Por fin lo he pintado

Una vez escribí mi entierro, me llevaban cuatro jóvenes guapos y todo un coro de gente con velas y cantando, bailando y tocando el cántico a la Asunción de Cantillana. Por fin lo he pintado. Pero mi velatorio lo veo con alegría, no con lloro, no me gustan los llantos. En Andalucía el velatorio y la fiesta van muy unidos. Es que todo eso es como una poesía, como tradición, superstición… y yo lo mezclo todo eso en mi pintura, me recuerda a todas las cosas de mi pueblo: las fiestas, los casamientos, los bautizos, los entierros. Todo eso es parte de mi pintura, parte de mi vida: por eso mezclo cementerio con alegría, con borrachera, con romería y con folclore.

José Pérez Ocaña

—¿Qué cree usted que tiene más fuerza en su temperamento: lo lírico o lo dramático?
—Lo dramático, sin ninguna duda. A mí me interesa más la gente que habita el paisaje mismo. Yo puedo estarme contemplando una sierra durante un cuarto de hora; pero en seguida corro a hablar con el pastor o con el leñador de esa sierra. Luego, al escribir, recuerda uno esos diálogos y surge la expresión popular auténtica. Yo tengo un gran archivo en los recuerdos de mi niñez; de oír hablar a la gente. Es la memoria poética y a ella me atengo. Por lo demás, los credos, las escuelas estéticas, no me preocupan. No tengo ningún interés en ser antiguo o moderno, sino ser yo natural. Sé muy bien cómo se hace el teatro semiintelectual, pero eso no tiene importancia. En nuestra época, el poeta ha de abrirse las venas para los demás. Por eso yo, a parte de las razones que antes le decía, me he entregado a lo dramático, que nos permite un contacto más directo con las masas.

Federico García Lorca entrevistado en Proel por Ángel Lázaro (1935)

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La Ilustración se convierte en su propia mitología

Nietzsche pensaba que la tragedia necesitaba del mito y que la Modernidad los había desterrado a ambos. Pero aunque esto es cierto en un sentido, es falso en otro. Es cierto que un mundo racionalizado, administrado, no puede acumular fácilmente los recursos simbólicos que necesita para legitimarse. Sus propias prácticas profanas los agotan constantemente. Asumimos que esto es parte de lo que Marx tiene en mente cuando pregunta sardónicamente si Aquiles es posible con pólvora y plomo, la Ilíada con la imprenta, o la canción y la saga con el despacho del impresor. Sin embargo, la mitología religiosa sobrevive a la Modernidad, por disminuida que quede su forma; y Horkheimer y Adorno afirman en la Dialéctica de la Ilustración que la Ilustración se convierte en su propia mitología. Para ellos, el hado que degradó a los héroes de la Antigüedad reaparece en el mundo moderno como la lógica. A lo que podríamos añadir que los dioses escenifican su regreso adoptando la forma de la razón, la providencia, el aspecto del determinismo científico y la némesis, el disfraz de la herencia. El infinito se dilata como sublimidad y el horror traumático en el corazón de la tragedia, aún una noción metafísica en el caso de la voluntad de Schopenhauer, será traducido por Lacan como lo Real, que tiene toda la fuerza de lo metafísico, pero nada de su estatus.

Para Horkheimer y Adorno el ego se esfuerza en liberarse de la naturaleza dominándola desde fuera y reprimiéndola desde dentro; pero este divorcio de la naturaleza y la razón sólo hace que se vuelva más salvaje. El resurgimiento de la mitología es, por tanto, un ejemplo de la «perpetuación de la ciega coerción de la naturaleza en el yo». Es la razón ilustrada misma la que proclama el regreso de los dioses oscuros, lo progresivo adaptado a lo pagano. Como comenta Slavoj Žižek: «La misma violencia caótica de la vida industrial moderna, al disolver las estructuras “civilizadas” modernas, se experimenta directamente como el regreso de la violencia bárbara mitopoética “reprimida” por la armadura de las costumbres civilizadas». Mientras tanto, el yo se ve forzado a renunciar a su propia naturaleza de criatura, atrapado en una demoledora contradicción entre la naturaleza y la razón, que para Horkheimer y Adorno es el secreto del sufrimiento moderno. El logos, entonces, no es del todo la otra cara del mito. No puede sobrevivir sin sus propias fábulas simbólicas y ficciones habilitadoras o sin incitar al tumultuoso regreso de lo llamado primitivo. La absoluta distinción entre los dos es en sí misma mítica.

