El miedo como elemento doméstico en el Tercer Reich: una mirada desde Brecht

1. Introducción

Terror y Miseria del Tercer Reich es una obra de teatro escrita por el poeta y dramaturgo alemán Bertolt Brecht y estrenada por primera vez en 1938. El otro nombre por el que es conocida, The Private Life of Master Race, puede ayudarnos a entender por qué resulta tan valioso su testimonio. Además de su calidad literaria y de su intensidad narrativa, supone un acercamiento al periodo histórico más complejo de los últimos siglos. Escrita a partir de sucesos que llegaban al escritor a través de periódicos o explicaciones de conocidos, nos introduce en el ámbito más íntimo de un movimiento ideológicamente irracional que logró adentrarse en todas las esferas de la vida, siguiendo con la definición de totalitarismo que propondría más tarde Hannah Arendt. Las grandes preguntas que se han hecho al respecto —cómo es posible que se permitieran, silenciaran e incluso obviaran los brutales ataques a la dignidad humana perpetrados por el nazismo— pueden encontrar, si no una respuesta unívoca, al menos varias hipótesis en los mecanismos de represión, con el miedo como moneda de cambio, construidos en torno a la vida cotidiana.

No obstante, para entender el alcance del nazismo en la intimidad de la población de la época, es necesario aproximarse, aunque sea brevemente, al contexto social que posibilita en cierta medida su surgimiento. Como señala Ferrán Gallego, la polarización social vivida en la Alemania post-inflación encontró su vía de escape en el nazismo debido a la consolidación previa de la mítica idea völkisch, abiertamente pangermanista, antisemita y supremacista. Es la clase media aterrorizada por los efectos del gran conflicto europeo y por la amenaza de la estela de la revolución bolchevique quien compone la base social sobre la que cala este discurso, que cuenta además con la connivencia de la gran burguesía del momento. Por tanto, no puede entenderse este fenómeno si no se repara en las concesiones sociales populistas a estas capas medias afectadas por la crisis y en el discurso que apela fundamentalmente a las emociones y que promueve el odio hacia un otro personalizado en el judío y en el marxista.

Pero, una vez en el poder, el nazismo constituido ya en Tercer Reich debe asegurar su dominio frente a los actos que puedan conllevar un rédito político negativo. Por ello, despliega todo un aparato represivo para imponer el silencio sobre cualquier posible disensión, consiguiendo de esta forma, asimismo, blindarse en los puestos de dirección del Estado. En términos generales, se procede a identificar a un “enemigo objetivo”, esto es, a un colectivo con claras características diferenciables —judíos, gitanos, homosexuales, marxistas, inválidos…— y se preconiza su eliminación, considerando también que es necesario acabar con cualquier crimen potencial (cualquiera que pueda convertirse en una “amenaza” aunque aún no lo sea) mediante un sistema racional de represión. Eso es, precisamente, lo que se refleja en la obra.

2. Análisis de escenas

Aunque Terror y Miseria del Tercer Reich se compone de 24 escenas independientes entre sí, procederemos a analizar, por motivos de espacio, tan sólo tres, que nos serán útiles para identificar las diferentes estrategias mediante las cuales la represión nazi surtió efecto en el ámbito familiar y doméstico. A la luz de la lectura, podrían identificarse, al menos, tres técnicas totalizadoras del Tercer Reich para con la sociedad civil: reforzar la estructura familiar patriarcal, conseguir imponer la autocensura y entrometer a las propias instituciones dentro de los hogares a través de las SS, el Partido y las Juventudes Hitlerianas.

El reforzamiento de la estructura familiar patriarcal tiene, en realidad, mucho en común con el componente racista del nazismo, que defendía la existencia de una raza superior, la aria alemana, que debía perpetuarse y acabar con el resto de razas inferiores. En la tercera escena de la obra, La cruz de tiza, se expone en toda su crudeza la distribución de roles de género que se daba en el seno de las parejas de la época, como se deduce del siguiente fragmento:

“EL HOMBRE DE LA SA. […] ¿Estás embarazada?

LA MUCHACHA. No.

EL HOMBRE DE LA SA. ¿Estás segura?

LA MUCHACHA. Sí.

EL HOMBRE DE LA SA. Si llegara a enterarme de que te proponías algo ilegal, si me llegara el menor indicio, todo habría terminado, te lo aseguro. Habrás oído que todo lo que atenta contra el fruto que germina es el mayor crimen que se puede cometer. Si el pueblo alemán no se multiplica, se acabó su misión histórica”.

El hombre, amén de agente de la SA, ejerce un control absoluto sobre su pareja, fiscalizando las tareas que ésta realiza en su ausencia. Ello implica incluso capacidad de decisión en el cuerpo ajeno. Él se inscribe en un rol totalmente autoritario, mientras que el carácter de la mujer se muestra sumiso. Mediante la amenaza explícita, se prima esa “misión histórica” racista de la perpetuación de la raza antes que la disposición de la propia mujer, y por ello se deja entrever una condena rotunda a prácticas como el aborto.

La décima escena, El chivato, nos servirá para ejemplificar la actitud de autocensura que los propios familiares se imponían mutuamente para evitar problemas con las autoridades policiales. Lo que atormenta a estos padres es un comentario contra Hitler surgido fortuitamente en una conversación que también presenciaba el hijo. Si, efectivamente, el niño ha oído dicho comentario y lo comunica en alguna reunión de las Juventudes Hitlerianas, o sea, se chiva, la integridad de los padres puede quedar en peligro. Es más seguro, por tanto, intentar evitar cualquier alusión polémica: se implanta la autocensura. Por ejemplo:

“LA MUJER. ¡Ya está bien! ¡Ten cuidado con lo que dices! Llevo todo el tiempo rompiéndome la cabeza para recordar si dijiste eso de que en la Alemania de Hitler no se puede vivir antes o después de lo de la Casa Parda.

