Medios de comunicación y política

Introducción

Hasta nuestros días se ha confiado en los periódicos como portavoces de la opinión pública. Pero muy recientemente algunos nos hemos convencido, y de un modo súbito, que no gradual, de que no son en absoluto tales. Son, por su misma naturaleza, los juguetes de unos pocos hombres ricos. El capitalista y el editor son los nuevos tiranos que se han apoderado del mundo. Ya no hace falta que nadie se oponga a la censura de la prensa. No necesitamos una censura para la prensa. La prensa misma es la censura. Los periódicos comenzaron a existir para decir la verdad y hoy existen para impedir que la verdad se diga.

K. Chesterton, 1917.

Hace mucho tiempo que los medios de comunicación dejaron de ser meros transmisores de información y pasaron a desempeñar un papel central en la toma de decisiones políticas y en la modelación de sus consecuencias. Por ello, un análisis riguroso de su naturaleza debe partir de la consideración de que no son sujetos neutrales ante lo que sucede en la sociedad. Si consideramos que la política presenta ante todo las arenas del conflicto en sus diferentes formas, veremos a los medios claramente posicionados en las disputas ideológicas. A lo largo del presente trabajo intentaremos vincular desde la perspectiva más profunda la esencia del enfrentamiento político con el procedimiento de la comunicación de masas que es, esencialmente, lo que representan los medios de comunicación en el mundo contemporáneo. Esta vinculación se dispondrá igualmente a abarcar dos ejes que se retroalimentan: por una parte, la inefable intromisión y fiscalización de la actividad puramente política que llevan a cabo los grandes medios de comunicación y, por otro, la apropiación por parte de la política institucional de mecanismos de marketing y publicidad, tradicionalmente relacionados con el mundo de la comunicación, con el objetivo de proyectar imágenes que le llegarán a la ciudadanía a través de dichos medios. Queda patente, por tanto, que consideraremos a partir de ahora a la comunicación, encarnada en los medios de comunicación, y a la política, encarnada en la actuación de los partidos políticos y otros actores, como dos elementos inseparables que constituyen el prisma de la actuación política en competencia por el poder.

Una de las funciones de capital importancia de los medios de comunicación es que contribuye a la identificación de las cuestiones políticas a través de su difusión y, por tanto, influye en la elaboración de propuestas y en el posterior grado de aceptación social. Es extremadamente complicado, como se sigue de haber admitido la imposibilidad de la neutralidad, no trasladar una cierta valoración del suceso que se narra sea cual sea el contexto. Sin embargo, sí que observamos cómo en la mayoría de los medios de comunicación lo que predomina es, además, una intención explícita por seleccionar el contenido de acuerdo a ciertos parámetros y por ofrecerlo ya tratado mediante filtros éticos, morales y, por supuesto, políticos. Corresponderá a este espacio desentrañar en la medida de lo posible por qué sucede de tal manera.

Es evidente en cualquier caso que la forma en que interactuaban los medios de comunicación ha variado notablemente a lo largo de la historia. Originalmente, la aparición de la prensa de masas, que coincide temporalmente con la consolidación del Estado liberal, es sinónimo de facilidad de publicación para cualquier grupo político y a la constante tensión entre libertad de prensa y diferentes grados de censura según lo conservador que fuera el gobierno. Era usual que el gobierno intentara sobornar y presionar a los periodistas para que apoyasen la política gubernamental. Pero, con la generalización de los medios electrónicos de comunicación, entra cada vez más en juego la publicidad como fórmula para poder hacer sostenible al medio. De este modo, la actividad de los medios va quedando reducida a intentar mantener a los anunciantes (empresas privadas de toda índole, incluidos bancos) para poder subsistir, aunque el precio a pagar sea la distorsión en el tratamiento a la información. Actualmente, el fenómeno de la concentración de la propiedad en el ámbito de los medios de comunicación es un hecho. La inmensa mayoría de los canales, publicaciones y emisoras, por más antagónicos que parezcan, forman parte de grandes conglomerados empresariales que tienen intereses en los más diversos países. Lo que a simple vista pudiera parecer un atributo de la pluralidad de los sistemas occidentales es realmente una técnica dirigida a satisfacer a todo tipo de público, en tanto que consumidores, que en las cuestiones estructurales no presenta diferencia alguna.

