Tetuán, los silbidos de los pastores griegos; me sentía conmovido. Hace mucho tiempo que se ha gastado esa alegría. ¿Renacerá hoy? (Pág. 59).

Estas recurrentes reflexiones tienen para Roquentin un efecto devastador: no sólo lo hacen consciente de la intrascendencia de su vida actual y ahondan en su desapego por todo lo que está a su alrededor, sino que también contribuyen a desmitificar ese pasado que un momento antes parecía idílico –No he tenido aventuras. Me sucedieron historias, acontecimientos, incidentes, todo lo que se quiera. Pero no aventuras. (…)  Acabo de saber de pronto, sin razón aparente, que me he mentido durante diez años. (págs. 67-68)–. La incesante lucha interior que sostiene es la escenificación de la contradicción permanente que es su existencia ahora que se sabe manejado por su Náusea.

Al apartarse del curso ordinario de los acontecimientos, Antoine Roquentin se hace aristócrata en un doble sentido. Por una parte, lo es desde un punto de vista económico y social: nunca ha tenido necesidad de trabajar y ha podido dedicarse a su realización personal. Por otra parte, la Náusea y la existencia a la que se encara consiguen elevarlo sobre la muchedumbre, convirtiéndolo en una suerte de flâneur al estilo baudelaireano (p. ej. págs. 75-80). Roquentin se autoasigna el papel de observador externo, describe el aspecto y la conducta del resto de mortales y, al hacerlo, está horadando una zanja que separa su vida, más especial, de la del resto.

Sin embargo, los momentos de crisis a veces tienen su contrapartida. Persisten situaciones de euforia en las que Roquentin, siendo absolutamente consciente de su especial ubicación en el mundo con respecto a sí mismo, se reconoce disfrutando. Atrás queda, por un momento, la aflicción causada por la Náusea y sus consecuencias.

Nada ha cambiado y sin embargo todo existe de otra manera. No puedo describirlo; es como la Náusea y sin embargo es precisamente lo contrario: al fin me sucede una aventura, y cuando me interrogo veo que me sucede que soy yo y que estoy aquí; soy yo quien hiende la noche, me siento feliz como un héroe de novela.

(…)

Todo se ha detenido; mi vida se ha detenido: este gran vidrio, este aire pesado, azul como agua, esta planta carnosa y blanda en el fondo del agua y yo mismo formamos un todo inmóvil y pleno: soy feliz. (págs. 93-96)

Un molesto acompañante de Roquentin es el Autodidacto. Roquentin lo detesta porque su máxima aspiración consiste en leer todos los libros de la biblioteca y anotar en una libreta las frases que se deben decir en alguna ocasión en la vida. La conversación que mantendrán sobre el humanismo será el desencadenante último de la revelación de Roquentin. Al reivindicarse claramente humanista, el Autodidacto entra en conflicto con Roquentin: al primero los hombres lo han ayudado a sobrevivir en momentos difíciles, pero para el último ni siquiera los hombres son el motivo de la propia existencia. Las máscaras de las aspiraciones vitales han caído y, paradójicamente, Roquentin simplemente percibe hipocresía en su interlocutor. Consigue dibujarse, una vez más, como un incomprendido: parece que todos, sorprendentemente, comprenden, aunque ingenuamente, la orientación de la existencia humana, a excepción de él.

–Mis amigos son todos los hombres. (…) Los veo, si me atreviera les sonreiría, pienso que soy socialista, que todos ellos son el objeto de mi vida, de mis esfuerzos (…).

(…)

–Considero –digo al Autodidacto– que no es posible odiar a los hombres, del mismo modo que no es posible amarlos.

(…)

–Ya ve que no los ama. Tal vez no pudiera reconocerlos por la calle. Para usted sólo son símbolos. No lo enternecen nada; a usted le enternece la Juventud del Hombre, el Amor del Hombre y la Mujer, la Voz Humana.