EL MARIDO. Eso no lo he dicho nunca.

LA MUJER. ¡Te comportas como si yo fuera la policía! Lo único que hago es devanarme los sesos para saber lo que el chico puede haber oído”.

Pero cuando la situación se torna inevitable, cuando se ha hecho un comentario inapropiado a pesar de la exigencia tácita de la autocensura, es interesante reparar en la conducta del padre y en la atmósfera de angustia que se instaura para ambos personajes. Éste adopta la negación como principio, desmintiendo descaradamente sus propias palabras porque ya la única certeza parece ser que es mejor no fiarse de nadie. La represión y la intromisión de instituciones totalitarias diluye los vínculos de confianza y cualquiera es susceptible de ser considerado sospechoso. A largo plazo, esto fomenta la atomización de la sociedad, otra de las condiciones indispensables para el dominio del régimen.

Por último, conviene analizar el caso quizás más manifiesto de coacción de la población por parte de las autoridades del Tercer Reich: el de las frecuentes visitas e inspecciones de miembros de las SA a las casas. En Socorro de invierno, la decimosexta escena, lo que presenciamos es la llegada de dos miembros de la SA a un hogar humilde. La reacción tensa de las mujeres revela que se trata de un ejercicio rutinario y, a la vez, ciertamente peligroso. Hay que tenerlo todo preparado porque, si durante la revisión los agentes detectan algún elemento sospechoso, no hará falta ninguna otra prueba para imputar desafección al régimen, continuando la línea de eliminar cualquier enemigo “potencial”, como se argumentaba en la introducción. Es lo que finalmente sucede en el fragmento seleccionado:

“SEGUNDO HOMBRE DE LA SA. Tampoco he oído que, al entrar nosotros, dijera muy alto Heil Hitler. ¿Lo oíste tú?

LA ANCIANA. Claro que dijo Heil Hitler, y yo también lo digo: ¡Heil Hitler!

SEGUNDO HOMBRE DE LA SA. Hemos caído en una bonita guarida de marxistas, Albert. Tenemos que echar una ojeada a esa libreta de la casa. Llévenos a donde viva.

Coge a la joven del brazo”.

De todas formas, en este caso hay además un componente simbólico importante. Las habitantes del hogar no sólo deben mostrar que todo está en orden, sino que también tienen que someterse a las reglas de lealtad al nuevo al Reich. El hecho de no hacerlo o de no cumplir con lo esperado acarrea tanto el peligro físico de ser detenida como la humillación. Las actitudes vejatorias de desprecio y desdén contribuyen a desmoralizar a ese enemigo al que se persigue.

3. Conclusión

Después de realizar un examen más o menos detallado de algunas partes de la obra en cuestión, hay una conclusión principal que emerge con fuerza: en ciertos momentos de la lectura parece imposible distinguir la realidad de la ficción. Ante todo, convenimos que cualquier obra literaria, aunque tenga como misión reproducir la realidad fielmente, es un ejercicio de ficción per se. Sin embargo, en vista de los acontecimientos históricos que tuvieron lugar durante y tras el desarrollo del fascismo y del nazismo como doctrinas totalitarias, las situaciones que nos presenta Brecht podrían ser, como mínimo, perfectamente plausibles. Esto es lo que arroja una potencia especial a la obra desde el punto de vista del análisis literario.

Respecto a la temática concreta de este trabajo, puede certificarse que la obra ofrece un retrato verídico de las técnicas represivas del Tercer Reich en el ámbito familiar y doméstico. Tal y como afirman numerosos historiadores citados anteriormente, el control de la vida personal de la población resultaba tremendamente útil para “prevenir” potenciales delitos. Utilizando un aparato organizado siguiendo los criterios de la racionalidad instrumental, la prevención del delito se convirtió en la política policial por excelencia, eliminando de facto cualquier oposición. Prácticamente cada día aparecían como nuevos delitos acciones que antes no tenían esa consideración. Todo ello indica que lo que se produjo fue, a todas luces, una politización del crimen.

Aún así, hay un asunto que no se manifiesta con demasiada firmeza en esta obra: el papel de la propaganda en la construcción, legitimación y justificación de los métodos represivos. La imagen cuasi divina del Führer, la permanente campaña de demonización de la comunidad judía o los mensajes belicosos contra otros países europeos no son una temática sobresaliente, aunque no hay duda de que contribuyeron a su manera a reforzar el espíritu de guerra total —o sea, que no sólo el campo de batalla, sino también la vida cotidiana era una concebida como una guerra— que impregnaba la Alemania del momento. Una obra, en conclusión, que es, a la vez, testimonio histórico y artístico.

4. Bibliografía

Brecht, B. (2012). Terror y Miseria del Tercer Reich. Madrid: Alianza.

De Toro Muñoz, Francisco Miguel (2005). Nazismo y resistencia en Austria. Oposición, disentimiento, consenso y policía política. Viena (1938-1942). (Tesis doctoral inédita). Departamento de Historia Moderna y Contemporánea. Universidad Autónoma de Barcelona.

Gallego, F. (1998). La naturaleza del nazismo. Investigaciones históricas: Época moderna y contemporánea, 18, 313-326.

Grunberger, R. (1976).  Historia social del Tercer Reich. Barcelona: Destino.

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