San Mateo

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En 1602, un cuadro de San Mateo debía presidir el altar de una iglesia de Roma. El santo tenía que ser representado escribiendo el evangelio y, para simbolizar que el evangelio es la palabra de Dios, un ángel tenía que aparecer inspirándole los escritos. Un joven Caravaggio, a quien se le había encargado dicha obra, reflexionó sobre las condiciones en las que un pobre anciano jornalero como era San Mateo se habría puesto de pronto a escribir un libro. El resultado de esta idea dio lugar la representación de un San Mateo descalzo, sucio de polvo, con la calva descubierta, sosteniendo sobre sí un pesado libro y con la frente arrugada ante la insólita necesidad de escribir. A su lado un ángel adolescente guía suavemente la mano encallecida del anciano, al igual que hace un maestro cuando está enseñando a escribir a un niño. Esta propuesta fue rechazada y escandalizó a las autoridades, quizás porque juzgaban excesiva su sensualidad y porque el santo parecía carecer de la voluntad firme y consciente que deben tener los seguidores de Dios.

Caravaggio tuvo que repetir el cuadro y, aunque intentó aportarle vida y carácter, la representación se sumió en lo ordinario que suponen la separación de las dos figuras y el aspecto circunspecto del santo. Parece, casi sin duda, una obra menos sincera.

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