Su propia prueba ontológica

Tal y como ya Deleuze vio claro, no se puede suministrar por adelantado un criterio inequívoco que nos permita demarcar el estallido de violencia «falso» del «milagro» de la auténtica ruptura revolucionaria. La ambigüedad es en este caso irreductible, puesto que el «milagro» sólo puede darse a través de la repetición de fracasos anteriores. Y éste es también el motivo de que la violencia sea un ingrediente necesario de cualquier acción política revolucionaria. Es decir, ¿cuál es el criterio para una acción política en sentido estricto? No hay duda de que el éxito como tal no cuenta, aunque lo definamos en el sentido dialéctico de Merleau‐Ponty, como apuesta de que el futuro redimirá retroactivamente nuestras horribles acciones del presente (así es como Merleau-Ponty proporciona en su «Humanismo y terror» una de las justificaciones más inteligentes del terror estalinista: retroactivamente, quedará justificado si su resultado final es la verdadera libertad) tampoco sirve la referencia a unas normas éticas abstractas‐universales. El único criterio es aquel absolutamente INHERENTE: el de la UTOPÍA EN ACTO. En una verdadera ruptura revolucionaria, el futuro utópico ni está sin más plenamente realizado, presente, ni se evoca meramente como una promesa distante que justifica la violencia actual; es más bien como si, en una suspensión única de la temporalidad, en el cortocircuito entre presente y futuro, se nos permitiera —como por gracia divina—, por un breve lapso de tiempo, actuar COMO SI el futuro utópico estuviera (todavía no del todo presente, pero) ya al alcance de la mano, ahí, sin más, listo para ser aferrado. La revolución no se vive como una miseria presente que tenemos que soportar para la felicidad y la libertad de las generaciones futuras, sino como una miseria presente sobre la que esas felicidad y libertad futuras ya proyectan su sombra: en ella, YA SOMOS LIBRES MIENTRAS LUCHAMOS POR LA LIBERTAD, YA SOMOS FELICES MIENTRAS LUCHAMOS POR LA FELICIDAD, no importa cuán difíciles sean las circunstancias. La revolución no es una apuesta merleau‐pontiana, una acción suspendida en el futur antérieur [«futuro anterior»], que se verá legitimada o deslegitimada por el resultado a largo plazo de las acciones presentes; es, por así decirlo, SU PROPIA PRUEBA ONTOLÓGICA, un índice inmediato de su propia verdad.
 
Slavoj Žižek, Repetir Lenin
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