Los griegos la llamaban alada

El análisis científico del lenguaje ha revelado propiedades sorprendentes, inesperadas, bajo la trivialidad de comprobaciones conocidas desde hace siglos. La palabra se desarrolla en el tiempo. Los griegos la llamaban alada. Nada tan fugaz como este fenómeno temporal. Apenas pronunciada, la palabra muere. Apenas enunciado, el pensamiento desaparece si no es retomado por otro pensamiento o por un recuerdo. Y sin embargo ese fenómeno fugaz, ese acontecimiento puro, se inscribe especialmente en la escritura. Ésta tiene su historia y se ubica en la historia. Tuvo enormes consecuencias de orden sociológico. (pág. 36.)

Se ha insistido demasiado, en nuestra opinión, en la escritura. Es cierto que las consecuencias de la escritura, inmensas, se desarrollan a través de los siglos y las civilizaciones, incluida la de Grecia. Las lenguas, leídas, se convierten en “objetos”. La escritura es patrimonio de grupos primitivos, esbozos de clases: escribas, sacerdotes, administradores. Se la dota de un prestigio fabuloso: las Escrituras, las inscripciones, los textos sacro-sagrados. Por ello, convertida en cosa, la palabra parece eterna. Pero al mismo tiempo se puede examinar más libremente el texto escrito, separado del hombre (héroe, sacerdote, rey) que pronunció las palabras. Se puede profesar el escrito, quemar las tabletas, destruir las piedras. Se puede dudar del escrito o —lo que viene a ser más o menos lo mismo— especular acerca de él, interrogarse en cuanto a las relaciones entre los elementos de la escritura, las letras y las palabras. (…) Lo esencial, sin duda, es que la palabra deja de ser sólo la sede de la mediación y el medio (el intermediario) de la comunicación, para convertirse en instrumento. Se convierte en discurso, en instrumento de dominio, en medio de Poder. Por el discurso se llega al Poder, o se lo mantiene. (pág. 255.)

Desde el comienzo de su obra, Marx sometió a una dura crítica las ambiciones y pretensiones de los filósofos. En lo que respecta al lenguaje, las tesis marxistas se precisaron en la Deutsche Ideologie, escrita hacia 1845 por Marx con la colaboración de Engels. Los autores establecen que no existe pensamiento ni conciencia sin ese respaldo sensible: el lenguaje. De ello resulta que el pensamiento y la conciencia son hechos esencialmente sociales. «De la misma manera que convirtieron en fetiche el pensamiento, así los filósofos tuvieron que hacer del lenguaje un reino soberano». Pero no es así.
Las representaciones, las ideas, tienen su origen en el “comercio” de los hombres entre sí, en los intercambios, en la comunicación de las conciencias, en las actividades reales que constituyen la praxis (práctica social). Para formularlas hacen falta teóricos. Estos ideólogos destacan y unen entre sí las significaciones vagas, que despuntan aquí y allá en la praxis. Extraen de ellas tesis generales, coherentes, sistematizadas en la medida de lo posible: las ideologías, incluidas las religiones, las filosofías, las morales. Parten, pues del “lenguaje de la vida real” para elaborar sus representaciones y crear “el lenguaje de la política, de las leyes, de la religión, de la moral, de la filosofía”, Las grandes ideologías produjeron, pues, el lenguaje; entran en las conciencias por medio del lenguaje. Buscaron y quisieron dar cierto sentido al hombre, al mundo, a la vida. Sus interpretaciones del mundo operaban y producían en el lenguaje (y por lo tanto en las conciencias) palabras, giros. De ahí su extraordinaria eficacia.
Las ideologías no penetran desde afuera en las conciencias. Jamás desdeñaron, para imponerse, la compulsión y la violencia, pero se insinúan: persuaden. Los hombres adhirieron y siguen adhiriendo a las ideologías. Matan y mueren por ellas, hasta cuando esas representaciones no expresan en forma directa sus necesidades, ni sus aspiraciones, ni a su clase.
La crítica de las ideologías puede hacerse por el camino teórico. Esa crítica, necesaria, no es suficiente. «El problema que consiste en saber cómo descender del mundo de los pensamientos al mundo real, se transforma en el problema de saber cómo descender del lenguaje a la vida». Las ideologías invaden el “lenguaje de la vida real”, la praxis, y sólo en la praxis y en la historia los sentidos se revelan como contrasentidos. La experiencia humana (en el sentido que le da Hegel, pero profundizada por el marxismo) es la única que puede poner fin a los sentidos, a las interpretaciones superadas. El lenguaje es un tesoro, un depósito, como dicen los lingüistas. Las palabras, para ellos, son demasiado “positivas”, cuando no metafóricas. En ese depósito hay de todo. El tesoro contiene falsos diamantes al lado de los verdaderos. Su inventario sólo puede llevarse a buen puerto de forma crítica. Hay significaciones y sentidos que rechazar, que destruir. No todo lo que tuvo significación y sentido para las conciencias puede ser aceptado y homologado. El problema consiste en captar la relación del lenguaje con la “vida real”, es decir, con la praxis. Si el lenguaje contiene a la vez verdades y mentiras, ilusiones y realidades, debemos encarar el doble paso del lenguaje a la vida y de la vida al lenguaje. O si se quiere, de las estructuras lingüísticas a las sociales y viceversa. La filosofía, con Hegel, con Husserl, plantea el problema. Busca una respuesta, no la da. (pág. 71.)

Henri Lefebvre, Lenguaje y sociedad, 1967

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