Para los que llegan a las fiestas…

Para los que llegan a las fiestas
ávidos de tiernas compañías,
y encuentran parejas impenetrables
y hermosas muchachas solas que dan miedo
—pues no uno sabe bailar, y es triste—;
los que se arrinconan con un vaso
de aguardiente oscuro y melancólico,
y odian hasta el fondo su miseria,
la envidia que sienten, los deseos;

para los que saben con amargura
que de la mujer que quieran les queda
nada más que un clavo fijo en la espalda
y algo tenue y acre, como el aroma
que guarda el revés de un guante olvidado;

para los que fueron invitados
una vez; aquellos que se pusieron
el menos gastado de sus dos trajes
y fueron puntuales; y en una puerta,
ya mucho después de entrados todos,
supieron que no se cumpliría
la cita y volvieron despreciándose;

para los que miran desde afuera,
de noche, las casas iluminadas,
y a veces quisieran estar adentro:
compartir con alguien mesa y cobijas
o vivir con hijos dichosos;
y luego comprenden que es necesario
hacer otras cosas, y que vale
mucho más sufrir que ser vencido;

para los que quieren mover el mundo
con su corazón solitario,
los que por las calles se fatigan
caminando, claros de pensamientos;
para los que pisan sus fracasos y siguen;
para los que sufren a conciencia,
porque no serán consolados,
los que no tendrán, los que pueden escucharme;
para los que están armados, escribo.

Rubén Bonifaz Nuño

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Serenata para la tierra de uno

Porque me duele si me quedo
pero me muero si me voy.
Por todo y a pesar de todo, mi amor,
yo quiero vivir en vos.

Por tu decencia de vidala
y por tu escándalo de sol,
por tu verano con jazmines, mi amor,
yo quiero vivir en vos.

Porque el idioma de infancia
es un secreto entre los dos.
Porque le diste reparo
al desarraigo de mi corazón.

Por tus antiguas rebeldías
y por la edad de tu dolor,
por tu esperanza interminable, mi amor,
yo quiero vivir en vos.

Para sembrarte de guitarra,
para cuidarte en cada flor,
y odiar a los que te castigan, mi amor,
yo quiero vivir en vos.

 

Mucho más allá

 ¿Y si nos vamos anticipando
de sonrisa en sonrisa
hasta la última esperanza?
¿Y qué?
¿Y qué me das a mí,
a mí que he perdido mi nombre,
el nombre
que me era dulce sustancia
en épocas remotas, cuando yo no era yo
sino una niña engañada por su sangre?
¿A qué, a qué
este deshacerme, este desangrarme,
este desplumarme, este desequilibrarme
si mi realidad retrocede
como empujada por una ametralladora
y de pronto se lanza a correr,
aunque igual la alcanzan,
hasta que cae a mis pies como un ave muerta?
Quisiera hablar de la vida.
Pues esto es la vida,
este aullido, este clavarse las uñas
en el pecho, este arrancarse
la cabellera a puñados, este escupirse
a los propios ojos, sólo por decir,
sólo por ver si se puede decir:
“¿es que yo soy? ¿verdad que sí?
¿no es verdad que yo existo
y no soy la pesadilla de una bestia?”.
Y con las manos embarradas
golpeamos a las puertas del amor.
Y con la conciencia cubierta
de sucios y hermosos velos,
pedimos por Dios.
Y con las sienes restallantes
de imbécil soberbia
tomamos de la cintura a la vida
y pateamos de soslayo a la muerte.
Pues esto es lo que hacemos.
Nos anticipamos de sonrisa en sonrisa
hasta la última esperanza.

 

Alejandra Pizarnik

Soeurs d’espérance

Soeurs d’espérance ô femmes courageuses
Contre la mort vous avez fait un pacte
Celui d’unir les vertus de l’amour

O mes soeurs survivantes
Vous jouez votre vie
Pour que la vie triomphe

Le jour est proche ô mes soeurs de grandeur
Où nous rirons des mots guerre et misère
Rien ne tiendra de ce qui fut douleur

Chaque visage aura droit aux caresses.