A todo lo anterior habría que sumarle la presencia inamovible de las redes sociales, plataformas de conexión por internet que, sin pretender inicialmente funcionar como medios de comunicación, actúan de forma trascendental en la difusión de noticias e información. La capacidad de conocer lo que acontece al instante mediante su uso las ha convertido en un instrumento imprescindible. Pero las redes sociales traen consigo unos códigos propios y unas formas de transmitir e interpretar los mensajes que difiere sustancialmente de lo que habían ofrecido hasta ahora los medios convencionales. Es lo que algunos expertos denominan jibarización, cuyo significado literal sería disminución o reducción, pero que en este ámbito hace referencia al proceso de simplificación de los mensajes que se da en las redes sociales. Lo que se quiere transmitir queda reducido en muchas ocasiones a unas pocas frases o palabras, diluyéndose la intención de conocer los detalles y datos concretos. Esto propicia una concepción de la información bastante simple, caricaturesca y sensacionalista, que acompaña a la perfección el espíritu dominante de confrontación permanente en tertulias televisivas, con debates artificiales, centrada sobre todo en suscitar espectáculo.

A continuación intentaremos dilucidar si, tal y como dijeron, la libertad de prensa es la voluntad del dueño de la imprenta o si, por el contrario, emerge una relación mucho más compleja entre los medios de comunicación y la política.

Medios de comunicación y política

Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente.

Karl Marx y Friedrich Engels, La ideología alemana (1845-46).

Al contrario de lo que se expone habitualmente, partiremos de la base de que la comunicación no se trata sólo de un proceso bidireccional entre emisor y receptor. En principio, el emisor tiene el propósito unilateral de imponerse al receptor orientando la información que emite de una manera o bien deliberada (en cuyo caso extremo llamaríamos propaganda) o bien inadvertida (que algunos autores coincidirían en llamar ideología). La reacción del receptor es lo que determinaría que ese proceso deviniese bidireccional o no, pero convenimos en que la intención primordial es la de persuadir y convencer, y ahí destaca una relación de poder. Si atendemos a la definición de Max Weber, poder significa la “probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aun contra toda resistencia y cualquiera sea el fundamento de esa probabilidad”. Si el receptor logra convencer, a través del envío de una determinada información, al receptor, estará imponiendo su propia voluntad y modelando la del otro. Aunque habría otros muchos enfoques (Hobbes, Marx, Foucault…), es posible aplicar aquí también las definiciones aportadas por Steven Lukes en El poder: una visión radical. Luego iremos demostrando que los medios de comunicación se esfuerzan por incidir sobre el desenlace final de un conflicto (enfoque unidimensional), a veces a través de la toma de no-decisiones o, en este caso, mejor dicho, de no-informaciones (enfoque bidimensional) y mediante la naturalización de las situaciones de desigualdad (enfoque tridimensional). O sea, el proceso de la comunicación encierra a su vez una lucha de poderes, lo cual lo convierte en un problema fundamentalmente político. La comunicación siempre tiene un propósito concreto, una intención, consciente o inconsciente, de influencia. Los medios de comunicación, en concreto los de masas de nuestros días, en tanto que los agentes más importantes que ejecutan las tareas de comunicación antes descritas, están completamente inmersos en la contienda –en este caso velada– por el poder y con la aspiración a influir todo lo posible en la obtención o reforzamiento del mismo.

