Hannah Arendt y la banalidad del mal: el caso de la expansión imperialista de Israel

  1. Introducción

Reflexionar acerca de la figura de Hannah Arendt (1906-1975) resulta siempre de actualidad porque en su recorrido vital es posible identificar las huellas de otras tantas biografías que fueron absolutamente atravesadas por algunos de los acontecimientos quizás más trascendentales del siglo XX, a saber: el Holocausto y la Segunda Guerra Mundial. Lo que introduce una diferencia de calado entre las vidas de los miles de judíos alemanes inmigrantes a los Estados Unidos y la suya particularmente es la asombrosa capacidad para meditar sobre la contemporaneidad que demostró en Los orígenes del totalitarismo, en Sobre la revolución, en La condición humana y, por supuesto, también en Eichmann en Jerusalén, obra de la que nos ocuparemos más específicamente en este breve trabajo. A diferencia de otros filósofos —porque sin duda ella ha sido encuadrada en el plano intelectual como filósofa más que como politóloga— a lo largo de toda la Historia, Arendt no se encarga de desentrañar la esencia de grandes categorías que rigen la condición humana, no se preocupa establecer modelos o arquetipos y tampoco de oponerse de forma muy evidente a una tradición filosófica precedente, como sí lo hacen personalidades tan típicas como Aristóteles o Kant. Sus consideraciones emanan de la inmediatez de un contexto histórico tan frenético como caótico, que requiere de una mirada sosegada para aportar algo de luz a unos acontecimientos que por lo demás no suscitan más que un mutismo generalizado. De entre la estupefacción, el descreimiento y demás actitudes de autoconvencimiento que abundaban en la época para quienes no querían mirar de frente al terror del nazismo, Hannah Arendt se erige con una serie de respuestas que son más bien un diagnóstico sobre los males de la Modernidad. Ello sólo puede llevarnos a establecer claros paralelismos —si no ideológicamente por razones obvias, al menos sí en cuanto que son portadores de tarea denunciadora común— con Theodor W. Adorno. Al fin y al cabo, sus preocupaciones y también sus propuestas de solución, que podían estar motivadas por factores diferentes, terminan confluyendo en el pensamiento sobre el Holocausto, la Modernidad agonizante concebida como paradigma cultural, incluso epistemológico, y la distorsión máxima que las instituciones totalitarias —y recuérdese que en Adorno no hay nada más totalitario es el sistema capitalista— ejercen sobre el ser humano.

Nuestro análisis está motivado por el visionado de la película Hannah Arendt (2012), de la directora alemana Margarethe Von Trotta, donde se nos transmiten las implicaciones personales y políticas a las que la pensadora ha de enfrentarse, hasta el punto de poner en duda sus tradicionales convicciones, cuando viaja a Jerusalén para presenciar el juicio al funcionario nazi Adolf Eichmann. Si bien una película, por motivos de formato, es incapaz de alcanzar la potencia reflexiva de una obra escrita, y más si hablamos de la banalidad del mal, sí es cierto que se vuelve una herramienta muy útil a la hora de recrear el ambiente, las preocupaciones intelectuales o la recepción social de nuevas propuestas filosóficas. La filmografía de Von Trotta en general es fidedigna en este sentido —imposible olvidar, por ejemplo, la maravillosa semblanza de la revolucionaria polaca en Rosa Luxembug (1986)—. En el discurso final aparecido en el film, Hannah Arendt se enfrenta, con una dialéctica brillante, a las innumerables críticas que había recibido tras la publicación de su manuscrito sobre el juicio de Eichmann. Entre otras cosas, se la acusaba hasta de cierto cariz antisemita, de disculpar al acusado y de atribuir la responsabilidad del Holocausto a las entidades judías. Sin embargo, una lectura afanosa de la obra demuestra la comicidad de dichas acusaciones: lo que Arendt había recalcado era, por un lado, que Alemania —mejor dicho, el gobierno de la República Federal Alemana— había comenzado a aplicar con celeridad verdaderas medidas de búsqueda de nazis y depuración de sus organismos sobre todo a raíz del anuncio del juicio a Eichmann en Jerusalén y que, por otro lado, que el impacto del Holocausto estuvo amplificado en cierta medida por la acción colaboradora de asociaciones y agrupaciones judías. Se encargaba de desmontar la imagen indulgente, que aún hoy persiste, de la Alemania absolutamente concienciada en depurarse del nazismo y en la comunidad judía como víctima indiscutiblemente suprema.