Paul Éluard, 1948

Los justos

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología. 
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Jorge Luis Borges

Por fin lo he pintado

Una vez escribí mi entierro, me llevaban cuatro jóvenes guapos y todo un coro de gente con velas y cantando, bailando y tocando el cántico a la Asunción de Cantillana. Por fin lo he pintado. Pero mi velatorio lo veo con alegría, no con lloro, no me gustan los llantos. En Andalucía el velatorio y la fiesta van muy unidos. Es que todo eso es como una poesía, como tradición, superstición… y yo lo mezclo todo eso en mi pintura, me recuerda a todas las cosas de mi pueblo: las fiestas, los casamientos, los bautizos, los entierros. Todo eso es parte de mi pintura, parte de mi vida: por eso mezclo cementerio con alegría, con borrachera, con romería y con folclore.

José Pérez Ocaña

—¿Qué cree usted que tiene más fuerza en su temperamento: lo lírico o lo dramático?
—Lo dramático, sin ninguna duda. A mí me interesa más la gente que habita el paisaje mismo. Yo puedo estarme contemplando una sierra durante un cuarto de hora; pero en seguida corro a hablar con el pastor o con el leñador de esa sierra. Luego, al escribir, recuerda uno esos diálogos y surge la expresión popular auténtica. Yo tengo un gran archivo en los recuerdos de mi niñez; de oír hablar a la gente. Es la memoria poética y a ella me atengo. Por lo demás, los credos, las escuelas estéticas, no me preocupan. No tengo ningún interés en ser antiguo o moderno, sino ser yo natural. Sé muy bien cómo se hace el teatro semiintelectual, pero eso no tiene importancia. En nuestra época, el poeta ha de abrirse las venas para los demás. Por eso yo, a parte de las razones que antes le decía, me he entregado a lo dramático, que nos permite un contacto más directo con las masas.

Federico García Lorca entrevistado en Proel por Ángel Lázaro (1935)

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La Ilustración se convierte en su propia mitología

Nietzsche pensaba que la tragedia necesitaba del mito y que la Modernidad los había desterrado a ambos. Pero aunque esto es cierto en un sentido, es falso en otro. Es cierto que un mundo racionalizado, administrado, no puede acumular fácilmente los recursos simbólicos que necesita para legitimarse. Sus propias prácticas profanas los agotan constantemente. Asumimos que esto es parte de lo que Marx tiene en mente cuando pregunta sardónicamente si Aquiles es posible con pólvora y plomo, la Ilíada con la imprenta, o la canción y la saga con el despacho del impresor. Sin embargo, la mitología religiosa sobrevive a la Modernidad, por disminuida que quede su forma; y Horkheimer y Adorno afirman en la Dialéctica de la Ilustración que la Ilustración se convierte en su propia mitología. Para ellos, el hado que degradó a los héroes de la Antigüedad reaparece en el mundo moderno como la lógica. A lo que podríamos añadir que los dioses escenifican su regreso adoptando la forma de la razón, la providencia, el aspecto del determinismo científico y la némesis, el disfraz de la herencia. El infinito se dilata como sublimidad y el horror traumático en el corazón de la tragedia, aún una noción metafísica en el caso de la voluntad de Schopenhauer, será traducido por Lacan como lo Real, que tiene toda la fuerza de lo metafísico, pero nada de su estatus.

Para Horkheimer y Adorno el ego se esfuerza en liberarse de la naturaleza dominándola desde fuera y reprimiéndola desde dentro; pero este divorcio de la naturaleza y la razón sólo hace que se vuelva más salvaje. El resurgimiento de la mitología es, por tanto, un ejemplo de la «perpetuación de la ciega coerción de la naturaleza en el yo». Es la razón ilustrada misma la que proclama el regreso de los dioses oscuros, lo progresivo adaptado a lo pagano. Como comenta Slavoj Žižek: «La misma violencia caótica de la vida industrial moderna, al disolver las estructuras “civilizadas” modernas, se experimenta directamente como el regreso de la violencia bárbara mitopoética “reprimida” por la armadura de las costumbres civilizadas». Mientras tanto, el yo se ve forzado a renunciar a su propia naturaleza de criatura, atrapado en una demoledora contradicción entre la naturaleza y la razón, que para Horkheimer y Adorno es el secreto del sufrimiento moderno. El logos, entonces, no es del todo la otra cara del mito. No puede sobrevivir sin sus propias fábulas simbólicas y ficciones habilitadoras o sin incitar al tumultuoso regreso de lo llamado primitivo. La absoluta distinción entre los dos es en sí misma mítica.

Terry Eagleton, Dulce violencia: la idea de lo trágico