(…)

–En el fondo usted los ama, señor, los ama como yo; nos separan las palabras. (Págs. 181-196)

Otro hilo argumental que se desarrolla paralelamente es el de su aparentemente tóxica relación con una antigua pareja, Anny. Aunque el lector no se topa con ella hasta bien comenzada la historia, las referencias a Anny son continuas. Revelan el carácter un tanto sumiso de Roquentin, su baja autoestima y los tintes autoritarios del amor de su vida. Cuando se encuentran, se produce un diálogo construido en base a reproches del pasado. Los momentos perfectos que tanto se afanó en perseguir Anny han funcionado para el resto menos para ella. Ambos han sentido lo mismo en circunstancias diferentes: la imposibilidad de sentir pasiones, de obrar sintiéndose cómodos con el papel vital que les toca representar.

–Pero lo que nunca supiste es que estaba sentada sobre unas ortigas. (…) El beso que iba a darte era de una importancia mucho mayor, era un compromiso, un pacto. Entonces, ¿comprendes?, el dolor resultaba impertinente, no me era permitido pensar en mis muslos en un momento como aquél. No bastaba con ocultar el padecimiento; era necesario no padecerlo. (…) Durante más de veinte minutos (…), llegué a anestesiarme por completo. Dios sabe, sin embargo, que tengo la piel sensible: no sentí nada hasta que nos levantamos. (Pág. 238)

La concordancia que se produce entre Anny y Roquentin, quizás la única en toda su relación, es la reafirmación definitiva de lo que acarrea la Náusea: la continua dificultad que entraña salir de las vivencias del pasado es en realidad la única defensa accesible contra la futilidad de un presente que no puede ni podrá ser nunca algo más. “No se puede ser un hombre de acción”, en palabras de Anny.

La revelación posterior a la conversación con el Autodidacto y la identificación en forma de confesión mutua con Anny son las circunstancias definitivas que animan a Roquentin a abandonar Bouville ante la angustiosa sensación que le despierta la carencia de objetivos (que él, plenamente existencialista, denomina como libertad). Su pasado, ya muerto, como Rollebon; las esperanzas, asesinadas por la brutalidad dialéctica de Anny; la posibilidad de empezar de cero, absolutamente borrosa –Esta libertad se parece un poco a la muerte (Pág. 248)–. No queda nada que hacer en el pueblo, así como tampoco en París ni en ninguna otra parte a la que pretenda dirigirse, pero el acto de marcharse supone un ajuste de cuentas con su libro y una reconciliación con sus expectativas y con la realidad humana que le ha acompañado durante todo el trayecto de desentrañamiento de la Náusea. Sencillamente, Roquentin no puede quedarse allí. Esta reconciliación queda patente cuando se establece el último momento dramático de la obra. Roquentin por primera vez siente compasión por el Autodidacto, que ha sido pillado en un acto de pederastia, e intenta ayudarlo indirectamente, dejando atrás el odio anterior, que puede interpretarse como una forma de despedida.

2.3. Relación con la filosofía

La Náusea no es literatura convencional, no es la simple narración de unos acontecimientos, no es pintar con palabras y no es, por supuesto, metaliteratura. Que sea la primera obra literaria de Sartre tampoco es casual, más bien al contrario: se constituye en plataforma para expresar el previamente madurado pensamiento filosófico de su autor. La náusea es literatura de la existencia. Por tanto, la tarea que se nos presenta aquí es la de averiguar qué problemas filosóficos se dan cita en dicha obra y dónde tienen su expresión en la obra propiamente filosófica del autor, que en este caso nos ha llevado a analizar El ser y la nada (1943) y El existencialismo es un humanismo (1945), sin las que no se podría comprender el sentido más profundo de la actuación de Roquentin. A partir de La Náusea Sartre se consagra como escritor y continúa publicando obras en las que aborda la existencia humana y sus contradicciones desde la literatura –Los caminos de la libertad, El muro, A puerta cerrada, Muertos sin sepultura…–.