Pero pocos repararon en lo verdaderamente importante que se había desvelado con ello: que el mal y su aplicación no tenían por qué venir, y de hecho es algo que casi nunca sucedía, de un ser monstruoso e inhumano. A lo largo de estas páginas intentaremos ofrecer una aproximación rigurosa del mal banal teniendo en cuenta el escenario actual de grave vulneración de los derechos humanos a escala internacional. Un mundo azotado por la guerra imperialista, la inmigración masiva y los abusos policiales invita a recuperar la reflexión arendtiana. En concreto nos ocuparemos, por la brutal paradoja que se genera, de la actividad terrorista que el Estado de Israel perpetra a diario sobre la sociedad palestina.

  1. La banalidad del mal

La expresión «banalidad del mal», que subtitula la obra Eichmann en Jerusalén, fue acuñada por Arendt para dar cuenta de un fenómeno que había carecido de descripción hasta el momento. En principio, contrasta con la visión del mal que ofrecería diez años antes en Los orígenes del totalitarismo, donde tiene para ella un carácter radical representado en los campos de concentración y exterminio que el Tercer Reich empleó de manera sistemática. Lo fundamental para que el genocidio hubiera podido llevarse a cabo con tanta eficacia se encontraba en la manera de disponer a la víctimas: el campo, más que el lugar donde alojar y explotar económicamente a los presos, funcionaba también como un dispositivo deshumanizador, encargado de anular moral y jurídicamente a los individuos, para proceder después a la eliminación física sin contar con resistencia alguna. En otras palabras, era el previo asesinato moral y civil el que posibilitaba el definitivo asesinato físico, como bien atestiguan prácticamente todas las crónicas de la materia, entre las que sobresale de forma incontestable Si esto es un hombre, de Primo Levi. La institución totalitaria por excelencia comete el mal de una manera extrema ayudándose de la anulación de la individualidad y colonizando todos los espacios de la vida. Pero lo que Arendt observa más tarde, en 1961, durante la celebración del juicio y la posterior consulta de las actas, es algo completamente diferente: el mal queda despojado de ese aura temible —es banal stricto sensu— y aparece tan sólo como la consecución de una serie de órdenes en cadena que emana siempre de niveles superiores. Al contrario de lo que popularmente se creía, de modo trivial, no era Hitler personalmente (ni tampoco lo son el resto de dictadores del mundo) quien ejecutaba y urdía los planes de exterminio, sino que tenía a su disposición toda una maquinaria de funcionarios, oficinas y secciones que se encargaban de diseñar y aplicar las políticas concretas para alcanzar ese objetivo, convirtiéndose en los responsables últimos —por eso es absurdo intentar leer aquí, como hicieron muchos, un ápice de exculpación—. El debate se abre, entonces, en torno a la posibilidad de considerar la naturaleza de esa responsabilidad, que nadie niega. Es decir, ¿toda aquella ingeniería de la muerte seguía funcionando por convicción o por costumbre? La duda que asalta a Arendt tras conocer más profundamente al sujeto sometido a juicio consiste en determinar cómo era posible que el sujeto se sintiese irresponsable de su actividad durante tantos años. Desde el primer momento, Adolf Eichmann se nos aparece como un ciudadano con una formación bastante mediocre y unas capacidades intelectuales poco desarrolladas. El retrato que nos ofrece Hannah Arendt contribuye incluso a suscitar algo de lástima: incapaz de alcanzar otro nivel, siempre utilizaba las mismas frases hechas, que repetía constantemente, por lo que sus explicaciones resultaban pobres e insuficientes. No obstante, también es verdad que Eichmann sostuvo en todo momento que no sentía ningún tipo de aversión hacia los judíos, nunca se declaró antisemita y dijo sentir un sincero horror al presenciar la actividad de algunos campos de trabajo y exterminio. Sabía, por lo tanto, que aquello carecía de toda ética, pero acudía cada día a trabajar, intentó cumplir todas las tareas que le encomedaron, ascendió considerablemente en la gradación correspondiente y jamás se rebeló —como tampoco otros miles de trabajadores del Reich—. La naturaleza de su actuación tenía que residir en otra parte, y es en este punto donde Arendt piensa que es con la anulación de la capacidad reflexiva del individuo como se consigue un rendimiento exento de juicios morales propios.

