Obediencia y relaciones de autoridad: el poder en las relaciones paterno-materno filiales

  1. Introducción

Como en muchas cuestiones relevantes de nuestro tiempo, la tira cómica Mafalda, obra del dibujante argentino Quino, sienta un precedente a la hora de expresar muy sintéticamente sucesos habituales en el terreno de las relaciones sociales. Concretamente, en esta viñeta, en base a la cual desarrollaremos una reflexión sobre el poder y sus formas, somos capaces de identificar un claro mandato de la madre a la hija. Pero cuando la hija pide explicaciones a su madre del por qué de esa orden, un  enfurecido «porque te lo ordeno yo, que soy tu madre» basta para zanjar la discusión —obviemos, en este caso, el carácter permanentemente inquisitivo de Mafalda—. ¿Qué se esconde detrás de esa sentencia para resultar tan decisiva? ¿Por qué, ante la pregunta de la hija, se esgrime una respuesta carente de argumentos? ¿Acaso no tiene razón Mafalda al equiparar ambas posiciones —madre e hija—, puesto que son absolutamente recíprocas? Y, sin embargo, ¿por qué percibimos que, a pesar de todo, la madre ostenta un lugar más privilegiado en esa relación? Estos interrogantes, surgidos de unas viñetas, pero que pueden trasladarse al mundo real, son los que intentaremos responder a lo largo de este trabajo.

Las sociedades humanas, debido a su complejidad, presentan diferencias sociales que atienden a las distintas cualidades sociales de las personas —en función al sexo, la edad, el tamaño…—, las cuales otorgan, a su vez, variados papeles sociales. En principio, estas diferencias sociales no tendrían por qué ir acompañadas de desigualdades sociales —esto es, desigual acceso y reparto de los recursos de todo tipo—, pero a efectos prácticos sucede en la inmensa mayoría de los casos. La infancia, entendida como grupo social con características propias que detallaremos más adelante, ha experimentado un proceso histórico de ese tipo. Es posible identificar a las niñas y los niños como un colectivo sobre el que se ha construido un estereotipo generacional de inferioridad, quedando, por tanto, bajo la autoridad de los adultos. Nuestro objetivo será desentrañar cómo se ejercen estas relaciones de poder teniendo en cuenta dos consideraciones principales: 1) tanto la infancia como las relaciones paterno y materno-filiales se construyen socialmente y 2) la autoridad que se experimenta en ellas nace del poder entendido no como un recurso sino como una relación sobre la que hay estrategias. Para ello acudiremos a las aportaciones de dos fundamentos del pensamiento sociológico contemporáneo: la sociología del conocimiento de Berger y Luckmann y la noción de poder insertada en la microfísica de Foucault.

El llamado construccionismo social que desarrollan Berger y Luckmann proporcionará, mediante un análisis fenomenológico, una base concreta y anclada a la vida cotidiana (everyday life) que ayuda a entender los comportamientos de los individuos. Lo que estos sociólogos sostienen es que la realidad se construye socialmente mediante la interacción de los sujetos que, a través de la socialización primaria y secundaria, internalizan una serie de pautas que, con su reproducción, se institucionalizan. Con ello podremos entender cómo nace, se percibe y se perpetúa en dicho sujeto la relación paterno-filial.

Por otro lado, el trabajo del filósofo francés Michel Foucault ha estado centrado fundamentalmente en el análisis del poder desde una perspectiva múltiple, es decir, el conjunto de pequeños poderes que se sitúan por debajo del poder político del Estado o de una clase dominante. Con el ejemplo de instituciones represivas como la prisión o el psiquiátrico, Foucault despliega la idea de que en la sociedad se dan muchas relaciones de autoridad en distintos niveles y que pueden manifestarse de forma sutil. El poder, entonces, no puede obtenerse, sino que se ejerce “en cadena” y reproduce sus efectos a través de otros poderes que no tienen por qué ser de tipo económico. La perspectiva foucaultiana es muy útil para desentrañar qué estrategias concretas de poder ejercen los padres sobre los hijos, y cómo influyen éstas en los vínculos familiares de parentesco.

