Un hombre pasa con un pan al hombro

Un hombre pasa con un pan al hombro
¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?

Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo
¿Con qué valor hablar del psicoanálisis?

Otro ha entrado en mi pecho con un palo en la mano
¿Hablar luego de Sócrates al médico?

Un cojo pasa dando el brazo a un niño
¿Voy, después, a leer a André Bretón?

Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre
¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo?

Otro busca en el fango huesos, cáscaras
¿Cómo escribir, después del infinito?

Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza
¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?

Un comerciante roba un gramo en el peso a un cliente
¿Hablar, después, de cuarta dimensión?

Un banquero falsea su balance
¿Con qué cara llorar en el teatro?

Un paria duerme con el pie a la espalda
¿Hablar, después, a nadie de Picasso?

Alguien va en un entierro sollozando
¿Cómo luego ingresar a la Academia?

Alguien limpia un fusil en su cocina
¿Con qué valor hablar del más allá?

Alguien pasa contando con sus dedos
¿Cómo hablar del no-yó sin dar un grito?

César Vallejo

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Odiseo está esencialmente a salvo

Como recordarán, en la Odisea el aventurero cuenta con apoyos poderosos. En las escenas de disimulo y disfraz casi tememos que un falso movimiento de Odiseo revele su fuerza demasiado pronto, mientras que en el caso de don Quijote es la debilidad intrínseca y entrañable del pobre caballero lo que tememos que se divulge entre sus brutales amigos y enemigos. Odiseo está esencialmente a salvo; es como un hombre sano soñando un sueño sano, que le ocurra lo que le ocurra despertará. La estrella del destino del griego brilla con su luz constante a pesar de todas sus tribulaciones y peligros. Podrán sus compañeros desaparecer uno tras otro, engullidos por monstruos o cayéndose ebrios de los tejados, pero a él se le garantiza una ancianidad serena en la azul lejanía del futuro que le espera. La bondadosa Atenea, no la imbécil Dorotea ni la pérfida duquesa del Quijote, la bondadosa Atenea mantiene el rayo glauco de sus ojos brillantes (ora grises, ora verdes mar, según los eruditos) puesto sobre el viajero; él, desconfiado y astuto, sigue los pasos de la diosa. Pero en nuestro libro el triste caballero está solo. A sus tribulaciones el Dios de los cristianos muestra una singular indiferencia, quizá porque esté ocupado en otros quehaceres, estupefacto, cabe suponer, ante las actividades impías de sus seguidores profesionales en aquella época de máquinas de tortura.

Vladimir Nabokov, Curso sobre el Quijote

Ayer te besé en los labios…

Ayer te besé en los labios.
Te besé en los labios. Densos,
rojos. Fue un beso tan corto
que duró más que un relámpago,
que un milagro, más.
El tiempo
después de dártelo
no lo quise para nada
ya, para nada
lo había querido antes.
Se empezó, se acabó en él.

Hoy estoy besando un beso;
estoy solo con mis labios.
Los pongo
no en tu boca, no, ya no
—¿adónde se me ha escapado?—.
Los pongo
en el beso que te di
ayer, en las bocas juntas
del beso que se besaron.
Y dura este beso más
que el silencio, que la luz.
Porque ya no es una carne
ni una boca lo que beso,
que se escapa, que me huye.
No.
Te estoy besando más lejos.

Pedro Salinas

Este país de cales y campanas

Quizá fuera preciso preguntarse
si este país
de cales y campanas,
de olivos y tristezas
ha erigido su total arquitectura:
si será tan solo un balbuceo
que dura ya milenios
o si se encuentra ya vencido
por la helada aguja
de la muerte.
Son tantas sus crestas
espumosas
que han querido salpicar los cielos
y también tantas las simas
oscuras
por las que se ha hundido
en su andadura
que hasta su tierra está cansada
y gime
aunque a veces —siempre a veces—
su llanto sea tomado
por bandera o reclamo.
Sería preciso formar
como un inmenso crisol
en las cuencas
más hondas de sus valles
y comenzar a arrojar
toneladas de ídolos,
material de desecho,
quincalla
y torpes tipismos
para, con el sol agosteño
de instrumento,
comenzar la inmensa
alquimia de la tierra.
Destilar relucientes metales
de cordura,
vetas destellantes de entusiasmo,
filones purísimos de equilibrio
y formar la imagen auténtica
de este suelo.
La escoria de jipíos
mercenarios,
gitanismos injertados,
la ganga de histriónicos “tablaos”
sería barrida por la mar
iracunda
de una Andalucía
de metal indomable,
de aristas clásicas
y definitivas
que alzaría su silueta
en la orilla
implacable de la historia.

