El banquete de la cultura universal

Miércoles, 20 de noviembre, 1957

Tristeza y candor. Deseos de llorar como un niño recién nacido. Inmensa ternura por mí. Ganas de hacerme pequeña, sentarme en mi mano y cubrirme de besos.

Por la impaciencia me perderé. Horrendos problemas literarios. Hay demasiados libros, todo ya ha sido escrito, sobre cada cosa, sobre cada sombra hay millares de libros. He llegado tarde al banquete de la cultura universal, y si bien no me vedan la entrada se divierten proponiendo a mi hambre tal cantidad de platos y de variaciones, que yo ya no sé diferenciar un poema de una sonrisa, un ademán de odio de una plegaria japonesa. Y en medio de esta orgía de la insatisfacción, rodeada de elementos capaces de satisfacerme, ¿qué hago? Pues abalanzarme sobre todos: el mejor camino para no colmarme jamás. (Pero ¿de qué estoy hablando?, ¿de la literatura?, ¿de mi amor imposible? Tal vez en el fondo sea lo mismo…).

Llueve sangre.

Alejandra Pizarnik, Diarios

Fregall d’espart

Drap de la pols, escombra, espolsadors,
plomall, raspall, fregall d’espart, camussa,
sabó de tall, baieta, lleixiu, sorra,
i sabó en pols, blauet, netol, galleda.

Cossi, cubell, i picamatalassos,
esponja, pala de plegar escombraries,
gibrell i cendra, salfumant, capçanes.

Surt el guerrer vers el camp de batalla.

Maria-Mercè Marçal, Cau de llunes

Los griegos la llamaban alada

El análisis científico del lenguaje ha revelado propiedades sorprendentes, inesperadas, bajo la trivialidad de comprobaciones conocidas desde hace siglos. La palabra se desarrolla en el tiempo. Los griegos la llamaban alada. Nada tan fugaz como este fenómeno temporal. Apenas pronunciada, la palabra muere. Apenas enunciado, el pensamiento desaparece si no es retomado por otro pensamiento o por un recuerdo. Y sin embargo ese fenómeno fugaz, ese acontecimiento puro, se inscribe especialmente en la escritura. Ésta tiene su historia y se ubica en la historia. Tuvo enormes consecuencias de orden sociológico. (pág. 36.)

Se ha insistido demasiado, en nuestra opinión, en la escritura. Es cierto que las consecuencias de la escritura, inmensas, se desarrollan a través de los siglos y las civilizaciones, incluida la de Grecia. Las lenguas, leídas, se convierten en “objetos”. La escritura es patrimonio de grupos primitivos, esbozos de clases: escribas, sacerdotes, administradores. Se la dota de un prestigio fabuloso: las Escrituras, las inscripciones, los textos sacro-sagrados. Por ello, convertida en cosa, la palabra parece eterna. Pero al mismo tiempo se puede examinar más libremente el texto escrito, separado del hombre (héroe, sacerdote, rey) que pronunció las palabras. Se puede profesar el escrito, quemar las tabletas, destruir las piedras. Se puede dudar del escrito o —lo que viene a ser más o menos lo mismo— especular acerca de él, interrogarse en cuanto a las relaciones entre los elementos de la escritura, las letras y las palabras. (…) Lo esencial, sin duda, es que la palabra deja de ser sólo la sede de la mediación y el medio (el intermediario) de la comunicación, para convertirse en instrumento. Se convierte en discurso, en instrumento de dominio, en medio de Poder. Por el discurso se llega al Poder, o se lo mantiene. (pág. 255.)