Intentaremos proporcionar respuestas que se aproximen, concreten o aporten un poco de luz al asunto de la autoridad que los adultos tienen sobre las niñas y niños también en el mundo contemporáneo.

  1. La autoridad del adulto sobre el niño

“El hombre no es el representante del Estado para la mujer.

Para que el Estado funcione como funciona es necesario

que haya del hombre a la mujer o del adulto al niño

relaciones de dominación bien específicas

que tienen su configuración propia

y su relativa autonomía”.

Michel Foucault, La microfísica del poder.

El orden social no viene determinado biológicamente, sino que es producto de la actividad humana colectiva que, a través de los aparatos culturales y psicológicos, es capaz de producir un ambiente social compartido e histórico, es decir, siempre con antecedentes y sujeto a desarrollo. Y, tal y como sosteníamos en la introducción, también la infancia es un espacio socialmente construido atravesado por unas relaciones de poder concretas. Pero, ante todo, para comprender cómo actúan esas relaciones de poder, primero es necesario rastrear los cimientos sobre los que se erige la concepción social de infancia. La situación de dependencia de los niños y las niñas ha ayudado a consolidar de la idea de que se hallan en una fase presocial o de preparación para la vida adulta, la cual parece ser la verdadera vida social (Pavez, 2012: 83). Se ha considerado, por tanto, que las niñas y niños deben ser educados para salir de la fase “salvaje” y poco civilizada en la que se encuentran, y siempre bajo la autoridad de una persona adulta. No son considerados, en definitiva, sujetos particulares, sino personas que transitan una fase hasta la deseada edad adulta.

Esta subestimación de la infancia en términos de paternalización está institucionalizada, atendiendo a la definición de Berger y Luckmann. O sea, la actividad humana, en general, es susceptible de habituarse, de repetirse como una pauta hasta que los individuos la internalizan durante cada generación. A través de su interacción —tipificando los comportamientos de los demás, esto es, interpretándolos—, los individuos, posicionados en “roles”, entienden que ciertas instituciones, como la paternidad o la familia, poseen una realidad propia, que se presenta externa al individuo (Berger y Luckmann, 2012: 78). Este proceso es la imposición indirecta de cómo deben hacerse las cosas, que comienza durante la primera infancia. Para el niño o la niña estas pautas resultan objetivas, en el sentido de que sólo conocen ese modo de proceder. Para ellos, el mundo dado es el mundo, existía antes de que ellos nacieran. «Solamente así, como mundo objetivo, pueden las formaciones sociales transmitirse a la nueva generación» (Berger y Luckmann, 2012: 79). Mediante los mecanismos de la socialización las nuevas generaciones aprenden cómo es su mundo y así lo enseñan a las siguientes. Este proceso de socialización, al estar dirigido por los adultos, impone sobre el imaginario colectivo la idea de que los niños y niñas son seres indefensos, inexpertos e inmaduros, lo que los deja evidentemente en una posición subordinada. Como se apunta en La construcción social de la realidad:

“[…] aunque el niño no sea un mero espectador pasivo en el proceso de su socialización, son los adultos quienes disponen las reglas del juego. El niño puede intervenir en el juego con entusiasmo o con hosca resistencia, pero por desgracia no existe ningún otro juego a mano” (Berger y Luckmann, 2012: 171).

Y mediante el castigo que imponen los adultos es como se conduce el proceso de socialización. El castigo, que, más allá de cualquier otra consideración, no deja de ser un abuso sobre los niños, es el método para corregir las “desviaciones” que pretendan apartarse del orden institucionalizado. Con las riñas, la niña pasa de considerar en un primer momento “A papá no le gusta que me quite los zapatos” a “Papá se enfada cada vez que me quito los zapatos”, por lo tanto “No debo quitarme los zapatos”. Esta abstracción de los roles y actitudes es una forma eficaz de autoridad de los padres; eficaz porque consigue, en la mayoría de los casos, el sometimiento del hijo.

