La escuela y las emociones: una relación posible y necesaria

A veces, como dijo Mafalda en una viñeta, lo urgente no deja tiempo para lo importante. Quienes, de una forma u otra, nos hemos visto envueltos en las redes del movimiento estudiantil podemos certificarlo por experiencia propia. Desde los inicios de la articulación del Espacio Europeo de Educación Superior, más conocido como proceso de Bolonia (1998)1, hasta hoy –y lo que auguramos que viene…– hemos tenido que adaptarnos a los ritmos frenéticos que imponía la agenda neoliberal. La batalla fundamental que se libraba –aunque condimentada con otros elementos que en el Estado Español darían para una infinidad de artículos exclusivos, como ya los hay y muy buenos– tenía como protagonistas a la elitización, a través de la privatización y la mercantilización, frente a la defensa de la universalidad del sistema educativo (y esto implica, por tanto, también la defensa de su carácter público) como condición indispensable. Lo que vino a partir de entonces no fue otra cosa que una sucesión vertiginosa de reformas que eran un galimatías de siglas (LOPEG, LOCE, LOU, LOM-LOU, LOE, LOMCE…), amén de numerosos decretos ley que iban introduciendo, poco a poco, medidas encuadradas en la Estrategia Universidad 2015 en lo relacionado con la financiación, la gobernanza y otras cuestiones2. Las y los activistas estudiantiles tenían que estar permanentemente ojo avizor de cuál sería el próximo ataque. Y, efectivamente, se produjo un encuadramiento generalizado en posiciones puramente defensivas, centradas sobre todo en no perder más de lo que ya habíamos perdido. A pesar de que prácticamente nadie estaba tampoco de acuerdo con las reformas anteriores, poca gente, dadas las circunstancias, se acordó del ataque. Teníamos las armas que teníamos3 –tan dignas como rudimentarias– frente a la potencia de todo un bloque imperialista como es la Unión Europea.

Pero entiéndaseme bien: ataque en su acepción más creativa, la de cambiar desde los cimientos hasta las alturas la forma en que se daban y se recibían (todavía hoy) las clases. Para evitar malentendidos es conveniente precisar que, evidentemente, hubo desde tiempos inmemoriales pedagogos y educadores de toda índole que se ocuparon del problema, alertando que el sistema educativo se había quedado obsoleto en demasía. Sin embargo, esto, aunque tenía ingredientes suficientes, no provocó la reacción de ataque referida anteriormente, es decir, convertirlo en una exigencia inmediata para construir lo que tantas satisfacciones mentales nos daría: un proceso constituyente educativo. Empero, para constituir es necesario hacer una destitución previa, y eso era lo que teníamos tremendamente claro. Es intolerable seguir reproduciendo en pleno siglo XXI el modelo de clase magistral extendido con los inicios de la generalización de la enseñanza pública, es decir, con la Ilustración, sobre todo si hablamos de la enseñanza primaria y secundaria. La proclama es sencilla: hagamos del aprendizaje algo interactivo, que se pueda tocar y experimentar, dejando a un lado la retención de conocimientos para evolucionar hacia una búsqueda de las herramientas que nos permitan encontrar lo que queremos saber. Debatamos, toquemos y hablemos en lugar de estar sentados por separado, en silencio, mientras el profesor, una figura superior, nos revela la verdad. Sin renunciar, por supuesto, a adquirir el mayor número de conocimientos y técnicas. No digo nada nuevo. Y, por cierto, el cambio no vendrá con la incorporación de las famosas TIC al currículo, como han pretendido algunos gobiernos autonómicos, mientras ni siquiera las y los docentes reciben una mínimas instrucciones de cómo hacer esta integración. Eso, además de ridículo, es pan para hoy y hambre para mañana. Inservible.

Sin embargo, hoy me gustaría ir aún más allá. No se trata sólo de aprovechar el enorme potencial de las tecnologías en el mundo actual y aplicarlo a la enseñanza, sino de que somos todavía unos analfabetos en muchos aspectos de la vida. Como, por ejemplo, en el campo emocional. Ahora, con el estreno de la última creación de Disney-Pixar, Inside Out (Del Revés), es crucial recuperar este debate. El enorme éxito de crítica y público de la película se debe a que, por primera vez en mucho tiempo, las historias de héroes y princesas (con Brave ya habíamos sentido algunos vientos de cambio) dejan paso a otros relatos más transversales, en este caso uno centrado en la importancia de las emociones, de todas, para nuestro desenvolvimiento como personas en sociedad. Algunas críticas aparte –la representación más que arquetípica de la familia feliz heterosexual monógama, por ejemplo–, hay que poner en valor la representación positiva de las emociones, en tanto que todas, no sólo la alegría, juegan un papel crucial en nuestra relación con nosotras mismas y con los demás. Una lección que las niñas y niños pueden extraer de su visionado es que las situaciones no siempre, es más, casi nunca, nos provocarán emociones unívocas y positivas. Como se suele decir, nada es enteramente blanco o negro, especialmente en el terreno de las emociones. Esta escala de grises que siempre media es la que se puede apreciar en la película, donde la tristeza se va despojando de su peso negativo para cobrar la importancia que también se merece. ¿No sería sensiblemente diferente la vida de nuestras niñas si una institución tan importante como la escuela se ocupase de educar en la comprensión de las emociones propias y ajenas? La mala costumbre de no hablar de ello en un contexto distendido y abierto nos lleva a malinterpretar lo que sentimos o sienten los demás y a reaccionar a veces de manera desproporcionada, porque siempre se nos ha dicho que lo normal, lo lógico, es sentir alegría y, si eso no pasa, es que algo va mal. Jamás nos contaron que era posible sentir otras cosas, y que la ira, el miedo o la tristeza, lejos de representar siempre situaciones desgraciadas, eran necesarias para hacernos reflexionar, crecer, cambiar lo que no nos gusta y apreciar lo que tenemos. Las emociones, como la caligrafía, se pueden cincelar cuidadosamente para no utilizarlas como armas arrojadizas contra los demás. La escuela debe poder educar en la frustración, en el fracaso y en el éxito; escuchando y enseñando a escuchar y a aceptar los momentos en los que los sentimientos del resto son opuestos a los nuestros; aportando herramientas de comunicación y de confianza que contribuyan a la salud psíquica y emocional del futuro.

No quisiera convertir esto en un ejercicio de eurocentrismo ni éste en un lugar que recoge los lamentos de las capas medias blancas que han olvidado –o que jamás se interesaron por saber– que aún existen partes del mundo donde la población no tiene ningún acceso a la educación, lugares donde el analfabetismo alcanza cotas inadmisibles y donde sólo estudia quien puede pagarlo. Tampoco infravaloremos luchas. Seamos, eso sí, internacionalistas.

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*Publicado el 27 de julio de 2015 en Dispara (http://disparamag.com/inicio/inicio-22/380-la-escuela-y-las-emociones-una-relacion-posible-y-necesaria)

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