Terry Eagleton, Dulce violencia: la idea de lo trágico

La Navidad en el Albaicín

—¿Y la canción de Los cuatro muleros?

—Es la canción típica de la Navidad en el Albaicín. Se canta únicamente por esta fecha, cuando hace frío. Es un villancico pagano, como son paganos caso todos los villancicos que canta el pueblo. Los villancicos religiosos sólo los cantan en las iglesias y las niñerías para adormecer a los niños. Es curioso este pagano villancico de Navidad, que denuncia el sentido báquico de la Navidad en Andalucía. El cancionero tiene estas sorpresas. Hay algunas canciones de profunda emoción y contenido social. Ésta, por ejemplo:

El gañán en los campos
de estrella a estrella.
Mientras los amos pasan
la vida buena.

O este otro, fiero, como de Andalucía, que pudo servir de panfleto, de manifiesto y de estandarte a la reciente revuelta:

Qué ganas tengo
de que la tortilla se dé la vuelta:
que los «probes» coman pan
y los ricos coman mierda.

Federico García Lorca, 1933

El despertar

 

                                                      A León Ostrov

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
y mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte
y sonríe detrás del viento
a mis delirios

Qué haré con el miedo
Qué haré con el miedo

Ya no baila la luz en mi sonrisa
ni las estaciones queman palomas en mis ideas
Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
enseña a vivir a los muertos

Señor
El aire me castiga el ser
Detrás del aire hay monstruos
que beben de mi sangre

Es el desastre
Es la hora del vacío no vacío
Es el instante de poner cerrojo a los labios
oír a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada.

Señor
Tengo veinte años
También mis ojos tienen veinte años
y sin embargo no dicen nada

Señor
He consumado mi vida en un instante
La última inocencia estalló
Ahora es nunca o jamás
o simplemente fue

¿Cómo no me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco me esperaría
con las luces encendidas?

¿Cómo no me extraigo las venas
y hago con ellas una escala
para huir al otro lado de la noche?

El principio ha dado a luz el final
Todo continuará igual
Las sonrisas gastadas
El interés interesado
Las preguntas de piedra en piedra
Las gesticulaciones que remedan amor
Todo continuará igual

Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo
porque aún no les enseñaron
que ya es demasiado tarde

Señor
Arroja los féretros de mi sangre

Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón

Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y ha devorado mis esperanzas

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo

Las aventuras perdidas, 1958

La noche más larga

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Poco tiempo bastó para que las obras elegidas, en primer lugar las de la escuela española, estuviesen dispuestas a partir hacia Valencia. No recuerdo qué noche del mes de noviembre llegaron al patio de la Alianza de Intelectuales los camiones que iban a trasladar a sitio seguro la primera expedición de las obras maestras del Museo del Prado. Las Meninas, de Velázquez y el Carlos V, de Tiziano, estaban protegidos por un inmenso castillete de maderas y lonas. Soldados del Quinto Regimiento y de la Motorizada rodeaban los camiones, esperando la orden de marchar. Rafael, tan poco amigo de improvisaciones, trémulo de angustia, detuvo la mano de un soldado que encendía un cigarrillo: No, eso no. Y hablo con voz cortada de miedo, diciéndoles aquellos jóvenes combatientes que iban a salir hacia Levante entre la niebla y el frío que los ojos del mundo los estaban mirando, que el gobierno confiaba a su custodia un tesoro único, que los defensores de Madrid respondían ante la Historia de las Artes del Museo a ellos confiado. Se produjo un gran silencio. Los motores se pusieron en marcha. Ni una luz ni un reflejo. Poco a poco, todo se lo llevó la niebla.

Y empezó la noche más larga de nuestra vida. Aparecieron los aviones y bombardearon no sé qué barrio. El teléfono iba dándonos la situación de los cuadros en cada alto del camino. El responsable de la caravana llamaba para decirnos: Todo va bien. Pero al pasar el puente de Arganda fue necesario bajar los cuadros y hacerlos cruzar a hombros del otro extremo, pues el andamiaje era demasiado alto. Seguía sonando el teléfono: Todo va bien. Los pueblecitos del tránsito parecían despertarse para irse pasando de mano en mano aquel tesoro, que era su tesoro, el tesoro nacional de su cultura, de la que antes nadie les había hablado. Pueblecitos en vela, voz de los alcaldes: Todo va bien. Y así, en la noche interminable, fuimos corriendo, desvelados y ansiosos detrás de aquellos que aviones que llevaban, al buen seguro de las Torres de Serranos, de Valencia, algunas de las principales maravillas del Museo del Prado.

