El gesto con que uno se rinde

LA MADRE. Mi hermano cree que no soy una buena españo­la. Dice que debería dejar que Juan fuera al frente.

EL MUCHACHO. ¡Y yo también! ¡Nuestro puesto está allí!

EL CURA. Ya sabe, señora Carrar, que a mi leal saber y enten­der considero acertada su postura. El clero bajo apoya en muchas regiones al gobierno legítimo. De las dieciocho diócesis de Bilbao, diecisiete se han declarado a favor del Gobierno. No pocos de mis hermanos están en el frente. Algunos han caído ya. Pero yo no soy en absoluto combatiente. Dios no me ha concedido el don de llamar a mis feligreses, fuerte y claro, a la lucha por… -busca la pala­bra- …por cualquier cosa que sea. ¡Yo sigo la palabra del Señor! ¡No matarás! No soy rico. No tengo ningún con­vento y comparto lo poco que tengo con mis feligreses. Eso es quizá lo único que puede dar algún peso a mis pa­labras en unos tiempos como éstos.

EL OBRERO. Desde luego. Pero la cuestión es saber si no es usted combatiente. Entiéndame. Si, por ejemplo, detie­ne a un hombre al que están a punto de matar y que quiere defenderse, diciéndole: ¡no matarás!, para que lo maten como a un pollo, quizá esté usted tomando parte en la lucha, quiero decir a su modo. Perdone que se lo diga.

EL CURA. De momento tomo parte en su hambre.

EL OBRERO. ¿Y cómo cree que podremos recobrar ese pan nuestro de cada día que pide en el Padrenuestro?

EL CURA. Eso no lo sé, sólo puedo rezar.

EL OBRERO. Entonces quizá le interese saber que ayer noche Dios hizo que los barcos de víveres se dieran otra vez la vuelta.

EL MUCHACHO. ¿De verdad?… ¡Madre, los barcos se han dado la vuelta!

EL OBRERO. Sí, ésa es la neutralidad. De pronto: ¿Usted tam­bién es neutral?

EL CURA. ¿Qué quiere decir?

EL OBRERO. Bueno, ¡partidario de no intervenir! Y al estar por la no intervención, aprueba en definitiva el baño de sangre que esos generales quieren dar al pueblo español.

EL CURA, llevándose las manos a la cabeza como para defenderse: ¡Yo no lo apruebo!

EL OBRERO, mirándolo con los ojos entrecerrados: Tenga un momento las manos así. En esa postura, cinco mil de los nuestros tuvieron que salir en Badajoz de sus casas cercadas. Y en esa postura los fusilaron.

LA MADRE. ¿Cómo puedes hablar así, Pedro?

EL OBRERO. Se me ha ocurrido que el gesto con que se desa­prueba algo se parece horriblemente al gesto con que uno se rinde, Teresa. He leído a menudo que la gente que se lava las manos con inocencia lo hace en una palanga­na llena de sangre. Y luego se les ve en las manos.

Los fusiles de la señora Carrar, Bertolt Brecht

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