Para Sartre, la morfología básica que permite comprender el mundo contiene dos conceptos clave: esencia y existencia. A partir de ellas es posible construir el sistema de clasificación de las cosas y, sobre todo, de los seres humanos. Lo que sucede, afirmaba la filosofía cristiana, es que Dios piensa el ser humano (su esencia) y posteriormente lo crea, le da existencia. Con la famosa afirmación “La existencia precede a la esencia”, que es el pilar fundamental del existencialismo, Sartre zanjaba el histórico debate sobre la supuesta identificación plena entre esencia y existencia en Dios. Al negar la existencia de Dios desde un ateísmo radical, el ser humano queda situado como sujeto exclusivo y preferente en el mundo, esto es, primero existe y luego, al adquirir conciencia sobre sí mismo, se crea una esencia –El hombre empieza por existir, se encuentra, surge en el mundo y después se define–. Eso es precisamente lo que abruma a Roquentin: el ser humano, que es ser-para-sí, no tiene ninguna misión que cumplir en el mundo, es el no ser, simplemente existe y es absolutamente contingente. El para-sí es la nada, pura conciencia, de manera que el ser humano es tan sólo un proyecto. El único fin de la existencia de un ser humano es hacerse a sí mismo. En la crisis de Roquentin que le impide continuar con su libro subyace el haber adquirido conciencia de la inutilidad de emprender cualquier iniciativa personal. En tanto que seres contingentes, tan sólo podemos estar ahí –Es que pienso que estamos todos aquí, comiendo y bebiendo para conservar nuestra preciosa existencia, y no hay nada, nada, ninguna razón para existir (pág. 181)–. Nada tiene sentido o, más exactamente, todo tiene un sólo sentido: existir. Por eso, pocos días antes de llegar al punto de éxtasis donde se podría decir que la existencia se le aparece casi como una verdad revelada, Roquentin tan sólo anota en su diario, brevemente: Nada. He existido (pág. 167).

Lo esencial es la contingencia. Quiero decir que, por definición, la existencia no es la necesidad. Existir es estar ahí, simplemente; los existentes aparecen, se dejan encontrar, pero nunca es posible deducirlos. Creo que hay quienes han comprendido esto. Sólo que han intentado superar esta contingencia inventando un ser necesario y causa de sí. Pero ningún ser necesario puede explicar la existencia: la contingencia no es una máscara, una apariencia que puede disiparse; es lo absoluto, en consecuencia, la gratuidad perfecta. Todo es gratuito: ese jardín, esta ciudad, yo mismo. Cuando uno llega a comprenderlo, se le revuelve el estómago y todo empieza a flotar (…); eso es la Náusea (pág. 210).

Antoine Roquentin por fin ha comprendido: la Náusea aparece cuando reconocemos el carácter absurdo de la existencia  –es la clave de mis Existencias, la clave de mis Náuseas, de mi propia vida (pág. 207)–. El ser humano existe sin justificación alguna; por consiguiente, la vida es un absurdo. El absurdo sartreano suscita sin lugar a dudas reminiscencias del absurdo kafkiano o del teatro de Beckett, aunque con sutiles diferencias. Mientras que nos es imposible entender de qué acusan a Josef K. en El proceso o por qué dos vagabundos esperan a un desconocido al borde de un camino en Esperando a Godot, el motivo que desencadena el absurdo en La Náusea es manifiesto: la apatía de la propia existencia.

Admitir que la esencia no está preestablecida es aceptar que ésta se configura a partir de la existencia y depende directamente de ella, lo cual nos conduce irremisiblemente a considerar que no existe una naturaleza humana determinada y que, de hecho, no puede existir, porque si Dios no existe, entonces es falso que el ser humano haya sido creado en base a un arquetipo o patrón. Para Sartre, el ser humano no-es en un sentido pleno: tiene por delante todas las posibilidades. En El existencialismo es un humanismo sostiene (págs. 17-18):

El existencialismo ateo que yo presento es más coherente. Declara que, si Dios no existe, hay por lo menos un ser en el que la existencia precede a la esencia, un ser que existe antes de poder ser definido por ningún concepto, y que este ser es el hombre o, como dice Heidegger, la realidad humana. (…) El hombre, tal como lo concibe el existencialista, si no es definible, es porque empieza por no ser nada. Sólo será después, y será tal como se haya hecho.