Emilio Durán Vázquez

Voy a hablar de la esperanza

Yo no sufro este dolor como César Vallejo. Yo no me duelo ahora como artista, como hombre ni como simple ser vivo siquiera. Yo no sufro este dolor como católico, como mahometano ni como ateo. Hoy sufro solamente. Si no me llamase César Vallejo, también sufriría este mismo dolor. Si no fuese artista, también lo sufriría. Si no fuese hombre ni ser vivo siquiera, también lo sufriría. Si no fuese católico, ateo ni mahometano, también lo sufriría. Hoy sufro desde más abajo. Hoy sufro solamente.

Me duelo ahora sin explicaciones. Mi dolor es tan hondo, que no tuvo ya causa ni carece de causa. ¿Qué sería su causa? ¿Dónde está aquello tan importante, que dejase de ser su causa? Nada es su causa; nada ha podido dejar de ser su causa. ¿A qué ha nacido este dolor, por sí mismo? Mi dolor es del viento del norte y del viento del sur, como esos huevos neutros que algunas aves raras ponen del viento. Si hubiera muerto mi novia, mi dolor sería igual. Si la vida fuese, en fin, de otro modo, mi dolor sería igual. Hoy sufro desde más arriba. Hoy sufro solamente.

Miro el dolor del hambriento y veo que su hambre anda tan lejos de mi sufrimiento, que de quedarme ayuno hasta morir, saldría siempre de mi tumba una brizna de yerba al menos. Lo mismo el enamorado. ¡Qué sangre la suya más engendrada, para la mía sin fuente ni consumo!

Yo creía hasta ahora que todas las cosas del universo eran, inevitablemente, padres o hijos. Pero he aquí que mi dolor de hoy no es padre ni es hijo. Le falta espalda para anochecer, tanto como le sobra pecho para amanecer y si lo pusiesen en la estancia oscura, no daría luz y si lo pusiesen en una estancia luminosa, no echaría sombra. Hoy sufro suceda lo que suceda. Hoy sufro solamente.

César Vallejo

La poesía es hambre de realidad

No menos insatisfactoria parece la idea aristotélica de la metáfora. Para Aristóteles la poesía ocupa un lugar intermedio entre la historia y la filosofía. La primera reina sobre los hechos; la segunda rige el mundo de lo necesario. Entre ambos extremos la poesía se ofrece «como lo optativo». «No es oficio del poeta —dice García Bacca— contar las cosas como sucedieron, sino cual desearíamos que hubiesen sucedido.» El reino de la poesía es el «ojalá». El poeta es «varón de deseos». En efecto, la poesía es deseo. Mas ese deseo no se articula en lo posible, ni en lo verosímil. La imagen no es lo «imposible inverosímil», deseo de imposibles: la poesía es hambre de realidad. El deseo aspira siempre a suprimir las distancias, según se ve en el deseo por excelencia: el impulso amoroso. La imagen es el puente que tiende el deseo entre el hombre y la realidad. El mundo del «ojalá» es el de la imagen por comparación de semejanzas y su principal vehículo es la palabra «como»: esto es como aquello. Pero hay otra metáfora que suprime el «como» y dice: esto es aquello. En ella el deseo entra en acción: no compara ni muestra semejanzas sino que revela —y más: provoca— la identidad última de objetos que nos parecían irreductibles.

Octavio Paz, El arco y la lira

Adioses

Este adiós que te guardo
está madurando con los días.
Exprimo nuestra vivencia
y no la dejo quedarse
en el pasado.

No puedo avanzar contigo
por que te deseo a cada instante
y desear lo que no se puede tener
es como escribir
sin que nadie te lea

Eso seguro que lo entiendes
Te quiero pero no deseo luchar
contra el destino
Disfrutaré de vez en cuando
de tu recuerdo
que seguirá alterándome.

Mario Benedetti