La cita que inaugura esta parte del ensayo nos servirá como cimiento para el desarrollo de nuestra concepción de la relación entre los medios de comunicación y la política. Como acabamos de demostrar, la comunicación es un proceso subjetivo –aunque las formas de exteriorización de este proceso como las palabras o imágenes impliquen cierta objetivización– que está inserto en las relaciones sociales y materiales de la sociedad. Es decir, el proceso de comunicación y en concreto los medios de comunicación no son ajenos a cuestiones como el modelo productivo predominante de un país o la distribución de los recursos del mismo, cuestiones que a su vez determinan la arquitectura de las instituciones y la esfera política en general. Por tanto, tomando el sentido de Althusser, los aparatos ideológicos –entendidos como dispositivos organizados institucionales y extrainstitucionales–, y entre ellos los medios de comunicación, se encargarán de reproducir las representaciones ideológicas que favorezcan y naturalicen las formas estructurales de dominación económica y política para que nunca sean vistas como problemáticas. Los medios de comunicación y otros aparatos ideológicos formarían parte de lo que la perspectiva marxista ha bautizado como superestructura, todos los elementos de la vida social que se mantienen sobre una base material determinada.

Pero, ¿qué es la ideología dominante, por qué los medios de comunicación la transmiten y en qué medida se convierte eso en un problema político? Sin entrar en el extenso debate sobre el concepto de ideología, podría condensarse en la siguiente respuesta: la ideología hegemónica es todo sistema de ideas cuya función es generar consenso social en torno a las relaciones sociales existentes, justificando de muy diversas maneras la existencia de una clase dominante que ha de perpetuarse detentando el poder político. Ideología y medios de comunicación están unidos porque en todo mensaje, sin tener en cuenta su forma o contenido manifiesto, está presente siempre una concepción del mundo y una visión de la vida con que el emisor trata de orientar a los receptores. Como dijimos al principio, el contenido ideológico, a diferencia de la propaganda, es subyacente, ya que se expresa a menudo de manera encubierta. Lo que diferencia a esta perspectiva teórica de otras que también reconocen la existencia de la ideología, es que ésta admite que la ideología posee una naturaleza clasista. Volviendo al extracto de La ideología alemana, las representaciones ideológicas dominantes y su difusión corren a cargo de una clase que tiene intereses, fundamentalmente económicos, en conservar su estado y posee los recursos materiales necesarios para el control de los aparatos ideológicos. En otras palabras, los grandes empresarios y capitalistas de un Estado procurarán controlar directa o indirectamente los medios de comunicación (así como el sistema educativo u otros) para que éstos divulguen por ejemplo contenido sobre el espíritu de emprendeduría, la cultura del esfuerzo o el relato del empresario hecho a sí mismo para crear la imagen de que la posición claramente superior de la que gozan no descansa sobre el trabajo de muchos subordinados, sino que responde a motivos estrictamente personales, difuminando así el carácter conflictual que la otra relación podía presentar.

Dispuestas así las cosas, y a modo de síntesis, nos inclinamos a pensar que, efectivamente, los medios de comunicación juegan un papel central en el panorama político porque 1) son elementos subjetivos en el proceso de comunicación; 2) poseen la intención de influir y condicionar al receptor; 3) transmiten una visión del mundo acorde con los intereses de la clase dominante. Evidentemente estamos refiriéndonos en todo momento a los grandes medios de comunicación de masas.

Pero, ¿en qué se materializa esta influencia y cómo nos afecta? Obviamente, la influencia de los medios será exitosa no sólo cuando difunda un mensaje, sino también cuando provoque una acción social orientada en una determinada dirección. Usualmente, la manera de que eso ocurra es a través de lo que se denomina opinión pública. Las definiciones convencionales atribuyen a la opinión pública un estado o pronunciamiento general a favor o en contra de una medida, situación o personaje público. No obstante, esta definición puede parecer un tanto estática, en el sentido de que no explica de dónde nace o quién la promueve. Son los medios de comunicación los que se encargan de distribuir las opiniones individuales en el seno de una comunidad –Marx se inclinaría a decir que es el estado de conciencia de las clases–. En este caso, la pugna se organizaría en torno a conseguir que la opinión de un sector de la sociedad sea percibido como la opinión pública o “conciencia cívica” de toda la sociedad. De todas formas, la opinión pública siempre estará fuertemente condicionada por la cultura política del país, es decir, por el sistema de actitudes predominantes de un país, que puede presentar diferencias sustanciales respecto a otro.