Desde el comienzo de su obra, Marx sometió a una dura crítica las ambiciones y pretensiones de los filósofos. En lo que respecta al lenguaje, las tesis marxistas se precisaron en la Deutsche Ideologie, escrita hacia 1845 por Marx con la colaboración de Engels. Los autores establecen que no existe pensamiento ni conciencia sin ese respaldo sensible: el lenguaje. De ello resulta que el pensamiento y la conciencia son hechos esencialmente sociales. «De la misma manera que convirtieron en fetiche el pensamiento, así los filósofos tuvieron que hacer del lenguaje un reino soberano». Pero no es así.
Las representaciones, las ideas, tienen su origen en el “comercio” de los hombres entre sí, en los intercambios, en la comunicación de las conciencias, en las actividades reales que constituyen la praxis (práctica social). Para formularlas hacen falta teóricos. Estos ideólogos destacan y unen entre sí las significaciones vagas, que despuntan aquí y allá en la praxis. Extraen de ellas tesis generales, coherentes, sistematizadas en la medida de lo posible: las ideologías, incluidas las religiones, las filosofías, las morales. Parten, pues del “lenguaje de la vida real” para elaborar sus representaciones y crear “el lenguaje de la política, de las leyes, de la religión, de la moral, de la filosofía”, Las grandes ideologías produjeron, pues, el lenguaje; entran en las conciencias por medio del lenguaje. Buscaron y quisieron dar cierto sentido al hombre, al mundo, a la vida. Sus interpretaciones del mundo operaban y producían en el lenguaje (y por lo tanto en las conciencias) palabras, giros. De ahí su extraordinaria eficacia.
Las ideologías no penetran desde afuera en las conciencias. Jamás desdeñaron, para imponerse, la compulsión y la violencia, pero se insinúan: persuaden. Los hombres adhirieron y siguen adhiriendo a las ideologías. Matan y mueren por ellas, hasta cuando esas representaciones no expresan en forma directa sus necesidades, ni sus aspiraciones, ni a su clase.
La crítica de las ideologías puede hacerse por el camino teórico. Esa crítica, necesaria, no es suficiente. «El problema que consiste en saber cómo descender del mundo de los pensamientos al mundo real, se transforma en el problema de saber cómo descender del lenguaje a la vida». Las ideologías invaden el “lenguaje de la vida real”, la praxis, y sólo en la praxis y en la historia los sentidos se revelan como contrasentidos. La experiencia humana (en el sentido que le da Hegel, pero profundizada por el marxismo) es la única que puede poner fin a los sentidos, a las interpretaciones superadas. El lenguaje es un tesoro, un depósito, como dicen los lingüistas. Las palabras, para ellos, son demasiado “positivas”, cuando no metafóricas. En ese depósito hay de todo. El tesoro contiene falsos diamantes al lado de los verdaderos. Su inventario sólo puede llevarse a buen puerto de forma crítica. Hay significaciones y sentidos que rechazar, que destruir. No todo lo que tuvo significación y sentido para las conciencias puede ser aceptado y homologado. El problema consiste en captar la relación del lenguaje con la “vida real”, es decir, con la praxis. Si el lenguaje contiene a la vez verdades y mentiras, ilusiones y realidades, debemos encarar el doble paso del lenguaje a la vida y de la vida al lenguaje. O si se quiere, de las estructuras lingüísticas a las sociales y viceversa. La filosofía, con Hegel, con Husserl, plantea el problema. Busca una respuesta, no la da. (pág. 71.)

Henri Lefebvre, Lenguaje y sociedad, 1967

San Mateo

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En 1602, un cuadro de San Mateo debía presidir el altar de una iglesia de Roma. El santo tenía que ser representado escribiendo el evangelio y, para simbolizar que el evangelio es la palabra de Dios, un ángel tenía que aparecer inspirándole los escritos. Un joven Caravaggio, a quien se le había encargado dicha obra, reflexionó sobre las condiciones en las que un pobre anciano jornalero como era San Mateo se habría puesto de pronto a escribir un libro. El resultado de esta idea dio lugar la representación de un San Mateo descalzo, sucio de polvo, con la calva descubierta, sosteniendo sobre sí un pesado libro y con la frente arrugada ante la insólita necesidad de escribir. A su lado un ángel adolescente guía suavemente la mano encallecida del anciano, al igual que hace un maestro cuando está enseñando a escribir a un niño. Esta propuesta fue rechazada y escandalizó a las autoridades, quizás porque juzgaban excesiva su sensualidad y porque el santo parecía carecer de la voluntad firme y consciente que deben tener los seguidores de Dios.

Caravaggio tuvo que repetir el cuadro y, aunque intentó aportarle vida y carácter, la representación se sumió en lo ordinario que suponen la separación de las dos figuras y el aspecto circunspecto del santo. Parece, casi sin duda, una obra menos sincera.

Los camaradas

Uno no tiene nada més que contar
y eso
es todo lo que el otro necesita saber.

Han aprendido
que no hay nada más dulce que la sal de las lágrimas
de aquel que llora sobre tus heridas.

Saben que mentir hace que la verdad nos duela;
que el modo más humano de buscar el calor
es abrazarse a otro que también tiene frío.

Saben que las mejores compañías
son las que han entendido cuándo dejarnos solos;
que el amor no se pierde porque desaparezca
sino porque se deja de buscar.

Si alguna vez discuten, no olvidan que el silencio
siempre es mejor que aquello que no quieres decir;
que quien cierra la mano ahoga su destino
y el que abre una puerta
detiene al que la quiere cerrar.

Saben prestarse ayuda,
darse sombra uno al otro cuando la vida quema.
Se respaldan,
se cuidan,
se defienden…
y lo mismo que toda sed es una metáfora
del desierto,
sus vidas son iguales
al azar y los dados,
el odio y las fronteras
o el tiempo y el olvido:
son lo que no se puede separar.

Saben que lo que une a dos personas
nunca es lo que comparten,
sino eso
por lo que luchan juntos todavía.

Son ellos. Son así: los camaradas.

Benjamín Prado

II

Aparecías en cualquier parte,
aunque llevara colgado mi bolso de las flores
que algún pintor extravagante
había vomitado sobre su paleta
antes de enloquecer.
Me nacías dentro
y no te ibas
y parecía que aquellas flores tímidas,
deformes,
que la tela atesoraba tristemente,
se volvían más y más inconmensurables
y se escapaban de mí,
de mi anecdótico bolso,
renegando por fin de su agónica existencia.

En ese instante entendí
que
por encima de todas las cosas
estabas siendo una primavera.

Tesis IX

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Mi ala está pronta al vuelo.
Retornar, lo haría con gusto,
pues, aun fuera yo tiempo vivo,
mi suerte sería escasa.

Gerhard Scholem, Saludo del Angelus

Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parese como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus  ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los motores de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.
Walter Benjamin, Tesis sobre la filosofía de la Historia