A través del análisis de las declaraciones del acusado y de más testimonios, así como de cartas y otros documentos, la filósofa puede reconstruir mediante qué técnicas disciplina el régimen moral e ideológicamente a su burocracia. En primer lugar, cabe destacar la concepción del genocidio como una tarea histórica. Presentando la limpieza étnica como un mandato superior e ineludible, desaparece el foco de responsabilidad: es algo que no está sujeto a la voluntad, sino que es una obligación ininteligible, y por tanto no hay alternativa («la orden de solucionar el problema judío es la más terrible orden que una organización podía recibir») —un caso típico, a su vez, de la conocida mala fe sartreana—. En este sentido, Eichmann, aunque consciente de que contribuía a acabar con la vida de miles de seres, no se concebía a sí mismo como un asesino. Este sentimiento «de Poncio Pilatos» es el que determinó su papel en toda esta historia. Rodeado de personalidades superiores, entendió siempre que su papel era subordinado, limitado a acatar los acuerdos y, en el fondo, víctima de su propia modestia, como dice Arendt («¿Quién era él para juzgar?»). En la obediencia radica, precisamente, la esencia del mal banal. Y es que, en un contexto determinado, ni Eichmann ni ninguno de sus empleados estaban cometiendo un delito. Antes bien, el delito hubiera aparecido de no haber cumplido con sus tareas. Según el marco legal nazi, las actividades realizadas por el acusado no eran en absoluto constitutivas de delito y, siendo retorcidos, podríamos decir que Eichmann era inclusive un buen ciudadano que se limitaba a obedecer a la ley en vigor. ¿Eso lo exime de responsabilidad frente a los derechos humanos que vulnera? Obviamente no, pero supone una muy buena coartada en el relato personal de los hechos. En última instancia, para los personajes mediocres y, en general, para cualquiera de los alemanes corrientes, llegaba a ejercer mucha fascinación la mitificación de la tarea y del líder, y también eso determinó en buena medida el seguidismo ciego de Eichmann: puede que la misión hitleriana estuviera equivocada, pero era honorable en términos de esfuerzo y entrega («Para mí, el éxito alcanzado por Hitler era razón suficiente para obedecerle»). Volviendo al principio, sería un sacrificio fútil afanarse en encontrar en la persona de Eichmann al asesino sanguinario, consciente y orgulloso de su labor; puede que tras la larga búsqueda sólo halláramos a una persona completamente irreflexiva sumida en el combate de sobresalir de la mediocridad a través del ascenso político y social. Las palabras de Arendt en el epílogo resultan muy necesarias a este respecto:

Eichmann no era un Yago ni era un Macbeth, y nada pudo estar más lejos de sus intenciones que «resultar un villano», al decir de Ricardo III. Eichmann carecía de motivos, salvo aquellos demostrados por su extraordinaria diligencia en orden a su personal progreso. Y, en sí misma, tal diligencia no era criminal; Eichmann hubiera sido absolutamente incapaz de asesinar a su superior para heredar su cargo. Para expresarlo en palabras llanas, podemos decir que Eichmann, sencillamente, no supo jamás lo que se hacía. (…) Únicamente la pura y simple irreflexión —que en modo alguno podemos equiparar a la estupidez— fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo. Y si bien esto merece ser clasificado como «banalidad», e incluso puede parecer cómico, y ni siquiera con la mejor voluntad cabe atribuir a Eichmann diabólica profundidad, también es cierto que tampoco podemos decir que sea algo normal o común.

Todo esto nos permite pensar que, al final, Eichmann era el chivo expiatorio para exponer unos crímenes que no necesitaban más pruebas o explicaciones. Estaba condenado desde el principio y, a diferencia del juicio de Nuremberg, éste servía básicamente para ajustar las cuentas del Estado de Israel con su pueblo. Sin embargo, el relato de los hechos es imprescindible para rememorar, por ejemplo, la visión weberiana de la burocracia, que se torna brillante y acertada, y que constituye realmente la base sobre la que Arendt puede desplegar su propuesta sobre la banalidad del mal. En el fondo, el mal banal sólo es posible en el marco de una burocracia mastodóntica que actúa poco más o menos que con vida propia, porque lo propio de la acción racional es la consecución de los fines propuestos, no la reflexión racional del proceso mediante el cual se conseguirán esos fines —en este caso, como se ve, son dos cuestiones totalmente diferentes que han podido estar históricamente mal entendidas: lo racional de acuerdo al cálculo no tiene por qué ser lo mismo que la reflexión racional—. Este imperio de Nadie, como lo denomina Arendt, y que tanto preocupaba a Max Weber, tiene en el régimen nazi y en la forma totalitaria de gobierno una expresión culminante, cuya capacidad consiste, lamentablemente, en rebasar cualquier limitación de índole moral y capaz, por tanto, de llegar al genocidio.

