La aversión al andaluz

A la televisión autonómica andaluza puede hacérsele innumerables críticas. No destaca por sus programas de calidad, su neutralidad informativa queda en entredicho mediante titulares tendenciosos y un sobredimensionado espacio publicitario para el PSOE de Andalucía y su variedad temática queda por lo general reducida a tres ejes: toros, romerías y copla. La atención que presta Canal Sur al panorama cultural –al que no comulga con la inexpugnable tradición, que, aunque no lo parezca, también es abundante– resulta insignificante. Como servicio público, convenimos en que el canal es nefasto. Funciona, no obstante, como un complemento perfecto a esas políticas del atraso, la subalternidad y la dependencia que se llevan aplicando desde hace más de treinta años en la comunidad más poblada del Estado Español. Los medios de comunicación son agentes de socialización que difunden determinadas ideas y valores, que en este caso se corresponden con el refuerzo más absoluto al tópico. Si bien es cierto que, salvo un par de excepciones, las televisiones autonómicas no son grandes adalides del talento de las telecomunicaciones, la situación de Canal Sur roza el absurdo: la participación desmesurada de casi todos los espacios de este canal en los programas de zapping del resto de lugares, que lo han hecho vergonzosamente internacional, se debe a que lo que se toma como hazmerreír forma parte de la programación seria. Y, por si fuera poco, en 2012 nos enterábamos de que, ahogada por las deudas, la RTVA decidía clausurar como espacio de producción propia Canal Sur 2, el segundo canal nacido en 1998 que aportaba un aire menos folclórico a la televisión andaluza.

Hay, no obstante, ciertas cosas que es positivo rescatar. La gente de mi generación recordará con cierta dulzura el espacio infantil de la tarde que se abría con La Banda y que incluía diversas series de dibujos animados. Producía especial furor una de las pocas producciones andaluzas –la única de dibujos animados– que se emitían en el canal, Bandolero. Bandolero se presta además a un análisis más profundo de lo que refleja sobre Andalucía. La escena se dispone así: el protagonista es un joven bandolero que, montado en su caballo, combate la injusticia con ayuda de sus secuaces. Este Robin Hood andaluz no es sólo producto de la aventura y de la ficción, sino que es en cierto modo hijo de la historia que podríamos situar alrededor del siglo XIX. La injusticia que se pretende exterminar no es otra que la villanía del propietario de la tierra que, comprando la lealtad del alcalde y del oficial, somete y explota a los jornaleros. Se daban cita, por supuesto, la corrupción y el pucherazo frente a las condiciones lamentables del campesinado, que era también motivo de burla por parte de los ricos. Bandolero y sus amigos desenmascaraban los fraudes de los poseedores de la tierra y ayudaban a los que nada tenían. Como quienes recuerdan con nostalgia las lecciones de La Bola de Cristal, las niñas y los niños recibían en este caso una dosis de lucha de clases andalusí: el caciquismo como expresión política del latifundio, y el latifundio como explicación de las condiciones materiales y particularidades culturales de la clase trabajadora. Sin embargo, habiendo comentado esta cuestión en distintos ámbitos, parece que lo que realmente enganchaba y fascinaba inconscientemente era algo de autorreconocimiento e identificación: los personajes hablaban en andaluz. Este acontecimiento, sin duda bastante inusual en los medios andaluces aunque parezca sorprendente, suscitaba simpatía: por fin alguien que hace el bien y que no limpia casas ajenas o muestra signos de incultura (imposible no recordar a la Juani de Médico de familia, por poner un ejemplo) habla como yo hablo en mi vida cotidiana, con mi familia y mis amigos. Y es que se trata de la única serie cuyo doblaje es íntegramente en andaluz, a excepción, curiosamente, del alcalde y el oficial, que en tanto que representantes del poder podrían representar también la lejanía e imposición del acento castellano.