Pero, ¿cómo se materializa esa autoridad en poder y qué estrategias utiliza este poder para imponerse sobre las niñas y niños? Foucault nos ofrece algunas respuestas al respecto. Teniendo en cuenta que el poder no puede eludirse y que en cada relación aparece, no hay demasiada diferencia entre esos comportamientos autoritarios de los padres y el poder en sentido abstracto. Las riñas, las ridiculizaciones o los comentarios jocosos son ya una forma de poder que pretende controlar al otro, en este caso el niño. No hace falta ser el Presidente del Gobierno para ser poderoso, como sugiere la frase que encabeza este apartado. El poder es, en varios niveles, «uno de esos innumerables pequeños focos que van desde un jefecillo, un guarda de viviendas populares, un director de prisiones, un juez, un representante sindical…» (Foucault, 1978: 84); también un padre. Además, la autoridad de los padres se ve reforzada en instituciones como la escolar, donde también tienen primacía los adultos, en este caso los profesores. Allí se dan situaciones de dominación en base a mecanismos de control de la actividad educativa:

«la actividad que permite el aprendizaje y la adquisición de las aptitudes o de los tipos de comportamiento se desarrolla a través de todo un conjunto de comunicaciones ordenadas (clases, preguntas y respuestas, órdenes, exhortaciones, signos codificados de obediencia, signos que permiten distinguir el “valor” de cada uno de los niveles de saber) ya a través de toda un serie de procedimientos de poder (vigilancia, recompensa y castigo, jerarquía piramidal, el hecho de que sea una organización cerrada)».

La apuesta un tanto innovadora de Foucault se desprende de una serie de consecuencias lógicas que rompen con la hipótesis represiva que históricamente había reinado entre los estudiosos del poder: si aceptamos que el poder no es una cosa tangible o alcanzable que se desplaza verticalmente sino una multiplicidad de relaciones, la esencia del poder debe radicar en que no siempre hace uso de la represión y la violencia para perpetuarse. Utiliza otras técnicas que permitan disfrazar la dominación de consenso, en una concepción productiva del poder: «Si el poder no tuviese más función que reprimir, […] si no se ejerciese más que de una forma negativa, sería muy frágil. Si es fuerte, es debido a que produce efectos positivos a nivel de deseo y también a nivel del saber. El poder, lejos de estorbar al saber, lo produce» (Foucault, 1978: 107). Ello permite que la relación paterno-filial, por ejemplo, incorpore claramente elementos que revisten la autoridad de los padres de cariño y dedicación. La ideología de la familia, a su vez atravesada por la opresión patriarcal, ha naturalizado la autoridad de los adultos, en concreto del padre, presentándola como modelo ideal de relación entre padres-madres-hijos y como sinónimo de estimación. Una familia se quiere verdaderamente en tanto y mientras que familia, entendida como núcleo que convive y queda unido por ello. Una vez que la familia deja de convivir, se habla de «desestructuración», «falta de referentes», «pérdida de autoridad», etc. La familia sería, a fin de cuentas y volviendo a Foucault, un dispositivo con el que los adultos ejercen el poder sobre los niños y con el que no siempre hace falta recurrir a la represión.

También el cuerpo, que ha sido una categoría básica en Foucault, es un elemento esencial en estas relaciones de poder. Y es en la manipulación del cuerpo donde quizás más crudamente se percibe el dominio. Desde la infancia, con la imposición de un nombre, una estética determinada, unas maneras de estar en público, el control de la sexualidad, etc., la medicina —en este caso pediátrica— y el mundo de los adultos en general consiguen someter a niños y niñas. Porque el cuerpo, desde la perspectiva foucaultiana, entra dentro de la mecánica del poder de una manera absolutamente física (habiendo castigo o no), convirtiéndose en un campo de batalla. El caso de la infancia es paradigmático: los cuerpos más pequeños de niños y niñas y la superioridad en fuerza mostrada por los adultos ha sido un motivo significativo de abuso y demostración de superioridad. En palabras de Foucault, «El cuerpo se ha convertido en el centro de una lucha entre los niños y los padres, entre el niño y las instancias de control» (Foucault, 1978: 105).