Sin embargo, no es casual que uno de los pilares básicos de todo este proceso sea, paradójicamente, la proclamación continua de la “libertad de prensa”, que suele venir acompañada de enunciar la neutralidad como el principio más valioso. Bajo la proclama de la libertad de prensa se abre el paraguas a cualquier tipo de publicación, que, siempre desde la “neutralidad”, sentará cátedra sobre cualquier suceso, protegiéndose así también de cualquier crítica. Pero, además, la libertad de prensa en el mundo actual es sinónimo de la libertad de empresa, o sea, la competencia entre diferentes editoriales, diarios y cadenas por maximizar las ganancias. Aunque un importante instrumento ideológico como hemos señalado antes, los medios de comunicación son ante todo empresas que buscan cuadrar las cuentas, incluso con publicaciones más “disidentes” o debates más amplios si eso es lo que “vende”. Como ya apuntó Hermann en 1966:

Las propias empresas de la prensa en los países occidentales soportan hoy presiones mucho más potentes y eficaces que las del Estado: las del poder del dinero. El dinero domina y dirige la prensa de muchas formas. Ya señalábamos antes la amplitud de los capitales necesarios [para poder montar una empresa de comunicación]. Debido a ello, las empresas pertenecen cada vez más a la oligarquía dirigente, a los medios financieros e industriales, de donde resulta que una minoría de poderosos se apropia de la inmensa mayoría de los medios de información. ¿Se puede esperar que los utilicen para otra cosa que no sea la obtención de beneficios inmediatos y la defensa de sus propios intereses? ¿Qué significa la proclamación legal de una libertad si, de hecho, ésta no puede ejercerse y disfrutarse más que por una minoría? Entonces, la libertad se convierte en un privilegio, es decir, exactamente en lo contrario a una libertad (…).

De ello se sigue que, para maximizar los beneficios, los medios de comunicación tengan que resultar atractivos a los anunciantes. Con ese fin, el medio suele colocarse al nivel de la capa de población menos instruida. Este descenso del nivel intelectual desvirtúa un instrumento que podría servir para la educación y elevación cultural de la población, y que queda sin embargo destinado en gran parte a la evasión o simple distracción. Este fenómeno ahonda en otro muy usual en nuestros días, la espectacularización de la política, o sea, entender los acontecimientos políticos prácticamente como una representación donde manda el morbo y el sensacionalismo, la forma, sobre el contenido y el mensaje político. La discusión de medidas políticas concretas queda sepultada bajo un aluvión de acusaciones, ofensas y polémicas retransmitidas por los medios de comunicación.

Conclusiones

La primera de las conclusiones que se desprende de la exposición anterior es casi una deducción: si la información queda regida por las leyes del mercado, los más afectados serán los tradicionales criterios de verificación de la información, la autenticidad o el error. Lo que cuenta, en última instancia, no es la verdad, sino vender, aunque lo que se venda sea la mentira. Es, en parte, lo que exponía el reputado periodista polaco Ryszard Kapuściński en el discurso de la entrega de los Premios Nacionales de Periodismo Stora Jurnalstpriset. Reflexionado sobre el tema surgen algunas dudas de peso: ¿cómo se va potenciar una información veraz si los profesionales del periodismo trabajan en condiciones de precariedad? La concentración de capitales en las empresas de comunicación ha producido a su vez transformaciones en la estructura de trabajo: las y los periodistas rasos, la gran mayoría, se convierten en meros trabajadores asalariados que pocas veces tienen capacidad de decidir o intervenir sobre lo que están publicando. Muchas veces, los periodistas y fotógrafos que cubren los sucesos están más preocupados por conseguir el material que les asegure el sueldo que por contar fielmente lo que sucede. Asegurar estabilidad y seguridad en el empleo a los profesionales del periodismo es un imperativo si se quiere consolidar un periodismo de calidad entendido como el vehículo hacia el derecho a la información.

