Observadora de amores ajenos

Miércoles, 30 de diciembre
Al parecer, mi función en esta vida es ser observadora de amores ajenos, posibles o no. Largas conversaciones telefónicas (curioso: la gente prefiere comunicarse conmigo telefónica que personalmente; ¿será mi carencia de belleza?, ¿mi mirada fija y enloquecida?, ¿mi voz, bastante sugestiva por su gravedad, a pesar del tartamudeo?), bueno, largas conversaciones telefónicas: me cuentan y yo apruebo o no, exclamo, callo, me asombro, consuelo, doy ánimos, filosofo, freudeo, cabalgo sobre lo narrado y le animo a la máxima velocidad. Una hora después, la sesión ha terminado. Corto. Estoy exhausta. A los dos segundos me olvido de lo que me dijeron y de la persona que me lo dijo y maldigo mi falta de tiempo, que me impide dedicarme a la creación.
Pero por una hora no estuve sola, me engañé con la acariciada idea de tener una amiga con la que me comunico y comparto penas y alegrías. ¡Al diablo! En este mundo neurótico no es posible la amistad. Yo estoy casi loca. S., también, o del todo. E., O., M., C.,R., todos despojos absurdos, corriendo y huyendo.Pero la locura máxima la comparten C., y S., mis dos“amigas del alma” de este año 1959. C., particularmente, que está a punto para ser llevada al hospicio y que me da un poco de miedo el sólo recordar que estuvo en mi habitación y durmió conmigo. S. no está tan mal, pero hoy la odio porque no quiso venir aquí. En verdad, la única culpable soy yo. Es de preguntarse si se hubiera hecho mi amiga si yo no hubiera exagerado mi máscara de comprensiva –analista – amiga de lesbianas sin serlo – paciente, etc. Recordar que hace dos semanas me trató mal, a causa de una cosa sin importancia, y ello porque estaba A.M. B. y S. teme mi ingenio brillante que sobrepasa el de ella. 
Ahora estoy resentida con S. y sólo yo tuve la culpa. Porque debo aceptar mi soledad. (Pero tengo tanto miedo de perder todo contacto con el género humano, de volverme loca de soledad.) Yo no me siento sola, me siento abandonada, que es peor y que significa una soledad trágica, recorrida de odios, no una soledad creadora, rilkeana. En suma, me doy asco. Cada vez que hablo y sonrío y soy cordial y afable, me doy asco porque sé que lo hago para defenderme: simulo bondad, para que no me castiguen ni abandonen, para que me quieran y me ayuden, etc. Pero me desprecio y me repugno y sólo amaré al ser que me ame como soy, callada y de hielo, hecha de silencio y de dolor. Y cuando no precise ser otra ni fingir más, o al menos fingir muy poco, entonces habrá llegado la paz, el amor, la dulzura. Toda esta farsa me rompe el ser, me desarticula, me pierde y me enloquece. Hay que aceptar el abandono y la soledad.
Alejandra Pizarnik, Diarios
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