Una torre de marfil

Ellos [el grupo de Bloomsbury] tenían sus reglas establecidas: honestidad, inteligencia, gusto, devoción por las artes y refinamiento social. Ninguno de ellos permitió jamás que en sus escritos dominara la vanidad o la amistad, ni los prejuicios políticos o religiosos, y no eran de la gente que cree compensar sus propias debilidades y deficiencias atacando a los demás. Sin embargo, es necesario admitir que vivían —no individualmente, que no hubiera importado, sino colectivamente— en una torre de marfil. Maynard Keynes tenía sus raíces fuera de allí, lo mismo que Leonard Woolf, en el mundo de la política, y Roger Fry era un hombre demasiado activo y dado a la cosa pública como para dejarse confinar. Pero los otros eran prisioneros de su propia tela de araña de amistades mutuas, de su modo de vida conformista y de su más bien estrecha y —como ellos mismos sostenían— retorcida filosofía de Cambridge. Virginia Woolf, todo hay que decirlo, siempre supo de la existencia de la mecanógrafa que hace la cola para comer en un salón de té barato y de la anciana que solloza en un vagón de tercera, pero también ella estaba demasiado atada a su grupo por su nacimiento, sus aficiones sociales, sus deseos de lisonja y alabanza, y solamente podía echar una ojeada distante e incómoda al exterior. Su sentido de la precariedad de las cosas, que da toda su seriedad a su obra, procedía de su vida privada, de la impresión por la muerte de su hermano Toby y de su experiencia de la locura. Pero el «ethos» de su grupo y, por supuesto, su entera y culta educación victoriana, la separaron de la cruda visión de la naturaleza humana que un novelista necesita y le hicieron desarrollar una concepción poética y mística de las cosas que resulta, por lo menos en mi opinión, demasiado subjetiva. Cuando uno relee sus obras, percibe la facilidad y la belleza de muchas de ellas, así como un cierto sonido amortiguado, una calderoniana impresión de que la vida no es más que un sueño, cosa que produce una cierta insatisfacción. Porque para convencer a alguien de que la vida es sueño primero hay que demostrarle, y con bastante claridad, que lo que se pone ante él es la vida.

Al sur de Granada, Gerald Brenan

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