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Más allá de lo que pueda representar este hecho, deja entrever la aversión al andaluz que se promueve institucionalmente. No es sólo que la televisión autonómica apenas tenga contenidos en el dialecto vehicular de toda la comunidad, es también que en las lecciones de escuela se enseñe que, o bien se trata de una desviación del castellano (con toda la connotación negativa que la palabra lleva implícita) o que se trata, simplemente, un castellano mal hablado y que es recomendable no utilizarlo públicamente. La entidad pública que debería defender un rasgo cultural único no hace más que bailarle el agua, mediante la omisión y la impostación del acento, a los ataques y ridiculizaciones constantes que recibimos desde otros puntos del Estado. Tras tantos años de sufrimiento de esta política, obviamente este espíritu trasciende a otras esferas. Las pasadas elecciones locales del 24 de mayo son un buen ejemplo de ello: prácticamente ningún spot electoral de los que consulté –ni siquiera los del Partido Andalucista– mostraba a sus candidatos hablando andaluz. Pasaría desapercibido de no ser porque incluso en cualquier pueblo de la provincia de Cádiz donde claramente predomina el ceceo, se pronunciaban las eses de manera absolutamente artificial. ¿De dónde nace esta vergüenza que conduce a reproducir falsamente una manera de hablar que no es compartida por los votantes? ¿Por qué erigirse como representante del pueblo cuando públicamente no se quiere hablar –no digamos ya vivir– como lo hace el pueblo? Debido a elementos que no cabe analizar aquí, está grabada en la psique colectiva la idea de que hablar andaluz es hablar mal y no hablar perfectamente bien otra cosa que se distingue del castellano.

La represión al andaluz, al igual que a otras lenguas del Estado, no es un suceso contemporáneo. Aunque desde el siglo XIII se constata un castellano notablemente diferente al de otras regiones y desde el siglo XV se encuentran textos escritos con características del andaluz, la coacción para no hablarlo y mucho menos escribirlo tiene lugar como una misión correctora de lo que no está bien respecto a la lengua imperial extendida durante la Reconquista. Es por eso que se produce el 23 de noviembre de 1925 la “Cruzada del bien hablar” en Sevilla y otros puntos de Andalucía y posteriormente, en el 36, el bando fascista fusila en Carmona al padre de la patria andaluza, Blas Infante, quien con más afán promovió un movimiento regionalista andaluz. Las y los filólogos sostienen distintas posturas, y algunos, como los miembros de la Sociedad para el estudio del Andaluz (ZEA), se reúnen periódicamente para intentar normalizar, estudiar y debatir sobre este asunto. Las posturas más innovadoras sostendrían que el andaluz es una lengua criolla aljamiada-mozárabe-castellana, con un gran sustrato de léxico castellano pero que presenta múltiples rasgos propios de influencia árabe. Pero la particularidad de la existencia de distintas variantes del andaluz según la zona, de ahí la denominación más correcta como hablas andaluzas, dificulta su normalización. Por ello podría ser una lengua pidgin, una lengua ante todo social que nace para satisfacer necesidades inminentes de comunicación entre individuos, como el spanglish. Aún así, éste no es el espacio para este debate.

La aversión al andaluz de quien prohíbe pitar el himno o de quien se siente molesto cuando alguien, al ser preguntado en euskera, responde en euskera, tiene sentido y responde a la mentalidad imperialista del nacionalismo español. Lo tristemente sorprendente es que se reproduzcan esas mismas lógicas entre las y los andaluces. A la vergüenza que nos han hecho sentir por cómo hablamos, deberíamos oponerle el potencial liberador de esta frase de Blas Infante: “Yo no he ganado todavía el premio que más me estimularía: el poder vivir en andaluz, percibir en andaluz, ser en andaluz, escribir en andaluz”.

*Publicado el 11 de junio de 2015 en Dispara (http://disparamag.com/inicio/inicio-22/319-la-aversion-al-andaluz)

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