Son dos asuntos, señor

Ya cuarenta años antes había señalado Núñez de Herrera, refiriéndose a las Semanas Santas de los años veinte y principios de los treinta, cómo «no hay inconveniente para que los sindicalistas, por ejemplo, se sientan nazarenos: bajo el capuchón, la CNT, y en los estandartes el S.P.Q.R.»; como también podía ser realidad en aquel tiempo que en la casa de un anarquista herido por los tiros de los guardias de asalto, hubiera «en la cabecera del lecho una estampa de la Virgen de la Estrella y bajo el colchón dos pistolas». Y cómo el nazareno «envuelve sus sandalias en el último número de El socialista», aunque haya leído a Hegel y sepa de la interpretación materialista de la Historia, ya que «ahora no se trataba de eso. No se trataba de Largo Caballero. Pero, ¡cuidado!, tampoco del Sumo Pontífice. Se trata de la Semana Santa». Lo que explica que «el último nazareno esté contento. No siente haberle hecho traición a nadie. Ni siquiera a la Segunda Internacional. Él es, primero, sevillano. Por lo demás, ha cumplido su deber. En la puerta del Ayuntamiento, unos jóvenes tradicionalistas gritaban: ¡Viva la Religión Católica Apostólica Romana! Y él fue uno de los diez mil que pusieron las cosas en su sitio: ¡No! ¡Que viva la Semana Santa! Son dos asuntos, señor».

Isidoro Moreno Navarro, La Semana Santa de Sevilla. Conformación, mixtificación y significaciones

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