Un siglo de renuncias

Como vivimos en un siglo de renuncias
había decidido no esperar nada de la vida.
Y se esparcía por la ciudad
contando sin contar los segundos,
andando sin andar los caminos,
amando sin amar a los amantes.
Como vivimos en un siglo de renuncias
había terminado todos sus sueños
sin haberlos cumplido siquiera
sin haberlos acariciado aunque fuera desde lejos,
sin haberlos echado de menos.
Y no le importaba. Porque vivimos
en un siglo de renuncias.

Pero entonces pasó como una ráfaga:
fugaz y dolorosa en un instante.
Pasó como cuando pasan las ráfagas
que te dejan colgando entre dos mundos.
Ráfagas verdaderas,
inclementes,
que obstruyeron a su paso
el limbo en el que había convertido su existencia.

Incapaz de volver a ordenar(se), entendió:
la vida es lo que se espera de la vida.

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