Pero sin naturaleza humana, sólo queda una categoría antropológica posible: la libertad. Condenados a ser libres, no podemos elegir entre ser libres o no, somos intrínsecamente libres. Esto supone adquirir una responsabilidad para con el resto de la humanidad. Otro sentimiento que se desprende automáticamente de la libertad es la angustia, que afecta a Roquentin en infinidad de ocasiones. La angustia no es miedo porque no se dirige a un objeto concreto, sino que es miedo de uno mismo y de sus decisiones. La angustia es el sentimiento que sobreviene con la conciencia de la libertad: Desearía tanto abandonarme, olvidarme, dormir. Pero no puedo, me sofoco: la existencia me penetra por todas partes, por lo ojos, por la nariz, por la boca… (pág. 203).

  1. Conclusión

Concluir La Náusea puede que sea la tarea más indeseable como lectores. Varias sensaciones se entrecruzan para dejar paso por fin a un desasosiego indescriptible. El final, que podría considerarse abierto, efectivamente no termina de cerrar ninguno de los interrogantes que plantea la historia a pesar de que el protagonista ha podido calmar la angustia-náusea que le oprimía al conocer por fin su causa, la misma que impide que ésta fenezca definitivamente: la existencia humana no tiene sentido más allá de ella misma. El final de la obra no es el final de la historia en términos literarios, pero es la culminación de las expectativas filosóficas, una liberación entendida como proceso que, por tanto, debe conducir a un desenlace que ha de ser ante todo personal, íntimo y estrechamente vinculado al protagonista. Si Sartre quería hacer de la novela un vehículo de declamación del existencialismo, la pretensión con respecto a la historia tenía que ser sin lugar a dudas emancipatoria en un doble sentido: para con los lectores, ofreciendo un final que tiene por objeto la marcha de Bouville, y para con Roquentin, con el que tiene que saldar la deuda de haber dado vida a sus juicios, permitiéndole hallar al menos una explicación, aunque sea insatisfactoria, a su aprensión. Una interpretación libre de esto último podría sugerir que se trata de una dialéctica que no culmina en síntesis alguna: la respuesta al estado de ánimo y a las motivaciones del personaje, esto es, a su existencia concreta, es que la existencia no es una meta. Se confrontan dos caras de un mismo aspecto pero no se ofrece una superación. No hay ninguna alternativa al desafío existencialista porque el existencialismo es en sí mismo un desafío. Para quien se hace consciente, supone valentía, dejar atrás concepciones viejas sobre la naturaleza de las cosas y abrirse a una nueva perspectiva del mundo donde todo queda por hacer.

Lo que nos manifiesta continuamente esta obra, también con su final abierto, es que la temática no se trata de un estado acabado y definitivo cristalizado en un antes y un después desde los ojos del protagonista. Antes bien, el dibujo ofrecido consiste en el dinamismo de describir todo un proceso de cambio, interno y externo, cuyo hilo conductor es esa sensación al principio extraña y desconocida que es la Náusea. El final nos ofrece los pasajes más clarividentes al respecto:

Y yo también quise ser. Fue lo único que quise; ésta es la clave del asunto. Veo claro en el aparente desorden de mi vida: en el fondo de todas esas tentativas que parecían sin relación, encuentro el mismo deseo: arrojar fuera de mí la existencia, vaciar los instantes de su grasa, torcerlos, desecarlos, purificarme, endurecerme (…) (Pág. 277).

