Echarse a llorar…

Me gusta entender que vivimos la vida como si estuviéramos realizando una travesía complicada -claramente es así- y tenemos que superar las distintas dificultades que nos impone el medio natural.
Ahora estaríamos en el seno de una borrascosa tempestad en medio del mar sin nada a lo que aferrarnos. Nuestra cabeza ha recibido todo tipo de pensamientos y no responde a ninguno. Se guía por el instinto de supervivencia ése que dicen que tenemos, pensando por sí mismo y actuando sin rendir cuentas a nadie. 
Nos agarramos a la vida desesperadamente, maldiciendo la manía que tenemos por la queja constante y pidiendo una segunda oportunidad a cualquier divinidad etérea que conocemos.
Queremos vivir.
Pero, ¿vale la pena vivir sin principios? Yo creo que no podría, que se me vendría abajo la vida y todo perdería su brillo y su jugo. Llamadme rara.
Y, como no puedo dejarlos de lado, no puedo -ni quiero- evitar dejar aquí esta foto histórica. En el libro de la Historia, las páginas de los cobardes y pusilánimes aparecen arrancadas.
Ver lo que hizo el PSOE en 1937 y echarse a llorar al ver lo que están haciendo ahora.
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Transformadores

Se trata de transformar el mundo, y si las personas que tienen a su cargo a los jóvenes, que somos potencialmente dinámicos, no hacen nada por ello, estamos perdidos. Yo creía que los profesores amaban la vida y querían enseñársela a sus alumnos más allá de las cuatro paredes del aula. Yo pensaba que la escuela no eran exámenes, sino experiencias. Imaginé que aprender era tocar y que las pruebas eran risas.
No es así, pero lo fue, y podría serlo, sólo hay que soñar, soñar creyendo.

El nacedor

¿Por qué será que el Ché tiene esta peligrosa costumbre de
seguir naciendo? Cuanto más lo insultan, lo manipulan,
lo traicionan, más nace. Él es el más nacedor de todos.

¿No será porque el Ché decía lo que pensaba, y hacía lo que decía?

¿No será porque eso sigue siendo tan extraordinario, en un mundo donde las palabras y los hechos muy rara vez se encuentran, y cuando se encuentran no se saludan, porque no se reconocen?

 Eduardo Galeano