Sobre

“Ir sin amor por la vida es como ir al combate sin música,
como emprender un viaje sin un libro,
como ir por el mar sin estrella que nos oriente”.
Stendhal

Atenta, veo a través de la ventana cómo se desgajan lentamente las nubes mientras la brisa tenue las mece en cuna celestial. De la gran masa brumosa se independizan unas y otras con la violencia silenciosa y dulce que caracteriza al cosmos. Es un movimiento casi imperceptible, pero frenético si se mira con los minúsculos ojos parduzcos de los pajaritos que, sorprendidos ante tal revolución algodonada, cambian su vuelo de rumbo con un piar estridente.

Las nubes se concentran en su laboriosa tarea de liberación, se entrelazan, se rasgan mutuamente y sangran polvo, se chillan para acortar una distancia cada vez más inabarcable; son la viva pelea entre el blanco y el negro, colonizadas por todos los colores de la escala. Poco a poco, obligadamente, avanzan por entre los cielos hasta llegar a la cima de su existencia. Después, lloran -se siembran en millones de hijitas- y mueren.

Esas nubes son, en realidad, los humanos, y no encontré mejor metáfora para resumirme a mí misma: una nube naranja, púrpura, colonizada por todos los universos, que se apartó de la masa queriendo explorar lo que las nubes ciegas apenas han visto, y que al cabo de muchos años vuelve para anunciar a sus compañeras, alzando y temblando la voz, que ha rozado la libertad con su cuerpo de humo.

Nací al sur, muy al sur de lo que, por convención, consideramos el norte, ahí donde hablamos la vida. Me recuerdo siempre con un libro entre las manos y la curiosidad a flor de piel, heredando dignamente esa costumbre materna y paterna de respetar la cultura como un tesoro. Supongo que eso me llevó a pasear por todas las esferas del arte -la música, la escritura, la pintura y el teatro- aunque sin detenerme demasiado, algo de lo que ahora me arrepiento. No obstante, el profundo amor por la literatura pervive y ya no puedo concebir mi vida si no soy capaz de encontrarle a todo una referencia de los clásicos. Con el tiempo, descubrí el marxismo, del que me enamoré perdidamente. Y como quise ser una humilde pero honrada representante de éste, acudí a la militancia con una ingobernable sed de saber más, y por eso, hoy, me encuentro absolutamente hundida en el fango de todos los activismos, soñando con hacer realidad la Revolución. Es aquí donde más he aprendido -y lo sigo haciendo- y de donde conservo amistades que son un continuo descubrimiento. Como todo es una cadena imparable, aterrizó seguidamente en mi vida el feminismo, con el que comprendí lo importante que era quererme mucho. El instituto no sació del todo mis ganas de conocer, pero me sirvió como ejemplo del mundo que no quería reproducir, y ahí encontré a la nobleza en forma de compañeras. También fui capaz, de la mano de estupendos aunque exiguos profesionales, de apreciar lo crucial de perseguir nuestros anhelos y la importancia del arte para comprender la realidad. No sé si la virtud o el defecto de querer siempre más me hicieron ampliar mis horizontes y ahora, con una península atravesada, ahí donde viven lo que hablan, estudio sociología, pero realmente estoy más próxima a una esponja que intenta absorberlo todo.

Siempre hemos diferenciado el contenido social de la forma política de la democracia burguesa, siempre hemos denunciado el duro contenido de desigualdad social y falta de libertad que se esconde bajo la dulce cobertura de la igualdad y la libertad formales. Y no lo hicimos para repudiar a éstas sino para impulsar a la clase obrera a no contentarse con la cobertura sino a conquistar el poder político, para crear una democracia socialista en reemplazo de la democracia burguesa, no para eliminar la democracia.

 Rosa Luxemburgo

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