También se aprende a ser

Llegaron a Curvaldia. El país estaba irreconocible. En lugar de las aldeas había surgido ciudades con mansiones de piedra, y molinos, y canales.
—He vuelto, buena gente, para quedarme con vosotros…
—¡Viva! ¡Bien! ¡Viva él! ¡Viva la novia!
—Esperad para desfogar vuestra felicidad a la noticia que voy a daros: el emperador Carlomagno, ante cuyo sagrado nombre os inclinaréis de ahora en adelante, me ha investido del título de Conde de Curvaldia.
—Ah… Pero… ¿Carlomagno…? Realmente…
—¿No lo entendéis? ¡Ahora tenéis un conde! ¡Os volveré a defender de las vejaciones de los Caballeros del Grial!
—Oh, a ésos hace mucho que los expulsamos de toda Curvaldia. Ya veis, durante mucho tiempo obedecimos siempre… Pero ahora hemos visto que se puede vivir bien sin deber nada a caballeros ni a condes… Cultivamos las tierras, hemos montado talleres de artesanos, molinos, tratamos por nuestra cuenta de hacer respetar nuestras leyes, de defender nuestros confines, en fin, salimos adelante, no nos podemos quejar. Sois un joven generoso, y no olvidamos lo que habéis hecho por nosotros… Sí, querríamos que os quedarais aquí… pero como iguales…
—¿Cómo iguales? ¿No me queréis como conde? Pero ¡es una orden del emperador!, ¿no lo entendéis? ¡Es imposible que os neguéis a acatarla!
—Bueno, siempre se dice eso: imposible… También quitarse de encima a los del Grial parecía imposible… Y entonces teníamos sólo podaderas y horquillas… No queremos mal a nadie, señorito, y a vos menos que a nadie… Sois un joven que vale mucho, sois experto en cosas que no sabemos… Si os quedáis aquí a la par con nosotros y no hacéis desafueros, quizá os convirtáis en el primero de nosotros…
—Turrismundo, estoy cansada de tantas peripecias —dijo Sofronia, alzando el velo—. Esta gente tiene aspecto razonable y cortés y la ciudad me parece bonita y mejor abastecida que muchas… ¿Por qué no tratamos de llegar a un acuerdo?
—¿Y nuestro séquito?
—Se convertirán en ciudadanos de Curvaldia —respondieron los habitantes—, y recibirán según lo que valgan.
—¿Tendré que considerar como igual a este escudero, Gurdulú, que ni siquiera sabe si es o no es?
—Aprenderá también… Tampoco nosotros sabíamos que estábamos en el mundo… También se aprende a ser…

El caballero inexistente, Italo Calvino (1959)

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