  1. La expansión imperialista de Israel: ¿otro caso de banalidad del mal?

Como decíamos al inicio, la actualidad del mal banal es indiscutible. Aunque el discurso que se impuso tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial fue el del tremendo arrepentimiento que el conjunto del mundo sentía ante las atrocidades cometidas, la realidad reincidía y reincide en la repetición de muchas de esas atrocidades. Las guerras y sus resultados funestos se han seguido produciendo, y a día de hoy parece ser el único lenguaje que Estados Unidos y sus aliados quieren hablar con Oriente Medio. Las víctimas civiles son ya innumerables, los ingentes movimientos migratorios —que precisamente Hannah Arendt describe muy bien en los primeros capítulos del libro— no han cesado y el concepto de genocidio no ha perdido validez. Hay concretamente un caso que produce, como mínimo, perplejidad: la expansión imperialista que el Estado de Israel ha estado llevando a cabo desde 1948 sobre territorio palestino. Los sucesos aparentan escapar de toda lógica si se tiene en cuenta que es el Estado nacido directamente de las consecuencias políticas del Holocausto el que se empeña a día de hoy en repetir la experiencia de saqueo, expulsión, reclusión y asesinatos en masa, pero en este caso sobre los árabes palestinos. La actuación del Israel contemporáneo, que se inscribe sin duda alguna dentro de los tradicionales métodos imperialistas de conquista y explotación, tiene también similitudes ideológicas con el discurso nazi, en el sentido de que ambas potencias aludían a un pasado glorioso y casi místico —unos, la pureza de la raza aria y otros, la tierra del rey David— que pretenden reconstruir en el presente, cueste lo que cueste. Las motivaciones políticas que llevaron a la creación del Estado de Israel sobre la supuesta “tierra prometida”, como si ello fuera una “deuda” que la Humanidad contrajo con la comunidad judía por los sufrimientos provocados por la shoah, la enorme presión del lobby judío o la férrea defensa, alianza y colaboración económica y militar que los Estados Unidos han promovido para asegurarse una posición geoestratégica privilegiada son elementos que no pueden escapar a nuestro análisis, y que son, a nuestro juicio, determinantes en el desarrollo de los acontecimientos.

El debate que el mal llamado conflicto palestino-israelí puede suscitar al hilo de la banalidad del mal no se encuadra en la afirmación o negación del derecho de la comunidad judía a constituirse en un Estado propio —ésa es una discusión legítima, como también podrían serlo los casos de gitanos o kurdos—, sino en el empleo de según qué métodos para conseguirlo.

Como bien es sabido, el ejército israelí es la piedra de toque de la actividad abiertamente terrorista —vamos a decirlo— que dicho Estado perpetra sobre la población palestina. Haciendo uso de la propuesta teórica arendtiana, y teniendo en cuenta que, por ejemplo, el servicio militar en Israel es obligatorio para todos los ciudadanos, podemos investigar la hipótesis de que parte de los soldados y de la burocracia israelí estén siendo ejecutores del mal banal. De hecho, el servicio militar israelí es conocido por su afán adoctrinador, al igual que el sistema educativo: la imagen ofrecida sobre el conflicto y sobre los vecinos árabes se basa en la inversión de los papeles de víctima y verdugo. De nuevo, como decíamos en el epígrafe anterior, la misión israelí parece carecer de alternativas: escudándose en la espiral de violencia que se genera, pareciera que no queda otra salida que ejecutar los ataques militares prácticamente diarios. Las tácticas propagandísticas, que también recuerdan en cierto sentido al régimen nazi, se encargan de construir un “otro” enemigo, personificado en el árabe, al cual es legítimo combatir.

Podría ser interesante, por tanto, emprender una investigación sociológica de campo mediante la cual poder conocer la visión de los Eichmanns israelíes que, con su trabajo brillantemente desempeñado, permiten y contribuyen a sostener una de las situaciones de desigualdad y ocupación más flagrantes de nuestra época. A pesar de que la clase dominante, como en su momento lo fueron Hitler, su camarilla y los grandes empresarios alemanes, no tengan ningún tipo de duda respecto a los objetivos e intereses que se persiguen con la hostigación constante a los palestinos, sería atrevido afirmar que toda la población de Israel actúa habiendo reflexionado perfectamente los motivos morales que les impulsan. Para gran parte de la población israelí no existe contradicción ética en el confinamiento de unos seres humanos y en la destrucción cotidiana de Gaza. Son, como el funcionario nazi, culpables, cómplices, pero no tienen un rostro inhumano. Gracias a la aproximación honesta y fría, distante respecto a sus inclinaciones más personales, que elabora Hannah Arendt podemos entender los resortes internos que permiten que esta maquinaria de aniquilación del capitalismo moderno, sea cual sea, se perpetúe con tanta fuerza.

  1. Referencias

ARENDT, H. (2014). Eichmann en Jerusalén. Madrid: Debolsillo.

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