II

Aparecías en cualquier parte,
aunque llevara colgado mi bolso de las flores
que algún pintor extravagante
había vomitado sobre su paleta
antes de enloquecer.
Me nacías dentro
y no te ibas
y parecía que aquellas flores tímidas,
deformes,
que la tela atesoraba tristemente,
se volvían más y más inconmensurables
y se escapaban de mí,
de mi anecdótico bolso,
renegando por fin de su agónica existencia.

En ese instante entendí
que
por encima de todas las cosas
estabas siendo una primavera.

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