El arte de abstraer

Seleccionar distintivos para los lugares de la acción no es lo mismo que inventar símbolos. Un símbolo para una fábrica sería un castillo. Serviría para todas las fábricas y seguiría siendo el mismo para una fábrica a lo largo de las diferentes escenas de una obra. Con él queda simbolizado un solo rasgo de todas las fábricas y se ha hallado una expresión intemporal. Pero, ¿qué sucede si el castillo es volado en pedazos? ¿A dónde va a parar la fábrica? Lo mismo ocurre cuando se simboliza el capital con un bloque de oro, un juego vacío, ya que el oro no es en sí capital, y la codicia del oro no es en sí la codicia de la mercancía fuerza de trabajo. Esta clase de simbolismo favorece la superstición (fomentada por algunos que se benefician de ella) de que la humanidad está dominada por algunas ideas o instintos primarios de carácter eterno. Las señales a las que nos referimos aquí, sin embargo, son alusiones realistas al entorno de las personas del drama, y estudiarlas proporciona claridad sobre los procesos sociales que están en marcha y que hay que poner en marcha. La imitación de la vista de una fábrica dice poco —hubo un tiempo en que viendo un patio de fábrica en medio de pueblos en donde se trabajaba en casa se veía un testigo de un fenómeno revolucionario—, pero más vacíos, más peligrosos son los símbolos que no dan ningún margen para transformaciones. El arte de abstraer ha de ser aplicado por realistas.

(…)

Cuando el capitalismo ya había transformado con gran éxito bosques y colinas en artículos comerciales y los había integrado en el gran aparato de las fuerzas sociales, sus artistas seguían atribuyendo carácter natural a productos evidentemente sociales, es decir, describían como si fueran puros productos naturales casas, sillas, incluso iglesias. Las dimensiones de unas habitaciones se consideraban como las de unas cuevas excavadas por el mar en la roca calcárea. Y nueve de diez tocones no eran de madera devorada por el proceso productivo, restos de árboles talados, y las sillas seguían siendo tanto asientos como tocones. Sin duda una silla no es, sin más, una característica definitiva de determinadas relaciones humanas y determinados procesos sociales, pero unida a otras y a otros elementos en un cuarto de estar, es decir, como característica de un cuarto de estar, es una característica útil de la actuación de las fuerzas sociales, un testigo de la explotación y de la opresión social.

Bertolt Brecht, Escritos sobre teatro

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