Sea como fuere, en resumen, a través de los procesos de socialización que se dan en la infancia se normalizan las estrategias de poder que los adultos despliegan sobre las niñas y niños.

  1. Conclusiones

A pesar del espacio limitado, tras el somero análisis que se ha realizado surgen una serie de conclusiones que sobre todo vinculan las estrategias de poder descritas anteriormente con la situación de discriminación material que sufren los niños y niñas en el mundo. Aunque el propósito no es en absoluto entrar en el debate de qué pautas educativas han de aplicarse o cómo conducir mejor la tarea educadora de los adultos, sí que es cierto que puede probarse que, a través de esta situación privilegiada de los adultos, que consideran a los niños algo así como ignorantes respecto a lo que ellos saben, ejercen una superioridad autoritaria. Si tuviéramos que volver a la tira de Mafalda, es probable que la situación que se narra jamás se diera en la realidad. La niña aceptaría refunfuñando la orden materna pero no cuestionaría mucho más allá de dónde nace esa autoridad. Parece que eso siempre ha sido así, que mamá sabe más y que debo obedecerla. Se ha internalizado con éxito una realidad social y la hija está siendo el blanco de esas estrategias de poder de sus padres sin ser consciente —puede que los padres tampoco lo sean, pero a veces eso no los exime de responsabilidad social—.

A gran escala, las consecuencias de lo anterior reflejan una objetividad: la condición niño o niña, que existe en todas las sociedades porque es una condición biológica temporal de los seres humanos, es causa de discriminación. Ello puede constatarse fácilmente acudiendo a cualquier informe de los organismos que tratan temas relacionados con la infancia: son víctimas de abusos sexuales, laborales, médicos, son discriminados económicamente y socialmente considerados inferiores. Por tanto, la situación de desigualdad que viven, sufren y que repercute negativamente en su calidad de vida ha llevado a muchos expertos a considerar que la infancia tiene el estatus de minoría clásica, al estar sujeto a estos mecanismos de marginalización y paternalización constantes. Como casi todas las minorías, la capacidad de la infancia para influir en la toma de decisiones de la sociedad es extremadamente reducida. Este sujeto invisible, que en muchos lugares del mundo es crucial para mantener la economía —¿podría considerarse que la infancia es un estadio de la división del trabajo?—, no puede sin embargo expresarse públicamente de forma trascendental sobre los asuntos que le afectan. Sin derecho a voto y sin espacios de participación efectivos, la infancia es despojada de su capacidad de presión política.

No hay que pensar que la responsabilidad de esta descripción un tanto oscura debe recaer enteramente sobre las espaldas de los padres y las madres. Aunque ostenten una posición superior, a nivel individual no son más que miembros de la sociedad que también serán víctimas de otras relaciones de poder patriarcales, laborales, judiciales… La hipótesis más plausible sostiene que es la ideología de familia nuclear la que necesita y favorece esta relación de autoridad. Sería positivo, en cualquier caso, hacerle caso a Foucault, en un primer paso para acabar con esta desigualdad: «[…] hablar de este tema, forzar la red de información institucional, nombrar, decir quién ha hecho, qué, designar el blanco, es una primera inversión del poder, es un primer paso en función de otras luchas contra el poder» (Foucault, 1978: 84).

  1. Bibliografía

Berger, P., Luckmann, T. (2012). La construcción social de la realidad. Madrid: Amorrortu.

Herrera, M., Spaventa, V. (2007). Vigilar y castigar…: el poder de corrección de los padres. En R. Bergalli, I. Rivera (coords.), Jóvenes y adultos: el difícil vínculo social (pp. 94-124). Barcelona: Anthropos.

Foucault, M. (1978). La microfísica del poder. Madrid: Las ediciones de La Piqueta.

Soto Pavez, I. (2012). Sociología de la infancia: las niñas y los niños como actores sociales. Revista de Sociología, 27, 81-102.

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