Sencillez

El solitario —que ha estado en la cárcel—
regresa a la cárcel
cada vez que muerde un pedazo de pan.
En la cárcel soñaba con las liebres que huyen
sobre el mantillo invernal.
En la niebla de invierno,
vive el hombre entre muros y calles, bebiendo
agua fría y mordiendo un pedazo de pan.

Uno cree que luego renace la vida,
que el aliento se calma, que regresa el invierno
con el olor del vino en la tibia hostería,
y el buen fuego, el establo, y las cenas. Uno cree,
si está dentro uno cree. Pero si sale una noche,
y han cogido las liebres, y al calor se las comen
los otros, alegres. Hay que mirarlos detrás de
los cristales.

El solitario se atreve a entrar para beber un
vaso
cuando en verdad se hiela, y contempla su vino:
el color de humo, el sabor pesado.
Muerde el trozo de pan, que a liebre le sabía
en la cárcel, pero ahora ya no sabe ni a pan
ni a nada. Y hasta el vino no sabe más que a niebla.

El solitario recuerda aquellos campos,
contento
de saberlos ya arados. En el salón, desierto,
muy bajito, se intenta cantar. Ve, de nuevo,
a lo largo del dique el mechón de las zarzas
desnudas
que en agosto fue verde. Da un silbido a la
perra
y aparece la liebre, y ya no tienen frío.

Cesare Pavese, Trabajar cansa, 1935

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