A lo largo de estas páginas hemos enfatizado mucho la identificación de los medios de comunicación como aparatos ideológicos, pero cabría precisar que la transmisión de ideología se realiza a través de procedimientos muy refinados, encubiertos en la mayoría de ocasiones. Es mucho más rentable trabajar con la manipulación y con la ocultación de información que con la mentira. La mentira, al fin y al cabo, cuando es descubierta provoca una deslegitimación muy difícil de recuperar. Sin embargo, técnicas como el «recorte de realidad», el silenciamiento, la frivolización y el desvío de la atención a otros asuntos menores abren la veda a la desinformación más absoluta con una cubierta de aparente rigor y neutralidad. Muchas veces ni siquiera la información está oculta o escondida del conocimiento público. Por ejemplo, los hechos que presenta Michael Moore en su documental Farenheit 9/11, que narra las causas y consecuencias de los atentados del 11 de septiembre en Nueva York, así como la dudosa llegada al poder del Presidente George W. Bush, no fueron difíciles de ensamblar. Los medios los habían publicado, pero sin prestarles la mayor atención y procediendo a apartarlos de sus parrillas pocos días después. No se trata, por consiguiente, de que los medios de comunicación nos persigan con titulares sobre lo que debemos pensar (aunque indirectamente lo consiguen), sino que penetran en la conciencia colectiva mediante la imposición de la agenda pública, es decir, estableciendo los temas sobre los que se puede y se debe hablar, mientras otros, que pueden ser igual o incluso más importantes, pero contrarios a los intereses empresariales de los accionistas, quedan relegados al silencio. Es lo que los especialistas denominan agenda setting.

No hace falta irse muy lejos para constatar que efectivamente los medios de comunicación de masas manipulan abiertamente la realidad, en consonancia con quienes aportan los capitales necesarios para su funcionamiento. Ahora las empresas de comunicación son conglomerados que contienen cadenas de televisión, emisoras de radio y periódicos y revistas, como pudiera ser Prisa, donde además sus accionistas no son sólo accionistas de esa empresa sino que representan a otras empresas como el Banco Santander, el BBVA, El Corte Inglés o Repsol. Cuando el gobierno argentino, en pleno ejercicio de sus funciones, decidió nacionalizar YPF, filial de Repsol en el país, absolutamente todos los medios españoles procedieron a una feroz condena pública y a una persecución mediática comprensible sólo al tener en cuenta que Repsol es un accionista mayoritario en muchas empresas de comunicación. O sea, estaba usando los medios de comunicación para perseguir a quien iba contra sus intereses. Un ejemplo evidente de que los medios marcan la agenda política, y no al revés, tuvo lugar recientemente. Un concejal electo de Ahora Madrid se vio forzado a dimitir tras la enorme presión de los medios al sacar a la luz pública unos tweets antiguos sobre humor negro. Más allá de las consideraciones éticas sobre el contenido, que puede suscitar debate, queda claro que entre otras cosas era un mecanismo para desviar el debate político. Es mucho más jugoso y conveniente focalizar sobre una actitud aislada que someter a debate un modelo de ciudad y políticas alternativas.

Todo esto plantea que es urgente y necesario solventar esta situación dramática de alguna forma. Frente al poder desmedido de los medios de comunicación, que pueden retorcer, recortar e incluso crear la realidad para beneficio de una élite, la ciudadanía debe poder recuperar el verdadero acceso a una información de calidad, al menos de dos formas. Por un lado, a corto plazo, accediendo a medios independientes que posean un código ético y que no tengan ningún tipo de vinculación con entidades financieras, subsistiendo sólo a base de las aportaciones de sus lectores. Por otro, en tanto que herramienta política, posicionar al Estado como garante último del derecho a la información mediante leyes que aseguren la incompatibilidad entre poseer títulos de alguna empresa privada financiera o industrial y ser a la vez accionista de una empresa de comunicación, como desarrolla la Ley Orgánica de Comunicación aprobada en Ecuador. Los grandes empresarios de la comunicación de aquel continente y de éste no tardaban en calificarla como “Ley Mordaza”, aunque en ningún caso prohíbe o censura a los profesionales del periodismo para publicar sobre cualquier tema. Desde luego, mientras grandes propietarios sean parte de las empresas de comunicación, los medios de comunicación defenderán férreamente sus intereses. Y, como se pretendía mostrar en este trabajo, actuarán de forma inherente entrometiéndose en los debates políticos, forzando a tomar posturas a los representantes y a los representados.

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