Coexisten, obviamente, elementos que nos permiten identificar sin género de duda un Roquentin inicial y un Roquentin transformado, pero todo el peso dramático y filosófico se concentra en el proceso de evolución como tal. La técnica del diario como forma narrativa permite que el lector se sienta incluso partícipe de los cambios del protagonista, exteriorizados a través de las reflexiones escritas. Emerge como tema propio a partir de la colonización del resto de temas la cuestión de la identidad. Necesariamente las inmensas dudas que corroen al protagonista acerca del cometido de la existencia desembocan en un continuo interrogante sobre la propia identidad. La reflexión pertinente puede girar en torno a la medida en que existencialismo e identidad son dos caras de una misma moneda, que termina remitiendo irremisiblemente a la relación del ser con el mundo. Pero si algo nos ha enseñado la experiencia vital de Jean-Paul Sartre es que esa relación del ser puede constituirse en compromiso con las causas emancipatorias del tiempo que toca vivir. El mensaje siempre fue claro: que no haya equívocos, aunque en principio el existencialismo pueda parecer una corriente filosófica apegada al escepticismo, la realidad nos sitúa en la disyuntiva entre conformarse con las azucenas o, acudiendo a la metáfora lorquiana, meterse en el fango hasta la cintura para ayudar a los que buscan las azucenas. Si la realidad humana es, desde el punto de vista existencialista, totalmente maleable por no estar en absoluto determinada, la capacidad de implicarse en proyectos de todo tipo no sólo queda abierta, sino que es incluso un imperativo, que podría condensarse en la famosa frase que se le atribuye: “No perdamos nada de nuestro tiempo; quizá los hubo más bellos, pero éste es el nuestro”. Desde la atalaya de la intelectualidad, Sartre nos demostró cómo se concretaba el compromiso militante. Como no podía ser de otra manera, encontró en el marxismo las herramientas necesarias para su crítica de la realidad. En Crítica de la razón dialéctica consigue integrar a su corpus filosófico el materialismo dialéctico, asumiendo también no pocas contradicciones.

Desde Les Temps Modernes hasta Liberátion; la trayectoria vital y política del escritor puede repasarse a través de dos publicaciones clave para el panorama cultural francés de la época. Su crítica incesante, que le llevó a distanciarse primero de Albert Camus en su abrazo al comunismo y después del PCF temporalmente por su postura respecto a la intervención soviética en Hungría, pasando por su rechazo del Premio Nobel para no «dejarse recuperar por el sistema», fue la ejemplificación perfecta de un existencialismo de compromiso y militancia. Este “marxismo humanista”, como muchos han calificado, es inseparable de la valoración de La Náusea como obra literaria. En un tiempo de identidades líquidas, donde los enunciados posmodernos copan gran parte del saber académico, y en un contexto de aumento de la desigualdad social a escala planetaria, es posible afirmar que el existencialismo sartreano constituye una filosofía que, desde la reflexión, invita al combate. Los valores post-materiales predominantes en las sociedades occidentales tienden a sepultar bajo la duna de la realización y la libertad personal la importancia de la satisfacción de las necesidades materiales de la población, algo que Sartre siempre tuvo presente. Eso no implica olvidar bajo cualquier circunstancia el plano íntimo y de diatribas recónditas que tanta atención recibe en esta obra. A Antoine Roquentin hay que agradecerle que haya quedado para los anales de la historia y de la literatura como el protagonista de una narrativa imposible de aislar porque puede estar sucediendo en el interior de miles de personas.

  1. Bibliografía

Goldthorpe, Rhiannon (1984). Sartre: Literature and Theory. Cambridge: Cambridge University Press.

Pollman, Leo (1973). Sartre y Camus. Literatura de la existencia. Madrid: Gredos.

Sartre, Jean Paul (1946). El existencialismo es un humanismo. Madrid: Alianza.

Sartre, Jean Paul (1988). El ser y la nada. Madrid: Alianza.

Sartre, Jean Paul (1982). La náusea. Madrid: Alianza.

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