Ellos no durmieron ni nosotros tampoco. Sonó una vez más el teléfono: María Teresa, la expedición ha llegado a Valencia en condiciones excelentes. La voz de Josep Renau, director de Bellas Artes, nos pareció la de un ángel. ¡Qué descanso! Nos echamos a la calle a comunicar la buena nueva.

Así, bajo mi firma y la del señor Sánchez Cantón, salieron de Madrid los primeros cuadros del Museo del Prado. Creíamos inocentemente, durante aquellos días luminosos, que el mundo nos contemplaba. ¡Qué equivocación! Pronto nos hicieron saber que el mundo estaba escandalizado con nuestra audacia, con nuestra barbarie. ¡Y nosotros que ofrecíamos nuestra vida por evitar a un cuadro del Museo del Prado el rozamiento de una bala! No nos importó entonces ni nos importa ahora. Lo que conviene aclarar es que en aquellos tiempos de improvisación heroica no vino en nuestro socorro, ayudando a nuestra ignorancia, ningún teórico, ningún especialista, ningún director de ningún museo de Europa. Los que no regatearon su ayuda fueron esos hombres crédulos y magníficos que, a pesar de no haber pisado jamás las salas de un museo, creyeron en nuestra palabra y no vacilaron en salvar para los inteligentes y cultos del mundo la maravillosa pinacoteca de Madrid, los que, según Antonio Machado, «no hablan de patria, pero la defienden con su sangre».

María Teresa León, Memoria de la melancolía

«El amor que yo he visto en los milicianos comunistas guardando el palacio del ex duque de Alba sólo tiene comparación con el furor de los fascistas destruyendo […]. El pueblo guarda las obras de arte con calor y el fascismo las destruye con saña».

Antonio Machado

Fuga de muerte

Negra leche del alba la bebemos al atardecer
la bebemos a mediodía y en la mañana y en la noche
bebemos y bebemos
cavamos una tumba en el aire no se yace estrechamente en él
Un hombre habita en la casa juega con las serpientes escribe
escribe al oscurecer en Alemania tus cabellos de oro Margarete
lo escribe y sale de la casa y brillan las estrellas silba a sus
mastines
silba a sus judíos hace cavar una tumba en la tierra
ordena tocad para la danza

Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos en la mañana y al mediodía te bebemos al atardecer
bebemos y bebemos
Un hombre habita en la casa juega con las serpientes escribe
escribe al oscurecer en Alemania tus cabellos de oro Margarete
tus cabellos de ceniza Sulamith cavamos una tumba en el aire no
se yace estrechamente en él
Grita cavad unos la tierra más profunda y los otros cantad sonad
empuña el hierro en la cintura lo blande sus ojos son azules
cavad unos más hondo con las palas y los otros tocad para la
danza

Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos al mediodía y la mañana y al atardecer
bebemos y bebemos
un hombre habita en la casa tus cabellos de oro Margarete
tus cabellos de ceniza Sulamith él juega con las serpientes
Grita sonad más dulcemente la muerte la muerte es un maestro
venido de Alemania
grita sonad con más tristeza sombríos violines y subiréis como
humo en el aire
y tendréis una tumba en las nubes no se yace estrechamente allí

Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos a mediodía la muerte es un maestro venido de
Alemania
te bebemos en la tarde y la mañana bebemos y bebemos
la muerte es un maestro venido de Alemania sus ojos son azules
te hiere con una bala de plomo con precisión te hiere
un hombre habita en la casa tus cabellos de oro Margarete
azuza contra nosotros sus mastines nos sepulta en el aire
juega con las serpientes y sueña la muerte es un maestro venido
de Alemania
tus cabellos de oro Margarete
tus cabellos de ceniza Sulamith.

Paul Celan

Hay dos Españas

Hay dos Españas: la del soldado y la del poeta. La de la espada fratricida y la de la canción vagabunda. Hay dos Españas y una sola canción. Y esta es la canción del poeta vagabundo:

Soldado, tuya es la hacienda,
la casa,
el caballo
y la pistola.
Mía es la voz antigua de la tierra.
Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo…
Mas yo te dejo mudo… ¡mudo!
Y ¿cómo vas a recoger el trigo
y a alimentar el fuego
si yo me llevo la canción?

León Felipe, Ganarás la luz